nunca hay que mentirse a uno mismo
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20
La puntualidad en la mansión Salvatore era una ley no escrita. Por eso, ver que el reloj marcaba las once de la mañana y que el asiento de cuero tras el escritorio de caoba seguía vacío encendió las alarmas en la cabeza de Dante Marconi. Vincent jamás llegaba tarde; el jefe de la mafia italiana era un hombre de hábitos militares que solía estar activo desde antes de que saliera el sol .
Cuando la puerta de la oficina finalmente se abrió, Vincent cruzó el umbral. Caminaba con su porte habitual , pero su rostro, usualmente de mármol, lucía de una palidez sepulcral . Las ojeras profundas que enmarcaban sus ojos oscuros se veían más marcadas . Se acomodó en su silla con una lentitud inusual, evitando hacer movimientos bruscos para que la habitación no volviera a girar como lo había hecho horas antes en su baño.
Dante lo observó en silencio desde el sofá, cruzado de brazos y con una ceja alzada. No era necesario ser un genio para darse cuenta de que algo andaba mal, pero interrogar al hombre más peligroso de Europa cuando claramente estaba de mal humor requería cautela.
—Llegas tarde —soltó Dante, arrastrando las palabras mientras dejaba un fajo de informes sobre el escritorio—. Los hombres en el puerto de Génova están esperando tu confirmación para mover el cargamento de los rusos. ¿Te quedaste dormido o es que por fin la vejez te está cobrando la factura de los treinta años?
Vincent le lanzó una mirada gélida, de esas que solían congelar la sangre de sus enemigos, pero no tuvo la energía suficiente para sostener el personaje implacable. Se llevó una mano a la sien, frotándola con frustración.
—No empieces, Dante —respondió Vincent, con una voz que sonaba más ronca y gastada de lo normal—. Tuve un contratiempo por la mañana. El estómago... el suelo decidió que hoy no quería sostenerme.
Dante entreabrió los ojos, sorprendido. Se enderezó en su asiento, dejando de lado el tono burlón. Ver a Vincent Salvatore admitir una debilidad física era tan raro como ver nieve en el desierto de Sicilia.
—¿El estómago? ¿Tú? —Dante soltó una pequeña risa nerviosa—. Vincent, tú tienes estómago de acero. Has cenado con traidores sabiendo que la comida podía estar envenenada y ni pestañeas. ¿Qué te pasó?
—Arcadas. Grandes, consecutivas. Sentí que me moría abrazado a la porcelana —confesó el capo en voz baja, apartando la mirada con fastidio por haber tenido que arrodillarse ante su propio cuerpo—. Debe ser algo que comí anoche, o tal vez la maldita presión de tener que vigilar que este país no se caiga a pedazos .
Dante se quedó mirándolo fijamente durante unos segundos. Conociendo la vida milimétrica y el control absoluto que Vincent tenía sobre su dieta, la teoría de la comida en mal estado no terminaba de cuadrarle. Había otra clase de desgaste, uno silencioso que se acumulaba en el pecho y que el jefe se negaba a reconocer desde que un avión despegó con rumbo a México hacía un mes y medio.
—O tal vez es el cardio, Vincent —comentó Dante con doble sentido, intentando aligerar la tensión—. Te hace falta el cardio de calidad que tenías hace unas semanas en el penthouse. El cuerpo resiente cuando le quitas el fuego de golpe y lo llenas solo de frialdad y trabajo.
Vincent no respondió. Abrió el primer informe de los muelles de Génova, obligando a sus ojos a enfocar las cifras que parpadeaban ante su vista todavía inestable. La conversación sobre su salud quedaba cerrada por decreto presidencial, pero la advertencia de su cuerpo seguía ahí, latente en el fondo de su estómago vacío.
no se vale