El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.
NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El RAPTO.
...Reino de Zayon ...
En las tierras fronterizas de Zayon, en la mansión del duque.
—Te digo que el sabio fue claro —gruñó Enzo Valmar—. Una vez que Erian sea coronado, el trono lo aceptará. No hubo duda.
Hizo un gesto brusco con la mano.
—Dice que el muchacho tiene la madurez suficiente para portar la corona.
Sorak no respondió de inmediato.
El sabía que había una lista de requisitos para obtener la magia del trono.
La primera y más importante.
“Poseer sangre real antigua de los primeros reyes”
La segunda
“Madurez para afrontar tus desiciones”
Tres
“A ver sido coranado”
Creyó que el mocoso no iba a poder ejercer con madurez y que el trono lo mataría, pero las cosas no siempre salen como piensan.
—Si ese niño llega al trono —dijo por fin—, no habrá nada que hacer.
—Aunque mi sobrino no llegara a tomar el trono —Enzo cruzó los brazos— nosotros no tenemos forma de apoderarnos del trono.
El duque giró despacio.
Como si disfrutara cada segundo del silencio.
—Ya te dije que tengo un método.
—¿Cómo lo harás? —Enzo alzó un poco la voz, cansado—. No me parece justo que omitas partes de esto.
Sorak lo miró con calma que siempre solía mostrar pectamente frente a los demas.
—Esto no te corresponde —respondió con suavidad despreocupada —. Confórmate con saber que, cuando todo se lleve a cabo, tendrás lo que pediste.
Enzo apretó la mandíbula.
No quería que Sorak notara el temblor en sus manos, aunque eso no quitaba que el duque tuviera la vida de Enzo en sus manos.
La maldición lo acompañaba desde los dieciséis años, ya no podía seguirla ocultando.
Una energía oscura, recorría sus venas y lo debilitaba cada mes un poco más desde que se topó con aquella criatura extraña en el bosque.
La reina, el rey y los sanadores habían intentado curarlo. Imogüen también. Pero todo fue inútil. No lograba mejorar.
Y entonces apareció el duque. En sus últimos días. Le ofreció una pequeña pócima, lo suficiente para que la oscuridad en sus venas se retrajera un poco.
Enzo bajó la mirada.
—Solo… dígame qué debo hacer.
Sorak sonrió apenas. Nada más.
—Asegúrate de que el día de la coronación tus sobrinos se encuentren solos.
La frase lo golpeó de lleno.
—¿Mis sobrinos? —repitió—. Erian es quien va a ascender al trono.
—¿Y dejar que Kael crezca y reclame lo que su hermano deje atrás? —Sorak chasqueó la lengua—. No. No quiero cabos sueltos. — Lo miró fijo. —Deben ser ambos.
Enzo tragó saliva asintiendo.
No había vuelta atrás.
Salió de la mansión sin mirar atrás.
Montó su corcel, ajustó el chaleco beige, la capa gris, y tomó el camino hacia el reino. Le tomaría días regresar.
Tenía que llegar antes de la coronación, por lo que cabalgó rápidamente de regreso, pero no sin detenerse cada vez que la maldición se expandía dolorosamente por su brazo.
Ramificaciones finas, como raíces, se abrían paso por su piel.
—No… no todavía —susurró.
El caballo se inquietó.
Enzo cerró la manga de golpe y se inclinó hacia adelante, obligándose a seguir.
El corcel arrancó con prisas, la maldición avanzaba más rápido.
Y si no cumplía su parte del trato…
No viviría para ver otro invierno.
****************
El palacio hirviendo de movimiento, con los sirvientes corriendo por todos lados. Guardias revisando puertas. Telas azules y plateadas colgadas en cada columna.
Pero Erian no vio nada de eso. Estaba con Kael quien estaba batallando con su corbatín.
Erian se acercó para, ayudarlo.
— Así es como debe hacerse.
Kael sonrio al verse en el espejo.
El momento fue interrumpido.
Enzo llegó antes que nadie.
—Sobrinos, vengan rápido —dijo, con la voz tensa—. La coronación se retrasó.
¿La coronación se retrasó? Se preguntó Erian.
—¿Dónde está mi madre? —preguntó.
— Poniendo todo en orden. —respondió Enzo—. Vengan.
—¿Y los guardias? —insistió Erian.
—Nos esperan.
Erian dudó apenas un segundo.
Luego siguió caminando.
Kael lo imitó.
El pasillo lateral estaba vacío. Sin guardias, extraño, siempre había.
Al final, Enzo abrió una puerta que daba a un patio de carga, lleno de cajas y sombras.
—Aquí —dijo—. Entren.
Erian pasó primero pero se detuvo en seco cuando Cuatro hombres salieron de las sombras.
Todos llevaban cuchillos, garrotes y la condena de los chicos… cadenas.
—¿Qué…? —alcanzó a decir.
Kael retrocedió, asustado.
— Tío.
—Háganlo rápido. Deben morir los dos. La coronación no ocurrirá.
Algo se quebró dentro de Erian, giro su rostro y lo miro incrédulo, comprendiendo de imediato lo que sucedía.
—¿Tio que… ?
Enzo no se inmutó.
— ¡Tu… Eres un traidor! — le gritó su sobrino apretando los puños.
—Es por el reino, sobrino. Aunque no lo entiendas.— Erian lo observo con evidente decepción —¡Terminen con esto! —gritó Enzo desde afuera— ¡Mátenlos!
Y se fue.
Los rufianes se lanzaron.
— Erian… — Lo llamó Kael asustado.
Erian desenvainó la espada ceremonial párte del traje de gala para la coronación. Era decorativa. Pero tenia filo.
La cadena vino primero.
La bloqueó. El impacto le hizo temblar el brazo.
