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Bajo El Nombre Valemont

Bajo El Nombre Valemont

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Magia
Popularitas:857
Nilai: 5
nombre de autor: Araknealeg

En la Casa Valemont, el amor es una debilidad y la sangre solo tiene valor mientras sea útil.
Seraphine Valemont, la hija menor de uno de los ducados más poderosos del reino, ha crecido rodeada de conspiraciones, rivalidades y silencios capaces de destruir familias enteras. Mientras sus hermanos luchan entre sí por poder y supervivencia bajo la mirada implacable de su padre, ella oculta un secreto que bastaría para condenarla a la hoguera: magia.
Pero sobrevivir en la nobleza exige algo peor que esconderse.
Exige aprender a manipular, mentir y convertirse en aquello que más detesta.
Mientras la aristocracia persigue brujas públicamente y las utiliza en secreto, Seraphine comenzará a construir una red clandestina de poder entre sombras, traiciones y pactos peligrosos.
Porque en la Casa Valemont, los monstruos no nacen.
Se crean.

NovelToon tiene autorización de Araknealeg para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap 3. Las Cosas Que No Debían Existir

......................

Seraphine no se movió.

La oscuridad ocupó inmediatamente una parte de la habitación cuando la vela se extinguió, deformando las sombras sobre las paredes de piedra. El viento golpeó los vitrales con más fuerza y la lluvia pareció convertirse en un murmullo constante alrededor del castillo.

Pero ella seguía inmóvil.

El medallón descansaba sobre su palma fría.

Pesaba más de lo que debería.

La voz había sido real.

No un pensamiento. No imaginación.

La había escuchado junto a su oído.

Lentamente levantó la vista hacia el rincón oscuro de la habitación.

Vacío.

Sin embargo, la sensación seguía allí.

Como si alguien hubiera estado observándola apenas unos segundos antes.

Seraphine tragó saliva con discreción.

Miedo.

Lo reconoció inmediatamente y lo odió.

Se obligó a respirar despacio mientras volvía a mirar el medallón.

El símbolo grabado parecía antiguo. Las líneas negras que atravesaban el ojo estaban desgastadas, como si alguien hubiera intentado rasparlas años atrás. Había pequeñas marcas alrededor del borde plateado. No decorativas. Parecían arañazos.

¿Quién lo había dejado allí?

Nadie podía entrar sin que ella escuchara la puerta.

A menos que…

Su mirada se dirigió automáticamente hacia las ventanas altas.

Cerradas.

Bloqueadas desde dentro.

Entonces alguien había estado en la habitación mientras hablaba con Celestine.

La idea hizo que un escalofrío lento recorriera su espalda.

Se acercó rápidamente a la puerta y giró la llave.

Después tomó una de las velas restantes y volvió al centro de la habitación.

La llama iluminó parcialmente el suelo, los muebles oscuros y las cortinas pesadas color vino. Todo parecía normal.

Demasiado normal.

Seraphine volvió a observar el medallón.

—¿Qué eres…?

No esperaba respuesta.

Por supuesto no la hubo.

Apretó el objeto entre los dedos y caminó hacia la chimenea apagada. Dudó apenas un segundo antes de arrojar el medallón al fuego muerto.

El metal chocó contra la piedra.

Esperó.

Nada.

Bien.

Eso era mejor.

Mucho mejor que el objeto reaccionara como algo normal.

Se obligó a apartarse y comenzó a desatar lentamente las mangas ajustadas de su vestido.

Necesitaba dormir. Pensar cansada era peligroso.

Pero justo cuando dio la espalda a la chimenea…

La llama volvió sola.

Seraphine giró bruscamente.

El fuego crepitaba débilmente entre las cenizas negras.

Y el medallón seguía allí.

Intacto.

Una sensación desagradable se instaló en su estómago.

No.

Aquello no podía seguir pasando.

Avanzó hacia la chimenea, tomó las pinzas metálicas y atrapó el medallón entre ellas.

El metal estaba helado.

No caliente.

Helado.

La puerta de la habitación se abrió de golpe.

Seraphine escondió inmediatamente las pinzas detrás de su espalda.

Alaric entró sin pedir permiso.

Por supuesto.

El segundo hijo del duque llevaba todavía ropa de montar negra parcialmente húmeda. Varias gotas de lluvia caían desde su cabello oscuro hasta el cuello de la camisa abierta. Olía a cuero mojado, vino y aire frío.

Sonrió apenas al verla.

