Todos hemos sido villanos en la historia mal contada de alguien.
Ángela Martinelli Villalba, jamás imaginó que un día sería la antagonista en la vida del hombre al que más amaba. Durante cuatro años fue la esposa leal y profundamente enamorada de Iván Aristeguí, el temido capo de la mafia española, conocido en el bajo mundo como El Rey Rojo. Un hombre que no necesita levantar la voz para imponer respeto; su apellido y su sobrenombre bastan para infundir temor.
Pero una tarde de invierno, las promesas se quiebran.
Darío Aristeguí, primo de Iván, en complicidad con Marina Saldaña, urde una traición perfecta. Con pruebas fabricadas y mentiras cuidadosamente sembradas, acusan a Ángela de deslealtad frente a su esposo. Cegado por la ira y el orgullo, Iván no escucha, no pregunta, no duda. La sentencia sin juicio y la abandona en manos del hombre que más la odia.
Ángela suplica. Implora una oportunidad. Ruega que él la mire a los ojos y le diga de qué la acusa. Pero Iván le da la espalda
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Inicio de la pesadilla...
Darío llegó a la propiedad bajando lentamente del auto. Cerró la puerta del Aston Martin con elegancia calculada y, con una sonrisa siniestra dibujada en los labios, observó la deslumbrante mansión de su primo.
Aquella casa que durante años había pertenecido a Iván y Ángela…
Hoy sería el escenario de su caída.
Se acomodó las mangas de su saco sport con calma y caminó hacia el interior como si fuera el dueño del lugar.
Ángela, que había escuchado el motor del vehículo, bajó corriendo las escaleras creyendo que quien había llegado era su esposo.
—Vaya… cuánta prisa tenías por verme —se burló Darío, recorriéndola de arriba abajo con una mirada cargada de desprecio.
Ángela se detuvo en seco al verlo. —Ah… hola, Darío. Creí que era Iván. No me responde las llamadas… ¿Está todo bien?
Darío soltó una carcajada fuerte que retumbó en el recibidor de la mansión. —Definitivamente, lo de fingir se te da muy bien, Angelita… Debiste estudiar actuación en vez de finanzas.
Ángela arrugó el entrecejo. —¿A qué te refieres? Explícate.
—No te hagas la mustia. Conmigo no tienes que fingir. No soy como el imbécil de Iván, que se deja enredar por un par de palabras dulces tuyas… y por lo puta que seguro eres en la cama.
El rostro de Ángela se endureció. —¿Qué demonios te pasa? Modera tu tono, Darío Aristeguí. No me hagas olvidar que Iván te considera como su hermano.
Darío sonrió con frialdad. —No me considera… soy su hermano. No como tú, que eres una simple zorra traidora.
Se acercó un paso más. —Ya deja de fingir. Sabemos perfectamente que fuiste tú quien desvió el cargamento y se lo entregó a Kemal Karahan.
Ángela terminó de bajar los últimos escalones y quedó frente a él. —No sé de qué rayos hablas. Yo jamás he negociado absolutamente nada con ese hombre… y nunca traicionaría al hombre que amo. Ahora dime dónde está Iván. Hablaré con él.
Darío volvió a reír. Una risa oscura, cruel. —¿Quieres saber dónde está Iván? Perfecto… te lo mostraré.
Encendió el iPad que llevaba en la mano y activó una transmisión en vivo; los sonidos fueron lo primero que golpeó a Ángela.
Gemidos, respiraciones agitadas, luego la imagen. Iván Marina, Sobre el sofá del despacho del bajo mundo, el cuerpo de Marina rebotando sobre su hombría, sobre él con absoluta confianza.
Ángela sintió cómo la sangre le hervía en las venas. —Eso es mentira… es un maldito montaje. Iván jamás se acostaría con otra mujer.
Darío la observó con diversión cruel. —¿Acaso crees que eres la única que puede ofrecer buen sexo? No seas estúpida. Iván es hombre… y que te jure amor eterno mientras te folla no significa que realmente lo haga. A los hombres como él los aburre comer siempre lo mismo.
Se inclinó ligeramente hacia ella. —Pero si quieres salir de dudas… lo llamaremos.
Tomó su teléfono y marcó; la transmisión seguía activa.