—¡Kael, atrás!
Kael alzó la mano para usar magia.
Solo salió una chispa. Los chicos además estaban débiles, por que no tenían su magia. No como abundaba comúnmente en ellos.
—No puedo… —dijo, con la voz rota. — No puedo usarla.
Dos hombres se acercaron al pequeño.
—¡Aléjense de él!
Erian atacó sin pensar, no dio a matar, pero después de ese día entendería que no le debia temblar la mano.
Cortó el brazo de uno de manera superficial, pero suficiente para que se quejara de dolor.
Otro intentó sujetarlo.
Erian giró mal, torpe, y clavó la espada en su hombro.
—¡Maldición! —gritó el hombre— ¡El niño sí sabe pelear!
Uno de ellos atrapó a Kael, el niño pataleó y gritó con todas sus fuerzas pero no pudo escapar.
—¡KAEL!
Erian intentó correr. Una cadena se enroscó en su tobillo haciéndolo caer, el suelo lo recibió con un impacto brutal provocando que bajar llenas de mercancía cayeran sobre el.
—Por favor… —dijo sin pensar quejándose —. A él no. A mi hermano.
Las palabras de su padre resonando una y otra vez en su cabeza.
Protege, protege, protege.
Las risas no paraban mientras le ponían las cadenas en las muñecas.
—Es su día de suerte, no los vamos a matar.
—¿Estás loco? — dijo uno de los rufianes — nos pagaron por matarlos.
—¿Quién va a saberlo?
Erian apenas escuchaba, está aturdido.
Kael lloraba.
—Erian…
La cadenas se apretaron en sus cuellos.
Erian tambien sentía ganas de llorar pero debia mantenerse fuerte te por su hermano.
Los arrastraron hasta una carrera, donde no lograba verse el interior.
—Adiós, príncipes —murmuró alguien dese fuera —. Su tío ya debe creerlos muertos.
La carreta avanzó llevándose a los herederos lejos del reino.
****************
El salón de coronación estaba preparado con una solemnidad impecable: estandartes azul oscuro colgaban de las columnas, antorchas altas iluminaban el mármol, y el trono de piedra luminosa esperaba en su sitio, silencioso y dominante.
Todo debía salir perfecto. El reino estaba vulnerable: con la magia de Ravenna y la de Erian casi extinguida tras el intento del rito, cualquier golpe en ese momento sería fatal.
La Reina Ravenna aguardaba cerca del trono, tratando de mantener la dignidad a pesar del vacío frío que sentía en el pecho.
El Sabio Imogüen, que no tenía magia pero sí toda la tradición de cientos de generaciones, revisaba los documentos ceremoniales una y otra vez, como si eso pudiera ayudar.
El General Supremo Ashra Velkan, recto en su armadura negra, supervisaba cada guardia con el ceño fruncido.
Y luego estaba Enzo.
Su capa blanca sin una sola arruga, su rostro sereno con una postura relajada.
La reina dio una pequeña señal a un guardia.
—Ve por mis hijos. Es hora —dijo Ravenna, tratando de sonar firme.
—A sus órdenes, Majestad.
El guardia se marchó.
Imogüen empezó a mirar la puerta cada pocos segundos.
Ashra tamborileaba sus dedos en el pomo de su espada.
Ravenna respiraba cada vez más rápido. La ausencia de su magia la tenía al borde.
Finalmente, el guardia regresó, pero lo que su rostro reflejaba hizo que todos se tornaran alerta de imediato.
El hombre tragó saliva antes de hablar.
—Majestad… los príncipes… n-no están.
Ravenna sintió que el corazón le caía en un abismo.
—¿Cómo que no están? —preguntó con la voz quebrada—. ¡¿Dónde están mis hijos?!
El guardia tragó saliva.
—No están en sus habitaciones… ni en la sala de preparación. Y los guardias del pasillo tampoco… aparecen.
Ashra dio un paso adelante como un animal a punto de atacar.
—¿Qué significa “tampoco aparecen”? ¡Habla!
—D-desaparecieron, mi general… igual que los príncipes.
Imogüen dejó caer los pergaminos.
—Esto no puede estar pasando… —susurró él.
Ravenna llevó una mano a su pecho, donde la magia debilitada apenas latía.
—Erian… Kael… —susurró, sin aire.
Enzo dio un paso adelante con toda la compostura del mundo, como si simplemente interviniera para resolver un malentendido trivial.
—Mi reina —dijo con suavidad—, no debemos apresurarnos a imaginar tragedias. Quizá los príncipes se movieron a otro cuarto… a veces la gente joven prefiere privacidad, en especial este día.
Ashra lo miró como si le hubiera ladrado un perro.
—¿Estás insinuando que dos príncipes desaparecen junto con toda su guardia por… privacidad? ¿Justo antes de la coronación?
—Solo intento mantener la calma —respondió Enzo con voz aterciopelada.
Ravenna cerró los ojos un instante, sintiendo que la angustia la hundía.
—General Ashra… —su voz tembló—. Active el protocolo.
Ashra se cuadró de inmediato.
—Protocolo de Emergencia Real.
Su voz retumbó en el salón.
—¡TODOS LOS COMANDANTES, AL SALÓN! ¡YA!
Las puertas se abrieron de golpe. Soldadas corrieron por los pasillos. Las campanas de alarma sonaron por todo el castillo.
Ashra comenzó a dar órdenes sin respirar:
—Primer perímetro: ¡registren cada pasillo!
—Segundo perímetro: ¡ciudad alta!
—Tercero: ¡bloqueen puertas y caminos!
—Nadie sale hasta que encontremos a los príncipes.
Los comandantes salieron a toda prisa.
Ravenna estaba temblando.
—Encuéntralos… —su voz se quebró—. Por favor… encuéntralos…