Ayla Eisen y Ragnar crecieron bajo la sombra de una tragedia idéntica: la enfermedad que les arrebató a sus madres, dejando a sus padres, empresarios y amigos de toda la vida, sumidos en el dolor, pero ahora, ellos han decidido sellar su destino con un contrato inquebrantable; obligándolos a contraer nupcias, donde se ven atrapados en un matrimonio sin amor, pero unidos por una promesa desesperada hecha sobre las lápidas de sus esposas; que consiste en usar su unión para financiar la batalla contra el mal que destruyó a sus familias, en una casa llena de silencios y recuerdos, en la cual deberán decidir si su alianza es solo un negocio doloroso o si, entre las cenizas de su pérdida, puede nacer la fuerza para sanar... y quizás, aprender a amar
"Nuestras madres nos heredaron su ausencia con su partida pronta, pero nuestros padres nos vendieron al mismo dolor; ahora estamos encadenados por un contrato que se firmó con sangre y se selló sobre sus tumbas."
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Capítulo 24
Los pasos hacia el altar del brazo de mi padre, entre los comentarios de admiración por parte de los invitados eran como un cordero al matadero, yo caminaba en automático; a la distancia distinguí el esmoquin de tres piezas, cortado con precisión, acentuaba la anchura de sus hombros y su porte aristocrático, él parecía todo un rey. Sin embargo, cuando mi padre colocó mi mano sobre la suya, el contacto físico me devolvió a la realidad, estaba firme, cálida y ejerció una presión sutil, como un recordatorio de la tregua que de manera indirecta le había pedido horas antes en la penumbra de mi alcoba.
La ceremonia transcurrió como un desfile de imágenes borrosas, escuché sus votos que, si lo hubiesen sentado en la silla eléctrica con un detector de mentiras, juraría que eran verdad al cien por ciento yo pronuncié las respuestas que se esperaban que dijese y que mi mente racional había memorizado. Luego llego el tan esperado intercambio de anillos, cuyo peso se sintió como la colocación de un grillete de diamantes que sellaba mi destino por los próximos diez años; cuando el sacerdote finalmente nos declaró marido y mujer, Ragnar se giró hacia mí, levantó mi velo con una delicadeza que contrastaba con su habitual arrogancia y depositó un beso frío, de forma protocolaria sobre mis labios, justo el tiempo necesario para que las cámaras capturaran la farsa perfecta.
La recepción se realizó en el palacio de cristal de la familia de Ragnar llevó la magnificencia a un nivel que rozaba la locura, el techo abovedado de vidrio permitía ver los fuegos artificiales coreografiados que estallaban en el cielo nocturno, tiñendo las mesas de luces doradas y plateadas, una orquesta sinfónica tocaba en vivo, mientras los camareros servían un menú de siete tiempos diseñado por chefs con estrellas Michelin, acompañado de ríos de champaña de cosechas centenarias.
Nosotros nos sentamos en la mesa principal, flanqueados por nuestros padres, que brindaban con sonrisas ensayadas ante los flashes de los fotógrafos, felicitándose mutuamente por haber consolidado el negocio de sus vidas; éramos los actores principales de una obra de teatro corporativa diseñada por la codicia, en medio de un enorme torbellino de hipocresía, me dolía la cara intentando mantener la máscara de la novia feliz tomada de la mano de su esposo.
Cuando abriéndose paso entre la multitud, aparecieron Alejandra y Rowan, mi corazón al verlos dio un vuelco salvaje, desprendiéndose por un segundo de la apatía que me gobernaba. Ale lucía hermosa, rompiendo con la monotonía del protocolo, mientras que Row caminaba a su lado con su habitual elegancia sobria, luciendo un traje que, aunque elegante, no buscaba encajar con la ostentación del lugar.
Crucé miradas con ellos, no había envidia ni fascinación por el palacio de cristal; solo una preocupación profunda y sincera, ambos escaneaban mi rostro, buscando a la Ayla de siempre, a su amiga del alma, no al maniquí de alta costura en el que me habían transformado.
Ragnar pareció notar el cambio drástico en mi postura, por lo que con disimulo siguió la línea de mi mirada hasta detenerse en mis amigos, sus ojos azules se entrecerraron analíticamente, reconociendo de inmediato el peso que esas dos personas tenían en mi vida, pero no hizo ningún comentario mordaz o mostró molestia; al contrario, hubo un destello de comprensión en su rostro.
Aprovechando un momento en que la música subió de intensidad y la atención de los invitados se desvió hacia la pista de baile, me incliné levemente hacia mi ahora esposo.
—Debo reconocer que nuestros padres saben cómo montar un circo de millones de dólares. —Le susurré al oído, manteniendo la mirada fija en la copa de cristal de Sèvres que sostenía entre mis dedos, pero con el alma reconfortada por la presencia de mis amigos a unos metros de distancia.
Ragnar tomó un sorbo de su bebida, manteniendo esa postura imperturbable que intimidaba a la junta directiva de su empresa, sin embargo, cuando respondió, su tono fue lo suficientemente bajo como para que solo yo pudiera escucharlo, impregnado de su particular cinismo cortante.
