Alana Díaz es una estudiante decidida a graduarse por sus propios méritos, lejos de los lujos y el caos de la gran ciudad. Pero su vida da un giro irreversible al entrar como pasante en el imperio de Leonardo Salvatore, un CEO tan influyente como implacable que no está acostumbrado a que le digan que no.
Lo que comienza como una relación profesional se convierte en un juego de seducción y peligro. Tras un violento "accidente" que deja a Alana vulnerable y bajo el cuidado personal de Leonardo en su lujoso Penthouse, la barrera entre el jefe y el protector se desvanece, dando paso a una pasión que ambos intentaron contener.
Sin embargo, el amor no es lo único que crece entre ellos. Mientras Alana lucha por mantener su independencia, una red de envidias, secretos de élite y una madre dispuesta a todo por mantener el "apellido" amenazan con destruirlo todo. En un mundo donde el dinero lo compra todo, ¿podrá el amor de una "pueblerina" sobrevivir a la furia de quienes lo quieren ver cae
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CAPÍTULO 6
ALANA DÍAZ
Sentada en mi silla perdida en mis pensamientos, mientras el profesor daba una catedra sobre finanzas. Ya había pasado un par de semanas desde que el señor Salvatore me había dado la contraseña del celular, pero de nada servía tener un iPhone si no tenía ni para la recarga. Dos semanas que se me ha hecho difícil vender mis productos.
Mi estómago gruñía del hambre. Sentí dolor de cabeza. Apreté mis ojos y los abrí despacio, mis lágrimas empezaron a salir.
No me sentía bien. Limpié mis lágrimas. Me levanté de mi silla, me disculpé con el maestro y salí.
Abrí mi bolso, traía algunos de mis productos, tenía que buscar como venderlos, ya pronto tendría que pagar la renta del cuarto y mi menstruación estaba a un par de días y no tenía ni para comprar un paquete.
Bostecé varias veces, me sentí un poco mareada. Caminé un par de pasos, sentía que el piso se movía.
— ¿Estás bien? — era una voz conocida, masculina. Pude medio ver la cara de aquel hombre, era Salvatore.
Perdí el conocimiento.
LEONARDO SALVATORE
El profesor Quant me había llamado para conversar conmigo, estábamos en esa negociación de una conferencia que él quería que yo diera en la universidad. Para mí, el profesor Quant era muy apreciado.
Entrando a la universidad venía de frente la chica del celular, se veía aturdida, su rostro cansado y estaba más delgada.
—¿Estás bien? — ella se desmayó.
Muchos estudiantes se acercaron, murmuraban cosas desagradable de ella.
La cargué y la llevé a mi auto con destino al hospital.
Los doctores la atendieron, me quedé con el bolso. Se acercó una enfermera para llenar el papeleo.
— Me puede brindar información de la paciente, nombre, edad.
Abrí el bolso, saqué la billetera. Había una identificación.
—Alana Díaz, 22 años. Fecha de nacimiento, 12 de noviembre de 2001.
— ¿Usted es su novio? ¿Pariente? ¿Amigo?
Miré a la enfermera.
— Ninguna de las tres. Solo la traje porque se desmayó.
— ¿Quién va a asumir los gastos médicos?
— Por eso no se preocupe — saqué mi tarjeta y pagué.
Cuando la enfermera dio la vuelta. Volví a ver la identificación, su lugar de origen es un pueblo. Revisé el bolso, ahí estaba el celular qué le había dado, varias corbatas en unas bolsas de celofán, pañuelos y bufandas, cada uno con un precio. Por un momento sentí lástima por Alana.
El doctor se acercó.
—Usted trajo a la joven.
—Sí.
— Me dijo la enfermera que no la conoce, pero necesitamos contactar a su familia.
—¿Que es lo que ella tiene, si se puede saber?
— Desnutrición, ella no se está alimentando como debe ser. Los resultados arrojaron Anemia qué si no se ve a tiempo puede volverse otra cosa. Ella aún no despierta.
—¿Puedo verla? — el doctor me llevó a su habitación.
Ahí estaba ella, canalizada con suero. El doctor salió y ahí quedé con ella a solas.
Podía deducir qué ella se estaba esforzando por salir adelante. Me acerqué a su cama. Aunque parece sencilla, es realmente linda. Mientras la mirada, ella abrió lentamente sus ojos y sacó un leve sonido de su boca.
–¿Estás bien?
— ¿Qué hace usted aquí?
— Te desmayaste. El doctor ha dicho que tienes anemia. ¿Y tu familia?
Puso una cara molesta. Era como si yo le desagradaba con solo verme.
— Gracias por traerme, pero ya puede irse — ella se levantó y se quitó la aguja qué la canalizaba.
—¿Qué haces?
— No puedo pagar este hospital. Así que me voy.
— No te preocupes por el gasto, ya lo pagué. Descansa que te hará bien. Tengo una pregunta, ¿Vives solas aquí? ¿Trabajas? ¿Necesitas ayuda? Puedo ser un benefactor.
Se levantó y tomó el bolso (de ella) que traía en las manos.
— No necesito su ayuda. No soy una prostituta. No necesitar ayuda de nadie.
— Quien está hablando de prostitución, niña tonta. Salí de aquel cuarto. Y me fui a mi empresa. ¿Quién habló de prostituirse? Solo le ofrecí ayuda. Por primera vez, pensé que un fondo de beca para estudiante de escasos recursos como un proyecto social de la compañía, pero se me olvidaba que siempre hay malos agradecidos.
Pasé pensando en Alana el resto del día.
pobre leo cuando lo sepa 🥺🥺
leo
creen que eres un niño que pueden jugar contigo demuestrsles que no
debe pagar