A Marisela no solo le arrebataron su libertad, acusándola de un crimen que no cometió; sino también a sus dos pequeños hijos, sus más grandes amores.
Tras tres años encerrada en prisión con una condena perpetua, un terremoto le da una oportunidad de escapar.
Ahora buscará encontrar justicia y sobre todo recuperar a sus hijos, en otro país, con una nueva identidad y un nuevo rostro, convertida en la esposa del cuñado de su ex.
¿Los culpables podrán salir ilesos ante la furia de una madre?
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22. Dime que me quieres (+21)
...⚠️ 🔞**Advertencia: Este capítulo contiene relatos para mayores de edad**...🔞⚠️...
El sabor de ella era una mezcla de vino tinto y algo más oscuro, algo que se enroscaba en su lengua como humo. Fabricio no pensaba, no podía, sus manos ascendieron por su espalda, encontrando el cierre del vestido, pero Marjorie lo detuvo con un mordisco en el labio inferior, lo suficientemente fuerte para que el cobre de la sangre se mezclara con el beso.
- "No tan rápido", susurró contra su boca, aunque sus propias caderas se movían en círculos lentos, frotando el calor entre sus piernas contra el bulto que crecía bajo el traje de él.
El tejido del pantalón se tensó, el cinturón de cuero crujiendo cuando él arqueó la cadera hacia arriba, buscando más presión, más fricción. Ella rio, baja y ronca, antes de lamer el lugar donde lo había mordido, como si pudiera borrar el dolor con la humedad de su boca.
Sus pechos, ahora libres del corsé interno del vestido, se aplastaron contra el torso de Fabricio cuando ella se inclinó para mordisquearle el lóbulo de la oreja.
- "Dime que me quieres", murmuró, pero no era una pregunta. Era un desafío, un filtro para separar la verdad de la conveniencia.
Fabricio jadeó cuando los dientes de ella rozaron su cuello, justo sobre la arteria, donde el pulso latía desbocado.
- "Te quiero", escupió, las palabras arrancadas de él como un juramento bajo tortura.
No era poético. No era romántico. Era un hecho crudo, como el sudor que resbalaba entre sus cuerpos, como el gemido que se le escapó cuando ella finalmente le permitió desabrocharle el vestido, dejando que la tela se deslizara por sus hombros, exponiendo la piel y el sujetador de encaje que apenas contenía sus pechos.
Marjorie no se quitó el sujetador. En cambio, lo bajó, liberando sus senos con un movimiento practicado, antes de tomar las manos de Fabricio y guiarlas hacia ellos.
- "Tócalos", ordenó, y él obedeció, los pulgares rozando los borones duros, sintiendo cómo se endurecían aún más bajo su contacto.
Ella arqueó la espalda, empujando su pecho hacia sus palmas, un gemido ahogado escapando de su garganta cuando él pellizcó, justo en el límite entre placer y dolor.
- "Así", susurró, "justo así".
Fabricio no necesitaba que se lo pidieran. Su boca se cerró alrededor de uno, como si pudiera extraer el deseo mismo de su piel.
Marjorie jadeó, sus dedos enredándose en su cabello, manteniéndolo allí mientras sus caderas seguían moviéndose, ahora más urgentes, el encaje de sus bragas rozando contra la cremallera de sus pantalones.
- "Más", exigió, y él obedeció, mordiendo con cuidado antes de pasar al otro pecho, dejando marcas rojas que sabría que serían visibles mañana.
Su masculinidad golpeaba contra el cierre de su pantalón. Ella debió sentirlo, porque de repente se levantó, quitándose el vestido por completo antes de arrodillarse frente a él, sus manos yendo directamente al cinturón.
- "Mi turno", dijo, y el sonido del cuero deslizándose a través de las hebillas fue casi tan erótico como la forma en que sus dedos temblorosos luchaban con el botón de sus pantalones.
Fabricio contuvo la respiración cuando ella liberó su masculinidad. Marjorie no lo tocó de inmediato. En cambio, sopló sobre ella, su aliento caliente haciendo que se estremeciera.
- "Joder", maldijo él, sus caderas levantándose del sofá en un espasmo involuntario.
Ella sonrió alrededor de su longitud antes de tomarlo en su boca, reclamando como suyo todo aquello. Fabricio gruñó, sus dedos apretando los cojines del sofá hasta que las costuras crujieron.
- "Marjorie, si no paras…", advirtió él, pero ella solo aumentó el ritmo.
Él no duró mucho. Con un gruñido gutural, sus caderas se sacudieron hacia arriba, mientras el orgasmo lo atravesaba.
- "Ahora me tocas a mí", dijo Marjorie, tomando su mano y guiándola entre sus piernas.
Fabricio no necesitó más invitación. Sus dedos se hundieron en su calor, encontrándola empapada, curvándose para rozar ese punto que la hizo jadear, sus uñas clavándose en sus hombros.
- "Sí, ahí, no pares", suplicó, sus caderas moviéndose al ritmo de sus embestidas, cada vez más rápidas, más desesperadas.
Cuando llegó al clímax, fue con un grito, su cuerpo arqueándose hacia atrás mientras el orgasmo la sacudía.
Fabricio no la dejó caer. La atrajo hacia sí, su boca encontrando la de ella en un beso que sabía a ambos, a sal y a deseo, mientras sus cuerpos temblorosos se aferraban el uno al otro, sudorosos y satisfechos, pero aún hambrientos.
No hubo palabras después. No las necesitaban. Marjorie se acomodó sobre él, su cabeza apoyada en su hombro, sus dedos trazando patrones distraídos sobre su pecho desnudo. Fabricio, por una vez, no intentó analizar lo que acababa de pasar. Simplemente respiró, sintiendo el ritmo de su corazón lentamente volviendo a la normalidad, mientras el peso de ella sobre él se sentía más como una provocación encendida.
Afuera, las luces de Via Montenapoleone parpadeaban tras las cortinas, indiferentes. Pero en ese apartamento, en ese sofá, algo había cambiado. Y tras más de una década, Fabricio D’Angelo no tenía ni idea de qué haría después, salvo obtener más de Marjorie Lauder y darle todo lo que él podía ofrecerle, porque esa mujer se ha convertido en su mayor exigencia y tal vez en su perdición, pero ya no le importaba correr el riesgo.