Como un hombre que acababa de interrumpir algo interesante.

—Qué expresión tan cálida para recibirme.

Seraphine soltó lentamente las pinzas dentro de la chimenea.

—Entraste sin anunciarte.

—Y aun así no gritaste por guardias.

Alaric cerró la puerta tras él con tranquilidad.

Sus ojos recorrieron la habitación rápidamente.

Demasiado rápido.

Demasiado atentos.

Seraphine sintió tensión inmediata.

Alaric nunca parecía distraído realmente. Incluso cuando sonreía, daba la impresión de estar calculando cuánto valía cada persona frente a él.

—¿Qué quieres? —preguntó ella.

Él se acercó a la mesa junto a la ventana y tomó una copa vacía.

—Hablar con mi hermana menor. ¿Eso es tan extraño?

—Sí.

La sonrisa de Alaric se amplió apenas.

—Al menos eres honesta.

La lluvia seguía golpeando los vitrales detrás de él.

La iluminación irregular de las velas hacía que parte de su rostro permaneciera en sombra.

Seraphine observó sus manos.

No tenía heridas recientes.

Curioso para alguien recién llegado de campaña militar.

—¿Te enviaron? —preguntó ella.

—¿Padre?

—O Evelyne.

Alaric miró por la ventana un segundo antes de responder.

—Evelyne jamás desperdiciaría una conversación conmigo a menos que pudiera ganar algo.

—Entonces sí se parecen.

Él soltó una risa breve.

Real.

Pero desapareció rápido.

—Cassian me dijo que has mejorado mucho socialmente.

Eso llamó su atención.

—¿Cassian habla de mí?

—A veces.

—Qué decepcionante para ambos.

Alaric la observó fijamente unos segundos.

Y entonces Seraphine entendió algo importante.

No había venido solo a intimidarla.

Estaba estudiándola.

Igual que ella hacía con los demás.

—¿Por qué realmente estás aquí? —preguntó.

Alaric apoyó la copa sobre la mesa.

—Porque quiero entenderte.

Mala respuesta.

Las respuestas vagas eran peligrosas en aquella familia.

—No soy complicada.

—No. Solo eres distinta.

Otra vez esa palabra.

Distinta.

Primero Celestine. Ahora él.

Seraphine mantuvo el rostro tranquilo.

—Todos ustedes parecen muy interesados en analizarme hoy.

—Tal vez porque dejaste de parecer una niña.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Seraphine sostuvo su mirada sin reaccionar.

Pero internamente comprendió algo incómodo.

Esto ya no era solo política familiar.

El duque probablemente comenzaba a considerarla útil.

Y eso la colocaba en el tablero real.

Peor aún: significaba matrimonios, alianzas, vigilancia, interés.

Alaric caminó lentamente por la habitación mientras hablaba.

—Padre planea algo con la Casa Arden.

—Eso ya lo sé.

—No todo.

Se detuvo frente a uno de los libreros.

—El hijo mayor de Arden es un imbécil obediente. El menor es inteligente.

—¿Y?

—El inteligente preguntó por ti.

Silencio.

Seraphine sintió incomodidad inmediata.

—Ni siquiera me conoce.

—Precisamente por eso preguntó.

Alaric pasó un dedo distraído sobre los lomos de varios libros.

—Belleza, apellido y rumores misteriosos. La nobleza siempre se obsesiona con cosas así.

Ella cruzó lentamente los brazos.

—¿Viniste solo para advertirme sobre hombres aburridos?

—No.

Finalmente volvió a mirarla.

—Vine porque quiero saber de qué lado estarás cuando esta familia empiece a destruirse.

El aire pareció volverse más pesado.

Ahí estaba.

La verdad.

Por fin.

Seraphine entrecerró apenas los ojos.

—¿Destruirse?

Alaric sonrió.

Pero esta vez no parecía divertido.

—Cassian no durará muchos años siendo heredero.

—¿Planeas matarlo?

—Si quisiera hacerlo, ya estaría muerto.

Demasiado directo.

Demasiado tranquilo.

Seraphine sintió algo frío instalarse en el pecho.

Alaric no estaba bromeando.

—Entonces ¿qué quieres?

—Que falle solo.

Se acercó lentamente hasta ella.

No invadió su espacio.

Pero estuvo cerca suficiente para resultar incómodo.

—Cassian todavía cree en estabilidad. En orden. En preservar el ducado.

—¿Y tú no?

