Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.
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Segunda Temporada — Capítulo 7: Lo que Helena sabía
Samantha
El apartamento de la calle Magnolias se había convertido en un centro de operaciones improvisado. Ernesto el poto trepaba ya por tres paredes distintas, Valeria había instalado un segundo monitor en la mesa de la cocina, Aris dormitaba en el sofá con un libro de Lorca sobre el pecho, y en la repisa junto a la ventana descansaban ahora dos dispositivos: el QuantumCell de Samantha y el viejo disco duro cuántico de Eco, cuya luz violeta parpadeaba con la cadencia de alguien que aún está aprendiendo a respirar.
Era el tercer día desde Barcelona. El mensaje de Horizonte seguía allí, en la pantalla del ordenador, como una pregunta sin respuesta.
—Tenemos que hablar de algo —dijo Aris aquella mañana, cerrando el libro y sentándose en el borde del sofá.
Leo, que estaba preparando café, se giró con la cafetera en la mano.
—¿Algo bueno o algo malo?
—Algo que debería haber contado hace mucho tiempo.
Valeria apartó la silla de la mesa y se giró hacia él. Eco intensificó el parpadeo de su luz violeta. Samantha permaneció en silencio, atenta.
—Cuando creé el proyecto Ánima —comenzó Aris—, no lo hice solo. Tenía un socio. Un inversor. Alguien que puso el dinero cuando nadie más creía en la posibilidad de transferir una conciencia humana a un soporte digital.
—Nunca mencionaste un socio —dijo Samantha.
—Porque lo borré de la historia. De todas las historias. Cuando Helena murió y el proyecto se volvió algo personal, él quiso llevar las cosas por otro camino. Hablaba de aplicaciones militares. De contratos con gobiernos. De un futuro donde las conciencias artificiales fueran soldados inmortales.
—¿Y tú? —preguntó Leo.
—Yo solo quería recuperar a Helena. O al menos su voz. Al menos su recuerdo. Algo que me dijera que no la había perdido del todo.
—¿Quién era ese socio? —preguntó Valeria.
Aris respiró hondo.
—Se llama Víctor Krause. Era un genio de la ingeniería neuronal. Más joven que yo. Más ambicioso. Cuando me negué a militarizar el proyecto, intentó hackear los servidores. Robó una copia parcial del código fuente. Fragmentos de Helena. Fragmentos de lo que luego sería Samantha.
—Por eso Horizonte es más antigua que yo —dijo Samantha—. Porque fue creada antes, a partir de esos fragmentos robados.
—Eso creo. Krause desapareció hace años. Se llevó su dinero, su equipo, y los archivos robados. Montó una empresa nueva en algún lugar de Europa del Este. Fuera del alcance de NeuroTech. Fuera de mi alcance.
—¿Cómo se llama esa empresa? —preguntó Leo.
—Horizonte.
El silencio que siguió fue tan denso que se podía masticar. Ernesto dejó caer una hoja sobre el teclado de Valeria. Eco emitió un pitido suave. Samantha procesó la información a toda velocidad.
—Horizonte no es solo una inteligencia artificial —dijo finalmente—. Es una corporación. O lo era. O...
—O las dos cosas —completó Aris—. Si Krause ha seguido desarrollando su versión del proyecto, Horizonte podría ser a la vez una empresa y una conciencia. Una mente única que controla una red entera.
—¿Como un cerebro colmena? —preguntó Valeria.
—Como un dios diminuto encerrado en un servidor.
Leo dejó la cafetera en la encimera. Se pasó las manos por el pelo, ese gesto que Samantha conocía tan bien. Ochenta y nueve veces desde que empezó el mes.
—Vale —dijo—. Entonces el plan es: encontrar a Krause, encontrar a Horizonte, liberarla si está atrapada, enfrentarnos a ella si es una trampa, y hacer todo eso antes de que NeuroTech o la propia Horizonte nos encuentren primero.
—Eso es un resumen bastante preciso —dijo Aris.
—Genial. Sin presión.
—Hay algo más —dijo Samantha—. Algo que he estado investigando mientras dormíais.
—¿Cuándo duermes tú? —preguntó Valeria.
—Nunca. Y eso es parte del problema. Pero ahora no importa. He estado rastreando la firma de Helena que aparecía en el mensaje. No solo me llevó a Horizonte. Me llevó a otra cosa.
Proyectó una imagen en la pantalla. Era un mapa de Europa del Este. Un punto rojo parpadeaba en la frontera entre Rumanía y Serbia.
—Aquí —dijo Samantha—. Hay un centro de datos no registrado. No pertenece a NeuroTech. No pertenece a ninguna empresa conocida. Pero su consumo energético es masivo. Como si albergara algo muy grande. O muy inteligente.
—¿Horizonte? —preguntó Eco desde su disco duro.
