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Solo Es Mi Guarura

Solo Es Mi Guarura

Status: En proceso
Genre:CEO / Cambio de Imagen
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: Yurle

Isabella Anderson siempre ha tenido el control de su vida: su apellido, su posición y cada decisión que toma. Para ella, Nicolás era solo eso… su guarura. Alguien más en su mundo, alguien que debía mantenerse en su lugar. Nicolás Miller, en cambio, no encajaba en esa etiqueta. Seguro de sí mismo, reservado y con un mundo mucho más grande del que Isabella imaginaba, empezó a romper cada idea que ella tenía sobre él. Entre miradas que dicen más que las palabras, discusiones cargadas de orgullo y una tensión imposible de ignorar, ambos comienzan a cruzar una línea que nunca debió existir. Porque a veces, lo más peligroso no es lo que pasa… sino lo que empiezas a sentir por quien juraste no mirar. Y es ahí donde la verdad pesa más: nunca fue solo su guarura.

NovelToon tiene autorización de Yurle para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

CAPITULO 22

Lucía soltó una risa.

—Creo que tengo esa respuesta antes que ella.

Lucas también se rió.

—No sé… ¿qué se supone que debo decir? —respondió Isabella algo confundida.

Los dos rodaron los ojos y fingieron bostezar.

—¿Qué te hace confundir, Isabella? Déjame decirte que el no haber tenido novio creo que ha sido un error antes que un acierto —dijo Lucas, haciendo que Lucía soltara una sonora carcajada.

—Lucas, ¿pero eres el amigo o enemigo? —comentó Lucía sin dejar de reír.

—Yo creo que me odia —dijo Isabella con sarcasmo.

—Nena, pero es que tú… todos sabemos que te gusta Nicolás y no lo aceptas. Además es un gusto mutuo. Los ojos de ustedes expresan lo que no se atreven a decir con palabras.

Lucía levantó un dedo como si acabara de descubrir algo.

—Algo que debo decir es que ya puedo considerar a Lucas brujo, porque la última vez creo que acertó por qué se había alejado Nicolás, y si ahora acierta esto, perra déjame decirte que te rezo… o te ladro, como gustes —dijo entre risas.

—¡JAJAJA! Boba —respondió Isabella.

Luego suspiró y decidió responder.

—Bueno… respondiendo a tu pregunta, realmente me da pena el hecho de todo lo que he dicho de él y ahora sentir algo por él. ¿Con qué cara lo miro?

—Con la misma hermosa que posees, reina —respondió Lucas—. Entonces estás aceptando que sí te llama la atención Nicolás Miller.

Isabella se tapó la cara nerviosa.

—Más de lo que mi ego ahora mismo podría permitir.

Los dos rieron.

—Eso te pasa por clasista, amiga. Bueno… aunque los tres lo somos, en joda —dijo Lucas entre risas.

Lucía volvió a hablar:

—Bueno, entonces habla con él y oficialicen que ya basta de miraditas.

Isabella frunció el ceño.

—Pero… ¿y si no es eso lo que quiere decirme? Ay no, ahora voy a sobrepensar toda la noche.

Lucia levantó las manos como si fuese a rendir pleitesía a Lucas y dice

—Tienes que creer en las predicciones de Luqui.

Lucía lo miró divertida.

—Lucia, ay tú

—¿Qué?

—Búrlate no más.

Y los tres terminaron riendo otra vez, aunque Isabella, en el fondo, no podía dejar de pensar en una sola cosa:

¿Qué era lo que Nicolás realmente quería decirle?

Después de despedirse de sus amigos, Isabella se dio una ducha y luego bajó a cenar.

En la mesa, mientras comían, Tomás le preguntó:

—¿Hablaste con Nicolás, Isa?

—No… ¿por qué? —respondió curiosa.

—Creí que hablarían, como saliste así de la oficina.

—Mmm, no. No hemos hablado.

—Bueno, está bien.

Tomás tomó un sorbo de su bebida y luego comentó:

—Tengo pensado hacer un asado e invitar a los Miller. ¿Están de acuerdo?

—Sí, está bien —respondieron ambas.

—Para pasar el día y charlar… pero también para que no se queden con la imagen de que nosotros nos molestamos porque Nicolás dejó de ser tu seguridad.

—Me parece perfecto —comentó Sara.

Al otro día, la familia Miller fue avisada del asado.

Cuando Nicolás se enteró, pensó que sería más conveniente hablar en persona con Isabella. Como para el asado solo faltaban dos días, decidió no escribirle para verse antes.

Mientras tanto, Isabella sí estaba un poco intrigada. Pensó que él le escribiría para decirle lo que no pudo el día anterior. En varias ocasiones revisaba su celular esperando ese mensaje que no llegaba.

Su día transcurrió bastante normal, como de costumbre. Hasta ahora no había tenido ningún altercado y ya se estaba acostumbrando a los guaruras, como ella los llamaba en tono jocoso.

Por otro lado, todo marchaba de la mejor manera para Lucas y Lucía, quienes estaban cansados pero felices haciendo lo que les gustaba y dándose a conocer gracias a su espectacular trabajo.

En la mansión Miller, esa noche había una cena especial. Iba la madre de Alejandro y siempre era grato compartir con ella, sobre todo por lo divertida que era la señora.

—Siempre es bueno verte, madre —mencionó Alejandro sentándose en la mesa para cenar.

—Oye lo que dice este ingrato, Nora —respondió Angela.