—Este circo no es para nosotros, Lía, es solo una demostración de fuerza para el mercado financiero, una especie de advertencia para cualquiera que piense en competir contra nuestras empresas. —Dijo, mirándome de reojo, con sus ojos azules brillando bajo las luces. —Pero cometieron un error de cálculo.
—¡Ah!, ¿sí? ¿Cuál? —Pregunté, picada por la curiosidad de mi mente analítica.
—Pensaron que al casarnos nos encadenarían al libreto que ellos escribieron. —Replicó mostrando por primera vez en toda la noche, una sonrisa genuina, ladina y peligrosa, en la comisura de sus labios.
—Se equivocaron, Lía, ellos solo nos dieron el escenario y los recursos, pero no se percataron de que las piezas más peligrosas del tablero somos nosotros cuando decidimos movernos por nuestra cuenta. —Añadió Ragnar mirando la pista de baile. —La vibración de su voz me causó un estremecimiento que no quise analizar.
Aparté la mirada, sintiendo el peso del anillo en mi dedo anular izquierdo, necesitaba un respiro, un segundo de aire puro que no estuviera contaminado por el olor a opulencia, flores artificiales y perfumes de diseñador de los quinientos invitados que reían a nuestro alrededor.
—Si me disculpas, "esposo". —Dije, enfatizando la palabra con un toque de la ironía. —Tú esposa necesita retocarse el maquillaje antes de que los fotógrafos descubran que la felicidad de mi rostro es solo una hábil aplicación de base e iluminador.
Ragnar asintió con una lentitud aristocrática, sin embargo, sus ojos me recorrieron de arriba a abajo, deteniéndose por un milisegundo en mis labios; trayendo de golpe el recuerdo de aquella noche.
—No te pierdas en el laberinto de cristal, Lía, la farsa exige que volvamos a posar juntos en veinte minutos para el brindis de los inversionistas extranjeros. —Respondió con su tono analítico, soltando mi mano con una sobriedad que se sintió casi como una advertencia.
Me levanté de la mesa principal con toda la gracia que el pesado vestido y el velo kilométrico me permitían, caminé esquivando a los magnates y ministros de gobierno que intentaban interceptarme con felicitaciones prefabricadas.
Mi paso era firme pero apresurado, me dirigí hacia la parte posterior del palacio de cristal, donde un pasillo lateral conducía a los jardines internos y a los baños privados de la zona VIP, yo estaba segura de que Ale me seguiría; nuestros años de amistad e instinto compartido no necesitaban de señales complejas, era solo una simple mirada de auxilio.
Al cruzar la pesada puerta de madera que aislaba el ruido de la orquesta sinfónica, el silencio me recibió como un bálsamo, me adentré en un pequeño patio interior decorado con helechos exóticos y fuentes de mármol. No pasaron ni diez segundos cuando el sonido de unos tacones apresurados me indicó que no estaba sola, la puerta se abrió y la figura de Alejandra apareció, con el rostro contraído por una mezcla de angustia y alivio.
—¡Maldita sea, Ayla! —Exclamó, rompiendo el protocolo y corriendo a estrecharme entre sus brazos, sin importarle arrugar la seda de alta costura. —Pensé que nunca lograría acercarme a ti, este lugar parece un búnker de alta seguridad disfrazado de cuento de hadas. ¿Cómo estás? Dime la verdad, por favor, porque siento que estoy abrazando a un maniquí de vitrina.
El calor de su abrazo derritió la capa de hielo con la que me había blindado desde la mañana, sentí una punzada en la garganta y mis ojos se nublaron por las lágrimas que había reprimido con tanta fiereza.
—Estoy en automático, Ale —Murmuré, separándome un poco para mirarla a los ojos, encontrando el único refugio honesto que me quedaba en el mundo. —Siento que estoy viviendo la vida de otra persona, todo esto es un circo montado por mi padre y los Graf; el matrimonio está sellado, el contrato comenzó a correr y no tengo idea de cómo voy a sobrevivir a los próximos diez años con una persona a la cual no le importo.
—Rowan y yo estuvimos a punto de armar una escena en la entrada cuando vimos el despliegue de seguridad, nos enteramos de lo de Malik Al-Zahrani y el traslado del pequeño Oleck. —Ayla, te estás metiendo en la boca del lobo, Ragnar Graf no es un hombre que perdone que le pasen por encima y Malik está jugando sus propias cartas, me preocupa que termines siendo el daño colateral de una guerra de egos multimillonarios.
—Ale, no tienes que preocuparte por el caso de Oleck, yo solo soy su médico, además no tengo intenciones de enredarme con su hermano, él es un hombre comprometido y yo una mujer casada. —Respondí, recobrando la firmeza analítica en mi voz. —Ese niño tiene una mutación genética rarísima, si logro salvarlo, mi carrera estará consagrada a nivel internacional de forma independiente, estaré por encima del apellido Eisen y de la sombra corporativa de los Graf. —Esa será mi forma de demostrarles que no compraron mi cerebro, solo mi presencia pública.