Ángela sentía el asco revolverle el estómago mientras su corazón comenzaba a romperse en pequeños fragmentos; en la pantalla, la pareja desvió la mirada hacia el móvil que sonaba una y otra vez.
Entonces Ángela lo entendió: era real, no era un montaje, no era una mentira.
—No contestarán… están muy ocupados. ¿Quieres que insista?
Ángela le arrebató el teléfono de las manos y volvió a marcar, una vez, otra y otra más, sin dejar de mirar la pantalla.
Hasta que Marina extendió la mano y contestó.
—Maldita zorra… pon el altavoz —ordenó Ángela con la voz temblando de rabia.
Marina soltó una risa burlona al otro lado de la línea. Seré zorra… pero no traidora. Su tono estaba cargado de provocación mientras el silencio pesado del despacho se filtraba a través del teléfono como una herida abierta; en ese instante… Algo dentro de Ángela empezó a romperse de verdad.
—¡Iván Aristeguí! —¡Te arrancaré los huevos y a esa perra le cortaré la cabeza! —¡Jamás te perdonaré esto! —gritó Ángela llena de ira, mientras Darío reía con satisfacción.
—¡Vete al maldito infierno, Ángela Martinelli! —¡Quien no te perdonará nunca soy yo! —respondió Iván con la respiración agitada desde el otro lado de la línea, mientras Marina seguía moviéndose sobre él con más ímpetu, gimiendo con descarada provocación.
—¡Yo jamás te traicionaría! ¡Todo esto es una maldita mentira… un error… una trampa de Marina seguramente! —gritó ella con rabia creciente.
—No creeré ninguna de tus palabras. Pudrete, maldita traidora. Llegó el momento de que asumas el castigo por tu traición. Al Rey Rojo nadie lo engaña sin recibir las consecuencias.
Sin decir nada más, cortó la llamada.
—¡Iván! —¡Iván! —gritó Ángela al teléfono desesperada.
Darío soltó una carcajada satisfecha, apagó el iPad y le arrebató el teléfono. —Esto es una maldita trampa de Marina, estoy segura. Darío, yo jamás traicionaría a Iván… tú lo sabes.
—Ni lo intentes, porque yo tampoco te creo nada.
Se acercó a ella y le sujetó el mentón con fuerza.
—Suéltame —gritó Ángela golpeándolo con el antebrazo.
Darío retrocedió un paso. Ángela aprovechó el instante y corrió escaleras arriba. Iría por sus armas. Llamaría a su tío Audrey. Sabía que era el único que podía ayudarla en ese momento. En cuanto a Iván… Acababa de dejar de ser su esposo. Jamás le perdonaría haber dudado de ella. Jamás le perdonaría haberse acostado con Marina.
Corrió tan rápido como pudo hasta su habitación, cerró con seguro y abrió el clóset con manos temblorosas mientras marcaba con urgencia a Ibrain, su escolta personal.
—Señora Ángela.
—¡Ibrain, no tengo mucho tiempo! Iván cree que lo traicioné. Envió a Darío por mí. Estoy en la habitación… ayúdame. No podré sola contra él y su gente… sin poner en riesgo a mi bebé.
Del otro lado de la línea se hizo un silencio tenso.
—Señora, intente escapar por la ventana. Yo iré a recibirla por la parte de atrás… Maldita sea, sabía que algo estaba mal.
—Está bien…
Respiró agitada. Cortó la llamada e enseguida intentó comunicarse con su tío. No respondió. Entonces le envió una nota de voz rápida. Se cambió con movimientos apresurados, buscando un pantalón cómodo que le permitiera correr. Luego abrió el cajón donde guardaba sus armas.
Vacío. Abrió otro. Nada. Revisó el baño. El clóset. Los compartimientos secretos. Nada. —¡Mierda! —espetó con frustración.
Mientras tanto, Darío subía las escaleras con paso lento y calculado, acompañado por seis de sus mejores hombres. Todo había sido planeado con precisión. Sabía que Ángela no podría escapar. Horas antes había ordenado retirar cualquier arma u objeto que pudiera servirle para defenderse.
Ángela se metió el móvil en la pretina del pantalón, respirando con dificultad. Si no estuviera embarazada, arriesgaría su vida sin pensarlo. Pero ahora… Lo más importante era proteger al pequeño ser que crecía en su vientre. Tenía entrenamiento militar. Pero sola no podía vencer a un ejército.
