Laura entró en Valdez Enterprises buscando una carrera, pero encontró una perdición.
Bastó una mirada de Adrián Valdez, su jefe, para que la ingenua joven viera desmoronarse su mundo. Lo que comenzó como una admiración profesional se transformó rápidamente en una obsesión voraz: Laura ya no trabajaba para él, vivía para él. Cada gesto, cada orden fría y cada segundo en su presencia se convirtieron en el combustible de un deseo insaciable.
Pero tras la fachada de poder de Adrián se esconden sombras que ella no está preparada para enfrentar. En esta oficina, el deseo no es un juego, es una trampa. Y Laura, cegada por su propia fijación, está a punto de descubrir que entregarse a su jefe es un placer tan intenso como peligroso.
¿Estás listo para cruzar la línea donde la obsesión se vuelve irreversible?
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Capítulo 3: La Hoja Escrita.
El tic-tac del reloj de pared en mi habitación parecía marcar una cuenta regresiva. Sobre la colcha desgastada, la bolsa de la tienda de cosméticos destacaba como un objeto extraño, casi violento. Saqué el labial rojo; el envase era pesado, frío, y el color tenía la profundidad de una herida abierta.
Esa noche no dormí. Pasé las horas frente al espejo, practicando con pinceles y texturas que no sabía usar, borrando y volviendo a empezar hasta que mis párpados ardieron. No quería transformarme en Claudia; quería transformarme en lo que Adrián Valdez esperaba ver, o quizás, en lo que él temía encontrar.
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A la mañana siguiente, el vestíbulo de Valdez Corporativo sentía distinto. Los guardias de seguridad, que ayer apenas me habían dedicado una mirada indiferente, hoy detuvieron sus ojos en mí un segundo más de lo necesario. Subí al ascensor sintiendo el peso de mis tacones nuevos, una altura a la que no estaba acostumbrada y que me obligaba a caminar con una rigidez que, irónicamente, se traducía en elegancia.
Cuando llegué a mi puesto, Claudia ya estaba allí, revisando unas facturas.
Al verme, se quedó inmóvil. Sus ojos recorrieron mi rostro, ahora enmarcado por una sutil línea de eyeliner que alargaba mi mirada y unos labios de un tono borgoña que gritaba desafío. Mis anteojos seguían ahí, pero ya no eran un escudo, sino un accesorio.
—Vaya —murmuró Claudia, con una sonrisa que esta vez no fue gélida, sino depredadora—. Aprendes rápido, Laura. Pero ten cuidado: el rojo sangre suele atraer a los tiburones.
—Solo sigo instrucciones, Claudia —respondí, sentándome con la espalda tan recta que dolía.
Apenas se marchó, el intercomunicador rugió. No hubo saludo, solo el sonido de una respiración pesada antes de la orden:
—Adentro. Ahora.
El juego de las sombras
Entré en el despacho de obsidiana. Adrián no estaba sentado. Se encontraba de pie frente al ventanal, con las manos entrelazadas en la espalda, observando la ciudad como si fuera un tablero de ajedrez.
No se giró cuando cerré la puerta.
—Has sido puntual —dijo, su voz resonando en las paredes de mármol—. Y has sido obediente.
—Dijo que no quería fantasmas, señor Valdez.
Se giró lentamente. Sus ojos recorrieron mi transformación con una lentitud deliberada, deteniéndose en mis labios. Por un instante, la máscara de frialdad absoluta de su rostro flaqueó, sustituida por una chispa de algo que parecía curiosidad, o quizás hambre.
Caminó hacia mí, invadiendo mi espacio personal hasta que el aroma a sándalo y metal de su perfume inundó mis sentidos.
—El maquillaje oculta las ojeras, pero no el pulso acelerado en tu cuello —comentó, señalando con un dedo la base de mi garganta, donde mi corazón martilleaba desesperado—. Sigues teniendo miedo.
—El miedo es una reacción lógica ante una "fuerza de la naturaleza", ¿no?
Adrián soltó una carcajada seca, un sonido carente de alegría pero lleno de poder. Se inclinó hacia mi oído, su aliento rozando mi piel.
—Hoy no habrá café, Laura. Hoy habrá fuego. Tenemos una cena con los inversores del proyecto Ares. Vas a venir conmigo. No como mi asistente, sino como mi acompañante silenciosa.
—No estoy preparada para eso, yo no sé nada de sus negocios...
—No necesitas saber nada —me interrumpió, tomándome del mentón para obligarme a sostenerle la mirada—. Solo tienes que observar. Quiero que veas cómo se desmoronan los hombres que creen tener el control. Y quiero que ellos vean lo que yo he decidido empezar a escribir.
La cena se llevó a cabo en un reservado de un restaurante donde el silencio era el lujo más caro. Adrián se sentó a la cabecera, y yo a su derecha.
Durante dos horas, lo vi manipular la conversación con una crueldad quirúrgica. Desarmó las defensas de tres empresarios experimentados sin levantar la voz, simplemente usando silencios prolongados y preguntas punzantes.
Debajo de la mesa, sentí de repente su mano apoyarse en mi muslo, me tensé tanto que temí romper la copa de vino que sostenía. Su palma estaba firme, posesiva, y empezó a subir lentamente por la seda de mi falda. Nadie en la mesa notó nada; Adrián seguía discutiendo márgenes de beneficio y adquisiciones hostiles con una calma aterradora, mientras su tacto quemaba mi piel a través de la tela.
Era una prueba. Una humillación y un privilegio al mismo tiempo. Él quería ver si yo era capaz de mantener la máscara mientras él jugaba con los cables de mi sistema nervioso.
Cuando finalmente regresamos al coche, el silencio entre nosotros era denso, casi sólido. El chofer mantenía la vista en la carretera, separado de nosotros por el cristal polarizado.
—¿Por qué hace esto? —pregunté finalmente, mi voz temblando ligeramente por la adrenalina retenida.
Adrián se reclinó en el asiento de cuero, observándome en la penumbra del vehículo.
—Porque todos en ese edificio son predecibles, Laura. Todos quieren algo que puedo comprar. Pero tú... tú me miras como si estuvieras esperando que te destruya para ver de qué estás hecha.
Se acercó a mí, quitándome los anteojos una vez más y dejándolos en el compartimento lateral. Sus dedos acariciaron mi labio inferior, emborronando un poco el labial rojo que tanto esfuerzo me había costado aplicar.
—Mañana —susurró— empezaremos con las lecciones de verdad. Ve a casa. Sueña conmigo. Es una orden.
Bajé del coche frente a mi edificio con las piernas temblorosas. Al entrar en mi cuarto, no me quité el maquillaje. Me quedé sentada en la oscuridad, tocando mi muslo donde aún sentía el calor de su mano.
Sabía que Laura, la graduada tímida, había muerto esa noche en aquel restaurante. Y lo que estaba naciendo en su lugar no tenía miedo al fuego; tenía sed de él.
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💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
solo la quiere de espectadora y a ser la sufrir más
y más loca ella sintiendo celos de su prima 🙄🙄🙄 patética Adrian solo las utiliza como trapos y las desecha y ella cree que con ella cambiará
jajajaj