⚠️🔞El duque Marek Kizilbash gobierna un territorio sitiado por la peste y las bestias. Dispuesto a todo para salvar a su pueblo, compra en el mercado negro a Naim, un peligroso y orgulloso licántropo de pura sangre.
Lo que el duque ignora es que el contacto carnal despertará la magia ancestral del bosque, desatando un embarazo místico tan acelerado como violento. Atado a Marek por una marca de sangre inquebrantable, el cuerpo trigueño del indomable shou se transformará para gestar al heredero de una nueva era.
Con el consejo de nobles traidores conspirando en las sombras y la Iglesia del Sur avanzando con carros de fuego para destruir la "abominación", Marek y Naim transformarán la torre del castillo en un santuario sagrado. Una historia de dominación absoluta, erotismo salvaje, masacres en las colinas y un amor que se bautizará con la sangre de sus enemigos. Esta novela es sucia y grotesca. Están advertidos.🔞⚠️
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El Shou
Marek Kizilbash se paró justo frente a los barrotes de hierro. El olor animal que salía de la jaula era denso, caliente y extrañamente atrayente. Era una mezcla de tierra, sangre fresca y un almizcle salvaje que encendía los sentidos.
—Abre la jaula —ordenó Marek. Su voz sonó firme, pero sus ojos oscuros recorrían cada centímetro del cuerpo del prisionero.
El mercader gordo palideció. Soltó una risa nerviosa y se frotó las manos sudorosas contra su túnica.
—Excelencia, por favor. Es un licántropo de pura sangre. Un shou salvaje. Si le abro la puerta, intentará arrancarle el cuello con los dientes. Mire cómo me dejó a los guardias.
—He dicho que la abras —repitió el duque, sin mirarlo—. Traigo mi daga de plata. Y sé cómo defenderme. Abre.
El comerciante tragó saliva y sacó un pesado manojo de llaves de su cinturón. Con las manos temblorosas, introdujo la llave en el candado oxidado. El metal crujió. La puerta de la jaula se abrió lentamente, chirriando en el silencio del sótano.
Marek entró al espacio confinado. El suelo estaba cubierto de paja sucia y restos de carne cruda. En el fondo de la jaula, el cuerpo de Naim se tensó al instante.
Naim levantó la cabeza. Su cabello oscuro y enredado cayó hacia atrás, dejando al descubierto un rostro de facciones afiladas, labios carnosos y una mandíbula firme. Lo más impactante fueron sus ojos. No eran humanos. Eran dos esferas de un color gris, salvajes y llenas de un odio puro.
El licántropo emitió un gruñido sordo desde lo más profundo de su pecho. El sonido hizo vibrar el aire dentro de la jaula. Intentó abalanzarse sobre el duque, pero las pesadas cadenas atadas a sus tobillos y muñecas se tensaron con un chasquido metálico, frenándolo en seco. Las argollas de plata pura, incrustadas directamente en su piel trigueña, quemaban su carne. Un humo sutil y un olor a piel chamuscada subieron de sus muñecas ensangrentadas.
—Humano asqueroso... —escupió Naim. Su voz era áspera, rota por la sed, pero cargada de una sensualidad primitiva—. Si me sueltas, te devoraré las entrañas.
Marek no se inmutó por la amenaza. Se arrodilló frente a él, quedando a escasos centímetros de su rostro. A esa distancia, pudo notar la belleza física del shou. A pesar de los harapos y la suciedad, Naim tenía un cuerpo escultural: hombros anchos, pectorales marcados que subían y bajaban rápidamente por la respiración agitada, y un abdomen firme surcado por cicatrices de garras. Su piel trigueña irradiaba un calor corporal exagerado, casi febril.
Marek extendió su mano izquierda y, con dedos firmes, tomó a Naim por la barbilla, obligándolo a sostenerle la mirada.
Naim tiró la cabeza hacia atrás y mostró los colmillos, intentando morder los dedos del duque. Marek no retrocedió; apretó el agarre con más fuerza, clavando sus dedos en la mandíbula del licántropo.
—Tienes mucho orgullo para ser una bestia enjaulada —dijo Marek en voz baja, deleitándose con la resistencia del shou—. Tu bosque se está muriendo, y tú estás aquí, vendido como un pedazo de carne. Vas a venir conmigo a mi castillo. Vas a ser mi guía en la Niebla.
—Prefiero que los gusanos me coman antes de servir a un noble de sangre podrida —siseó Naim, sosteniendo la mirada con rabia—. Mi cuerpo pertenece al bosque. No a ti.
En ese instante, el contacto físico directo desató algo inesperado. La cicatriz en forma de espiral en la mano derecha de Marek comenzó a arder como si le hubieran pegado un carbón encendido. El duque soltó un gemido ahogado. Al mismo tiempo, Naim abrió los ojos con sorpresa y arqueó el lomo. Una corriente de energía invisible y caliente viajó desde los dedos de Marek por toda la espina dorsal del licántropo.
