Premisa: Él es un hombre de negocios muy exitoso pero solitario, que necesita una pareja para cumplir con las expectativas familiares y cerrar un trato importante. Le propone a ella, una chica creativa y libre, fingir que sean esposos por un año a cambio de resolverle todos sus problemas económicos.
El problema: Las reglas eran claras: "prohibido enamorarse". Pero cuanto más fingen, más real se siente.
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Capítulo 5: La decisión
Esa misma noche no pude dormir. Daba vueltas en la cama, mirando el techo, pensando en todo lo que me había dicho Valentina.
—“Hágalo si quiere, Kate… pero no deje de ser usted. No cambie su humildad por nada.”
Esas palabras me daban vueltas en la cabeza. Porque sí, la propuesta era loca… pero también era una oportunidad que podía cambiarlo todo.
Me levanté despacio pa’ no hacer ruido, caminé hasta la sala y me senté en la sillita vieja que tenemos. Todo estaba en silencio. Miré alrededor… la casa sencilla, mis cosas, la vida que llevamos.
—Virgencita… —susurré—. si esto es pa’ mí, ayúdeme a no equivocarme.
Respiré hondo.
Y en ese momento lo supe.
Tenía que tomar una decisión.
Agarré el celular.
Vi su número guardado.
Me quedé unos segundos mirando la pantalla…
—Bueno… que sea lo que Dios quiera —murmuré.
Y lo llamé.
Sonó.
Una vez.
Dos veces.
Tres…
—¿Aló? —contestó.
Sentí los nervios subir de una.
—Hola… soy Katherine.
—Hola, Katherine —respondió tranquilo—. ¿Cómo está?
—Bien… o bueno… pensando mucho.
Él soltó una leve risa.
—Me imagino.
—Sí…
Se hizo un pequeño silencio.
—¿Y entonces? —preguntó—. ¿Ya decidió?
Respiré profundo.
—Sí… ya decidí.
—La escucho.
Cerré los ojos un segundo.
—Acepto.
Hubo un silencio corto.
—¿Acepta el acuerdo? —confirmó.
—Sí… acepto casarme con usted… por ese año.
—Bien —dijo con seguridad—. Hizo una buena elección.
—Eso espero… —respondí bajito.
—No se preocupe, todo va a salir bien.
Me quedé callada unos segundos.
—Pero espere… yo también tengo algo que decir.
—Dígame.
—Yo no voy a cambiar quién soy —le dije firme—. Ni mi forma de ser, ni mi humildad… ni nada de eso.
—No espero que lo haga —respondió de una—. De hecho, eso fue lo que me gustó de usted.
Sentí algo raro en el pecho.
—Bueno…
—¿Algo más?
—Sí… mi familia sigue siendo mi prioridad.
—Eso no es problema.
Asentí, aunque él no podía verme.
—Listo entonces.
Se hizo un silencio más tranquilo.
—Mañana la espero en el mismo lugar donde nos vimos —dijo después.
—¿Mañana?
—Sí. Tenemos que ir a mi oficina.
—¿A hacer qué?
—A firmar unos papeles —respondió—. Es parte del acuerdo.
Sentí un poquito de nervios otra vez.
—Ah… bueno.
—No se preocupe, es solo formalidad.
—Está bien.
—¿A qué hora puede?
—Pues… temprano.
—Perfecto. Yo paso por usted o la espero allá.
—Mejor allá —le dije—. Yo llego.
—Listo.
Se hizo otro silencio.
—Katherine… —dijo él.
—¿Sí?
—Gracias por confiar en mí.
No supe qué responder de una.
—Pues… espero no arrepentirme —dije con una risita.
Él también rió suave.
—No lo va a hacer.
—Bueno…
—Descanse —añadió—. Mañana empieza todo.
—Sí…
—Buenas noches.
—Buenas noches, Benjamín.
Colgué.
Me quedé un rato mirando el celular, sin moverme.
—Ya está… —murmuré.
Volví a mi cuarto, me acosté y cerré los ojos.
Pero esta vez no sentía tanto miedo.
Sentía nervios… sí.
Pero también algo más.
Como emoción.
Como si algo grande estuviera empezando.
—Que sea lo que Dios quiera… —susurré.
Y aunque me costó un poco, al final me dormí.
Porque al día siguiente… mi vida iba a cambiar para siempre.