Tomó varias sábanas y empezó a anudarlas con rapidez, formando una cuerda improvisada. Luego rompió el vidrio de la ventana con un adorno de porcelana y aseguró el improvisado lazo al marco.
Dos disparos impactaron contra la puerta. La madera se astilló. No tenía tiempo.
Se lanzó.
Darío llegó justo cuando ella comenzaba a descender por las sábanas.
—¡Ángela Martinelli! —¡Aunque intentes huir, no lo lograrás! —gritó furioso.
Los disparos alertaron a todo el personal de servicio de la mansión. Darío bajó rápidamente con sus hombres y se dirigió a ellos con voz fría:
—Vine a cazar a la maldita de Ángela. Tengo órdenes directas de Iván. Y quien se atreva a oponerse o siquiera intentar ayudarla… considérese muerto.
Salió dejando a todos paralizados. Las empleadas temblaban.
—No… esto debe ser un error. El señor Iván jamás le haría daño a su esposa —susurró la ama de llaves sacando su teléfono de su impecable uniforme.
Marcó varias veces.
Sin respuesta.
Afuera, Ángela corría por el jardín trasero mientras Ibrain la cubría con disparos estratégicos. Detrás de ellos, al menos diez hombres los perseguían. Los disparos comenzaron a sonar uno tras otro, rompiendo el silencio helado del atardecer.
—¡Ibrain! ¡Debemos llegar a la valla trasera de alguna manera! ¡Tenemos que escapar! —gritó Ángela mientras corría con el corazón desbocado.
—Lo haremos, señora. Dese prisa; tras la valla están algunos de mis hombres esperándonos. Ya le informé al señor Monticello.
El grupo de hombres que los seguían aumentaba con rapidez. Las órdenes eran claras: cazar a Ángela Martinelli, la esposa del jefe. Una orden de Darío era equivalente a una de Iván; ninguno se atrevía a contradecirlo, más aún cuando todos eran testigos de los cargamentos perdidos y del caos que aquello había provocado dentro de la organización.
—¡Señora, corra! ¡Corra, no se detenga! ¡Vienen más! —gritó Ibrain.
No alcanzó a terminar la advertencia cuando un disparo seco resonó en el aire.
El cuerpo de Ibrain se tensó violentamente antes de caer tendido sobre la grama.
—¡No, Ibrain! ¡No! —gritó Ángela, girándose con desesperación.
—¡No se detenga, señora! ¡No se detenga! ¡Huya… salve a su hijo! —gritó él desde el suelo, retorciéndose de dolor mientras la sangre comenzaba a teñir el verde del jardín.
Aun herido, levantó el arma con mano temblorosa y disparó repetidas veces para despejarle el camino.
Ángela sintió que el corazón se le desgarraba, lloró, pero siguió corriendo.
Disparó también, derribando a varios hombres que intentaban rodearla. Ellos respondían con fuego controlado, disparando cerca de ella sin tocarla, obedeciendo la orden expresa de Darío: capturarla viva.
Siguió corriendo con la respiración entrecortada, el pecho ardiendo, hasta que un disparo le rozó la pierna. El impacto la hizo trastabillar y caer de rodillas contra el césped húmedo.
—No tienes salida, Ángela. No me obligues a dispararte —gritó Darío con voz arrogante, acercándose con paso firme.
Ángela apretó los dientes, ignorando el dolor que le atravesaba la pierna. —Jamás me voy a rendir. No soy una traidora… ¡no lo soy! Y lo demostraré. Para eso necesito irme.
—Sobre mi cadáver —rugió Darío.
Ángela disparó varias veces Hasta que el arma emitió un clic seco. Sin balas.
Darío soltó una carcajada cargada de burla. —No tienes salida, Angelita. No corras más… te vas a cansar.
Ángela no lo escuchó.
Se puso en pie con esfuerzo y siguió corriendo al notar que ninguno disparaba directamente contra ella.
Darío aceleró el paso junto a sus hombres hasta alcanzarla. La derribó con fuerza sobre el césped húmedo, y ambos comenzaron a forcejear violentamente.
—Darío, escúchame… déjame ir. Dame la oportunidad de demostrarle a Iván y a todos mi inocencia. Te juro que yo no tengo nada que ver con la pérdida de ese cargamento.
Suplicaba mientras luchaba por quitárselo de encima...