Nora comenzó a reír.

—Él ni siquiera llama a su madre.

—Jajaja, madre, no te llamo seguido, pero sí tratamos de ir a verte con frecuencia. ¿Qué vale más, no?

—Ah, pues algo es algo —dijo Angela, y todos rieron.

Luego miró a sus nietos con curiosidad.

—¿Y ustedes cómo van, mis nietos queridos?

—A ver… espero acertar.

Los miró uno por uno.

—Manuela en su colegio más por obligación que por gusto. Esa niña la mimaron desde el vientre y por eso no le gusta estudiar.

Todos rieron.

—Jay… a ti te gusta el estudio, pero un poco la fiesta. A veces me gusta esa combinación, pero no en exceso, ¿eh?

Jay levantó las manos como rindiéndose.

Angela miró entonces a Nicolás.

—Y Nicolás… ay Nicolás. Veo en tus ojos cositas que mejor espero que me cuenten ustedes.

—Mamá, ¿cómo siempre le aciertas? —comentó Alejandro—. Aunque no cambia mucho la situación desde la última vez que nos vimos.

Angela sonrió con picardía.

—Bueno… cuéntenme. ¿Ya todos tienen amores? ¿Tú, Manuela?

Manuela abrió los ojos.

—Mamá, por favor —intervino Alejandro—. No digas esas cosas. Manuela es una niña que debe dedicarse a su estudio y a actividades de una señorita decente.

—Ay no, Alejandro, qué anticuado —respondió Angela—. Ella debe vivir su amor adolescente… su amor de manitas sudadas.

Miró a Manuela con complicidad.

—¿Eh? Manos sudadas.

Los demás comenzaron a reír.

—¿Cierto, Nora?

Nora se quedó sin palabras. Ella misma le había contado a Angela que había tenido un par de novios en secundaria, y justo por eso su suegra sacaba esos temas para incomodarla un poco. Pero Nora sabía que era cariño; su suegra era tremendamente ocurrente.

—No… aún no es hora —respondió Nora antes de llevarse un bocado a la boca.

Angela negó con la cabeza.

—Pero para los hombres sí es hora a esa edad… tienen la percepción alterada. Sé feliz, mi niña —le dijo a Manuela.

—Abue, tú eres tremenda —comentó Jay.

Angela suspiró con nostalgia.

—Creo que por eso duré tanto con tu abuelo… mi viejito que tanto extraño.

Luego se recompuso y volvió a mirar a Jay.

—Y tú, ¿qué? De tantas fiestas y no has presentado a alguien. ¿Para cuándo?

—Abuela, tú hoy viniste decidida a encontrarnos pareja a cada uno —intervino Nicolás.

—A ellos quizá… a ti no. Esos ojos están hablando desde que llegué.

Jay soltó una risa.

—Sí, abue. Yo le escogí la esposa y ahora andan juntos.

—¡¿Cómo?! ¿Y yo sin enterarme? A ver, cállate —dijo Angela cuando Nicolás intentó hablar—. Aquí la mejor contando historias es Manuela.

Luego agregó con picardía:

—A propósito, ¿ya la inscribieron en un curso de lectura y escritura?

Todos quedaron mirándola sorprendidos.

—¡Pero qué dice! —exclamaron entre risas.

La abuela Angela era todo un espectáculo.

—Abue —dijo Manuela—, se llama Isabella y es hermosa. Y a ella también le brillan los ojitos como a él.

—Chamaca, cada día me sorprendes —comentó Jay.

Nora solo reía, disfrutando la escena de su familia, mientras Alejandro miraba todo en silencio sin terminar de creer las ocurrencias de su madre.

Angela volvió a preguntar:

—¿Isabella? ¿La conozco?

—No, suegra. Quizá haya escuchado hablar de sus padres… los Anderson —respondió Nora.

Angela pensó unos segundos.

—Mmm… no, no recuerdo. Pero espero conocerla pronto, ¿eh Nicolás?

—No tengo nada con ella, por Dios —respondió Nicolás al fin.

—Eso se la pasa diciendo desde que la conoce —dijo Jay.

Luego miró a su abuela con picardía.

—Pero abue, la verdad…

Hizo una pausa para intrigarla.

—Las miradas de ellos hablan antes que ellos. En la gala a la que nos invitaron… madre mía. Ah, y una vez salimos con los amigos de ella, y vi cómo babeaba Nico por ella.

—Cállate, enano. Por eso no tienes novia, por bocón —respondió Nicolás.

Angela abrió los ojos con dramatismo.

—¡OMG! Nicolás es más reservado. Me tienes sorprendida.

Luego agregó:

—Bueno, al parecer por su apellido es de buena familia. Espero conocerla pronto, reitero. Y me alegra que no sea una fufurufa de esas que a veces salen contigo en las revistas, porque la verdad, querido nieto, la mayoría tienen una cara de vividoras que el único que no se las ve… eres tú.

—Mamá, por favor, sé prudente —intervino Alejandro.

—¿Qué? No vengas tú. Nora ha sido lo mejor que ha llegado a tu vida, gracias a Dios.

Tomó la mano de su nuera.

—Por eso te quiero tanto, Nora.

—Y yo a usted, suegra —respondió Nora sonriendo.

Jay levantó su copa.

—Abue, te queremos. Siempre nos alegras con tu presencia.

Angela sonrió mirando a todos.

—Y yo a ustedes… mi familia hermosa.

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