Naim dejó escapar un jadeo ronco, un sonido que sonó más a sumisión forzada que a queja. Su pecho se infló y sus pezones oscuros se tensaron por el espasmo. La magia del bosque, dormida por la plata, reaccionó con violencia ante la presencia del duque.
Marek soltó la barbilla de Naim, respirando con dificultad. Miró su propia mano; la runa de la sangre brillaba con un tenue color rojo bajo el guante. Miró a Naim. El licántropo temblaba en el suelo, mirándolo con una mezcla de furia y confusión profunda. Sus cuerpos ya se reconocían, aunque sus mentes se odiaran.
El duque se puso de pie con elegancia y salió de la jaula, acomodándose la capa. El mercader gordo lo esperaba afuera, frotándose las manos con avidez.
—¿Y bien, su excelencia? ¿Qué opina de la mercancía? Es un espécimen difícil de domar, pero en la cama o en la guerra, le aseguro que vale cada moneda.
—Lo compro —dijo Marek sin titubear—. ¿Cuánto quieres por él?
—Cien monedas de oro legítimo, milord. Es un precio justo por un pura sangre.
—Te daré ciento cincuenta —declaró Marek, haciendo que los ojos del comerciante se abrieran por la codicia—. Pero bajo una condición. Tú y tus hombres lo cargarán en mi carromato blindado ahora mismo. Y si una sola de esas cadenas de plata le arranca más piel de la debida durante el trayecto, volveré y te colgaré de las murallas del castillo.
—¡Por supuesto, por supuesto, excelencia! —exclamó el mercader, haciendo reverencias torpes—. ¡Muchachos, traigan el carromato y los sedantes!
Dos hombres corpulentos, armados con garrotes y látigos, se acercaron a la jaula. Naim, al verlos entrar, comenzó a forcejear con violencia. El tintineo de las cadenas llenó el sótano. El shou tiraba de los grilletes, desgarrando su propia piel, prefiriendo desangrarse antes de dejarse tocar por esos hombres.
—¡Atrás, malditos engendros! —rugió Naim, lanzando zarpazos al aire con sus uñas afiladas.
Uno de los guardias levantó un látigo con puntas de hierro, listo para golpear la espalda desnuda del licántropo para someterlo.
—¡Alto! —la voz de Marek resonó como un trueno en la galería subterránea. El guardia se detuvo en el aire, temblando—. Dije que lo cargaran, no que lo dañaran. Si tocas su piel con ese látigo, te cortaré la mano.
Marek regresó al interior de la jaula. Naim lo miró, con el pecho agitado y gotas de sudor corriendo por su cuello y torso. El duque se quitó su capa pesada de piel de zorro y la arrojó sobre los hombros desnudos de Naim, cubriendo su cuerpo del frío y de las miradas lascivas de los mercaderes.
—No me toques... —susurró Naim, aunque no tuvo fuerzas para quitarse la capa. El aroma a tabaco, cuero y perfume de Marek lo envolvió, calmando extrañamente su instinto salvaje.
Marek se inclinó, pasó sus brazos fuertes por debajo de las rodillas de Naim y por su espalda, y lo levantó. Naim pesaba bastante debido a su musculatura densa, pero el duque tenía la fuerza de un guerrero entrenado.
Al verse levantado de esa manera, el orgullo de Naim se fracturó. El shou rodeó instintivamente el cuello de Marek con sus manos encadenadas, sintiendo el calor del cuerpo del duque a través de la ropa. Las cadenas de plata colgaron entre ambos, tintineando contra la armadura ligera de Marek.
Marek caminó hacia la salida del sótano cargando al licántropo en sus brazos. Los mercaderes se hicieron a un lado en silencio, impresionados por la escena. El duque del norte se llevaba a su bestia, no como un trofeo muerto, sino como un tesoro prohibido.
Afuera, la noche invernal los recibió con una ráfaga de viento helado. Gregor y los guardias abrieron los ojos de par en par al ver a su señor cargando personalmente a la criatura del bosque. El carromato blindado, una caja de madera reforzada con hierro, ya estaba listo.
Marek depositó a Naim con cuidado en el interior del carromato sobre una pila de mantas limpias que había ordenado traer. Antes de cerrar la puerta de madera, Marek se quedó observándolo. Naim se había acurrucado en una esquina, envuelto en la capa del duque, mirándolo fijamente desde la oscuridad con sus ojos grises llenos de una promesa de venganza y pasión contenida.
—Llévenlo al ala oeste del castillo. A la torre alta —ordenó Marek a Gregor—. Que nadie se acerque a él excepto yo.
Marek subió a su caballo. Mientras cabalgaba de regreso bajo la luna llena, sentía que la sangre en sus venas corría más rápido. El invierno seguía siendo frío, pero por primera vez en años, el duque sentía un fuego ardiente dentro de su pecho.