El rey Adrien tiene cinco esposas por obligación, sin amor en su corazón. Todo cambia cuando conoce a Elara, la última esposa, quien no busca agradarle y despierta en él sentimientos desconocidos. Mientras el amor crece lentamente, los celos, las traiciones y la guerra amenazan con destruirlo todo. Adrien deberá decidir entre el poder… o el amor.
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La trampa se cierra
Elara se quedó inmóvil en medio de la habitación, con el objeto aún en la mano. Su respiración era lenta, controlada, pero su mente corría con rapidez. La puerta se había cerrado con un golpe seco, y el silencio que siguió fue aún más inquietante.
No estaba sola.
Lo sabía.
—Puedes salir —dijo con firmeza—. No me gustan los juegos.
Una sombra se deslizó desde uno de los rincones. La misma figura encapuchada de la noche anterior apareció ante ella.
—Aprendes rápido —murmuró.
Elara no bajó la guardia.
—¿Fuiste tú?
—No.
—Entonces explica esto —levantó el objeto—. Apareció aquí.
El desconocido lo observó con atención.
—Eso es una marca de los rebeldes.
Elara sintió un leve escalofrío.
—¿Por qué dejarían algo así en mi habitación?
—Porque quieren que el rey desconfíe de ti… o peor, que crea que colaboras con ellos.
Elara apretó el objeto entre sus dedos.
—Entonces esto es una trampa.
—Exactamente.
Un ruido en el pasillo los alertó.
Voces.
Guardias.
La figura dio un paso atrás.
—No tengo mucho tiempo —dijo en voz baja—. Te están vigilando más de lo que crees.
—¿Quién eres? —insistió Elara.
—Alguien que no quiere verte caer.
Antes de que pudiera decir algo más, desapareció nuevamente por una ventana lateral con una agilidad sorprendente.
Un segundo después, la puerta se abrió.
Los guardias entraron.
—Mi señora, escuchamos un ruido—
Elara ya estaba de pie, serena.
—Nada importante. Solo se cayó algo.
Los hombres dudaron, pero finalmente asintieron.
—Debemos permanecer con usted.
—Hagan lo que quieran —respondió ella, dejando el objeto sobre la mesa con aparente descuido.
Pero su mente no se detuvo.
Si aquello era una trampa… alguien dentro del castillo estaba detrás.
Horas más tarde, en el campo de batalla, Adrien observaba el horizonte desde lo alto de una colina. Sus tropas estaban listas, alineadas, esperando su orden.
—Se mueven rápido —dijo uno de sus generales—. Más de lo esperado.
—No es casualidad —respondió Adrien—. Alguien les da información.
—¿Dentro del reino?
El rey no respondió de inmediato.
Pero una imagen cruzó su mente.
Elara.
Apretó la mandíbula.
No.
No podía ser.
—Mantengan la formación —ordenó con firmeza—. No cometeremos errores.
Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo… dudaba.
De vuelta en el castillo, la tensión crecía.
Isolda caminaba lentamente por un pasillo oscuro, acompañada por la misma sirvienta.
—¿Ya está hecho? —preguntó en voz baja.
—Sí, mi señora. El objeto fue colocado en su habitación.
Isolda sonrió.
—Perfecto.
—¿Y si el rey no lo cree?
Isolda se detuvo.
—Oh, lo hará… si sabemos cómo mostrarlo.
Mientras tanto, Elara permanecía en su habitación, observando el símbolo.
Sabía que debía actuar con cuidado.
Un solo error…
Y todo estaría perdido.
Pero lo que más le inquietaba no era la trampa.
Era otra cosa.
Algo que no podía controlar.
Pensó en Adrien.
En su mirada.
En sus palabras.
Y por primera vez, sintió miedo de algo diferente.
No del peligro.
Sino de lo que su corazón comenzaba a sentir… en el peor momento posible.