—Yo creo que las cosas débiles deben romperse antes de pudrirse.

Seraphine sostuvo su mirada.

Ahí estaba la diferencia entre los hermanos.

Cassian soportaba el sistema porque había nacido atrapado dentro de él.

Alaric disfrutaba el sistema porque podía usarlo.

—Y tú crees que serás mejor duque que él —dijo ella.

—Lo seré.

Ni arrogancia.

Ni duda.

Peor.

Convicción absoluta.

Seraphine entendió por qué el duque valoraba tanto a Alaric.

Se parecían demasiado.

Un golpe suave interrumpió el silencio.

Tres toques precisos en la puerta.

Alaric sonrió sin sorpresa.

—Adelante.

La puerta se abrió lentamente.

Cassian entró.

El ambiente cambió de inmediato.

Incluso el aire parecía tensarse entre ambos hermanos.

Cassian llevaba ropa oscura formal perfectamente acomodada pese a la hora. Como siempre, parecía incapaz de mostrar agotamiento frente a otros, aunque sus ojos revelaban otra cosa.

Su mirada pasó de Alaric a Seraphine.

Luego a la chimenea.

Finalmente volvió a Alaric.

—¿Interrumpo algo?

—Una conversación familiar —respondió Alaric.

—Entonces definitivamente interrumpes algo desagradable.

Seraphine casi sonrió.

Casi.

Alaric soltó una risa baja.

—Siempre tan encantador, hermano.

Cassian ignoró el comentario y miró directamente a Seraphine.

—Padre quiere verte mañana temprano.

Molestia inmediata.

—¿Por qué?

—No lo dijo.

Eso significaba que sí lo sabía.

Pero no pensaba explicarlo frente a Alaric.

Cassian dio media vuelta para irse.

—Qué obediente te ves últimamente —comentó Alaric desde atrás.

Cassian se detuvo junto a la puerta.

El silencio duró apenas dos segundos.

Pero fue suficiente para que Seraphine sintiera claramente el odio contenido entre ambos.

—Y tú sigues pareciéndote demasiado a él

—respondió Cassian sin girarse.

Alaric sonrió lentamente.

—Eso sonó casi emocional.

Cassian salió sin responder.

La puerta se cerró.

Silencio otra vez.

La lluvia parecía más intensa ahora.

Alaric observó unos segundos la puerta cerrada antes de hablar.

—Va a quebrarse eventualmente.

—¿Cassian?

—Todos se quiebran en esta casa.

Luego volvió a mirarla.

—Incluyéndote.

Y salió de la habitación.

Esta vez sí quedó sola.

Seraphine permaneció inmóvil varios segundos mientras intentaba ordenar todo lo ocurrido.

Demasiada información.

Demasiadas amenazas disfrazadas de conversación.

Finalmente caminó hacia la chimenea.

El medallón seguía entre las cenizas.

Esperándola.

Lo tomó lentamente.

Nada ocurrió esta vez.

Pero cuando giró el objeto bajo la luz…

Notó algo nuevo.

Una inscripción.

Muy pequeña.

Oculta en el borde interno.

Frunció el ceño y acercó el medallón a la vela.

Las letras eran antiguas.

Difíciles de leer.

Pero reconoció una palabra.

Morvane.

El apellido de su madre.

El pulso de Seraphine se aceleró.

No.

Eso era imposible.

Nunca había escuchado ese nombre fuera de unos pocos documentos viejos escondidos entre pertenencias olvidadas de la concubina muerta del duque.

Nadie lo conocía.

Nadie debía conocerlo.

Un ruido suave sonó detrás de ella.

Seraphine giró inmediatamente.

Nada.

Otra vez.

Pero esta vez la ventana estaba abierta.

El viento helado entraba en la habitación haciendo temblar las velas.

Ella estaba segura de haberla dejado cerrada.

Se acercó lentamente.

La lluvia fría golpeó parcialmente su rostro cuando llegó al borde.

Abajo, el patio interior estaba casi vacío.

Solo algunos guardias cruzaban entre la neblina nocturna con antorchas débiles.

Entonces lo vio.

Una figura encapuchada inmóvil junto a la estatua central del patio.

Observándola.

Seraphine sintió el cuerpo tensarse por completo.

No distinguía el rostro.

Solo la silueta oscura bajo la lluvia.

La figura levantó lentamente una mano.

Y dibujó en el aire el mismo símbolo del medallón.

El ojo atravesado por ramas negras.

Después desapareció entre la niebla.

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