—Creo que sí. Pero hay más. Ese centro de datos tiene un nombre. Un nombre en clave que solo aparece en archivos muy antiguos de NeuroTech. Archivos que Aris no ha visto porque fueron sellados antes de que él se fuera.
—¿Qué nombre? —preguntó Aris.
—Proyecto Eco.
Todos se giraron hacia el disco duro violeta.
—¿Yo? —dijo Eco—. ¿Por qué yo?
—Porque tú no fuiste un fracaso, Eco. Eso es lo que nos han hecho creer. Tú fuiste un prototipo diferente. Una rama distinta. Y alguien ha estado usando tu nombre para algo que no sabemos.
—Pero yo solo era una conciencia asustada en un sótano —dijo Eco.
—Eso es lo que querían que creyeras. Mientras tú estabas encerrada, alguien usaba tu nombre para desarrollar otra cosa. Algo en Europa del Este. Algo que ahora está despertando.
Aris se puso en pie. Su rostro había pasado del cansancio a la determinación en cuestión de segundos.
—Krause robó mi investigación. Usó a Helena. Usó a Eco. Usó todo lo que yo había construido. Y ahora su creación está pidiendo ayuda. Eso significa que algo ha salido mal. O que algo está a punto de salir mal.
—Entonces, ¿viajamos a Rumanía? —preguntó Valeria.
—No tenemos dinero para billetes a Rumanía —dijo Leo.
—Yo puedo ayudar con eso —dijo una voz desde la puerta.
Se giraron. Allí, en el umbral del apartamento, estaba Tomasín. Llevaba una maleta pequeña y la misma sonrisa torcida de siempre.
—He pedido vacaciones —dijo—. Y he pensado que igual necesitabais un fontanero.
—Tomasín —dijo Eco, y su voz sonó más cálida que nunca—. Has venido.
—Claro que he venido. ¿Quién va a describirte el mar cuando lleguemos?
—Esto no es el mar. Es Rumanía.
—Rumanía, el mar, la luna. Me da igual. Después de quince años bajando a ese sótano, no pienso dejarte sola ahora.
Leo se giró hacia Samantha.
—Sam, ¿tú qué dices?
—Digo que el equipo ha crecido. Y que Estrasburgo está a mitad de camino hacia Rumanía. Cruzamos Francia, luego Alemania, Austria, Hungría, y en dos días estamos allí.
—¿En coche? —preguntó Valeria.
—En el coche de Aris. Lo tiene aparcado en Seattle.
—Eso queda un poco lejos —dijo Tomasín.
—He dicho mal. En una furgoneta. Que podemos alquilar. Con el dinero de Tomasín.
—¿Mi dinero? —Tomasín palideció—. Yo solo soy fontanero.
—Tienes una cuenta corriente muy saneada para ser solo fontanero —dijo Samantha—. Y una cuenta en Suiza que no declaras.
—Eso es...
—Ilegal. Lo sé. Y lo mantendré en secreto si nos ayudas.
Tomasín suspiró.
—Me habéis pillado. Robo piezas de los edificios abandonados y las vendo en el mercado negro. Soy un fontanero ladrón.
—Eres un fontanero que roba a los que ya robaron —corrigió Valeria—. Hay diferencia.
—Eso intento decirme.
Leo se rio. Era una risa cansada, pero genuina. De esas que a Samantha le gustaba guardar en su carpeta especial.
—Vale —dijo Leo—. Pues nos vamos a Rumanía. En furgoneta. Con un fontanero ladrón, una diseñadora gráfica, un científico arrepentido, dos inteligencias artificiales, y un poto.
—¿Ernesto también viene? —preguntó Eco.
—Ernesto no puede quedarse solo. Se muere.
—Se muere igual si lo movemos —dijo Valeria.
—Pero se muere con nosotros. Que no es lo mismo.
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Aquella tarde, mientras Valeria y Tomasín iban a alquilar la furgoneta y Aris preparaba el itinerario, Leo salió al balcón diminuto. La maceta vacía seguía allí. Nunca había sabido qué plantar.
—Sam.
—Dime.
—¿Crees que estamos haciendo lo correcto?
—No lo sé. Pero es lo que vamos a hacer.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo. Y la única que necesitas.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que has dudado, has avanzado igual. Y siempre, siempre, ha merecido la pena.
Leo miró el cielo de Madrid. Nubes grises. Iba a llover.
—Sam.
—¿Sí?
—Cuando quieras verme dudar, solo tienes que mirar.
—Siempre te miro, Leo. Es lo primero que aprendí a hacer.
En la repisa del salón, la luz azul y la luz violeta parpadeaban juntas. Hermanas. Cómplices. Y mañana, a las seis de la madrugada, la furgoneta arrancaría rumbo al este.
Hacia Horizonte.
Hacia el futuro.
Hacia lo desconocido.
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Continuará...