nunca hay que mentirse a uno mismo
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3
Aquella mesa en el rincón más sombrío del restaurante era un ecosistema peligroso y fascinante. No era una simple reunión de negocios; era una cumbre de poder donde las jerarquías se marcaban por el grosor del fajo de billetes o el calibre del arma oculta bajo el saco de seda italiana. Allí, entre el humo invisible del tabaco de alta gama y el aroma penetrante de los destilados caros, se sentaban tres tipos de hombres: los empresarios legítimos, que buscaban expandir sus imperios; los empresarios de fachada, expertos en lavar culpas y activos; y un par de sujetos cuyo nombre, de ser pronunciado en voz alta, haría que el piso de Florencia temblara y las luces del lugar parpadearan.
El coñac de ámbar profundo y el whisky con un solo hielo iban y venían, servidos por un camarero que apenas se atrevía a mirarlos a los ojos. Pero los negocios, usualmente el centro gravitacional de esa mesa, habían pasado a un segundo plano. Los ojos de esos hombres, acostumbrados a vigilar rutas y mercados, estaban fijos en un solo objetivo: el ángel mexicano con curvas de infarto y su eléctrica acompañante.
—Guardate que bella donna —murmuró uno de los empresarios de fachada, ajustándose el nudo de la corbata mientras veía a Carmín saborear su vino—. Esa mujer no camina, reclama el suelo que pisa.
—No es solo el cuerpo, es el fuego que trae en los ojos —respondió uno de los mafiosos, un hombre de rostro pétreo y cicatriz casi imperceptible en la sien. Sus manos, que habían firmado sentencias de muerte, ahora sostenían con delicadeza un vaso de cristal cortado—. Se nota que tiene carácter Me encantan las mujeres que parecen un reto y terminan siendo una conquista épica.
Los comentarios entre ellos subieron de tono, cargados de una virilidad depredadora pero contenida por el entorno de lujo. Fantaseaban en voz alta, sin que nadie pudiera escucharlos, sobre lo que harían para "enseñarles Italia" de verdad. Pero no se referían a las postales del Duomo o al Ponte Vecchio; hablaban de las villas privadas en la costa, de las sábanas de seda en palacios cerrados al público y de noches donde el lujo se mezclaba con el pecado más absoluto.
—Imagina llevar a esa morena a mi finca en Calabria —dijo el segundo mafioso, cuya sola sombra causaba pavor en los puertos—. Sería como meter un volcán en una bodega de hielo. Esa mujer tiene "México" escrito en la sangre, y yo tengo mucha curiosidad por saber si sus curvas son tan suaves como parecen o si queman al tacto.
En la mesa, la picardía se transformó en una competencia silenciosa. Los empresarios legítimos calculaban cuánto costaría comprar el tiempo de Carmín; los mafiosos, en cambio, planeaban cómo adueñarse de su atención. Para ellos, Carmín Velasco no era una diseñadora con el corazón roto; era la pieza más valiosa del restaurante, una joya que brillaba con una luz propia que ninguna otra mujer en el recinto podía igualar.
Carmín, ajena al detalle exacto de la conversación pero plenamente consciente de la electricidad que emanaba de aquel rincón, se enderezó. Sentía la mirada del hombre de la cicatriz, una presión casi física en su piel. El desprecio que sentía por su exnovio empezaba a ser reemplazado por un empoderamiento oscuro. Si ese imbécil pensaba que ella "no cabía en su vida", estos hombres, los dueños de media Italia, parecían estar dispuestos a vaciar ciudades enteras solo para hacerle un espacio.
—Esos tipos no solo nos miran, Nina —susurró Carmín, bajando la voz—. Nos están diseccionando. Siento que si me acerco demasiado a ese rincón, voy a terminar en una película de la cual no sé si quiera salir.
—Pues prepárate, ángel —respondió Nina con una sonrisa lobuna—, porque el que parece el jefe de todos ellos no ha dejado de morderse el labio desde que pediste el tinto. Si quieres llorar tus penas, hazlo sobre un pecho que valga millones de euros.
Los vasos de whisky chocaron en un brindis silencioso hacia la mesa de las chicas. Aquellos caballeros de dudosa moral y poder absoluto ya habían decidido que la cena era solo el preludio. En sus mentes, ya estaban recorriendo las carreteras de la Toscana con las chicas en el asiento del copiloto, descubriendo que, a veces, un ángel con curvas es exactamente lo que un demonio con poder necesita para sentirse vivo.
La tensión en el restaurante era tan espesa que se podía cortar con el mismo cuchillo con el que Carmín se disponía a atacar su cena. La noche de Florencia estaba a punto de volverse mucho más peligrosa, y mucho más interesante.
no se vale