Alana Díaz es una estudiante decidida a graduarse por sus propios méritos, lejos de los lujos y el caos de la gran ciudad. Pero su vida da un giro irreversible al entrar como pasante en el imperio de Leonardo Salvatore, un CEO tan influyente como implacable que no está acostumbrado a que le digan que no.
Lo que comienza como una relación profesional se convierte en un juego de seducción y peligro. Tras un violento "accidente" que deja a Alana vulnerable y bajo el cuidado personal de Leonardo en su lujoso Penthouse, la barrera entre el jefe y el protector se desvanece, dando paso a una pasión que ambos intentaron contener.
Sin embargo, el amor no es lo único que crece entre ellos. Mientras Alana lucha por mantener su independencia, una red de envidias, secretos de élite y una madre dispuesta a todo por mantener el "apellido" amenazan con destruirlo todo. En un mundo donde el dinero lo compra todo, ¿podrá el amor de una "pueblerina" sobrevivir a la furia de quienes lo quieren ver cae
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CAPÍTULO 3
ALANA DÍAZ
Regresé a mi cuarto, me sentía mal, humillada, y hoy por primera vez, sentí la necesidad de renunciar a mis sueños. Esa noche lloré, vacié todo lo que había en mi corazón.
Saqué la tarjeta que me había dado aquel hombre.
¿Qué hago? ¿Voy y pido que pague mi celular? ¿Sería demasiada humillación? Dios mío, dame una señal de lo que debería hacer.
Puse la tarjeta, el celular y todo lo que tenía de dinero en la cama. Me acosté y traté de dormir.
A la mañana siguiente, abriendo mis ojos decidí no ir a la universidad. Me levanté y tomé un baño. Salí de aquel cuarto con rumbo a buscar empleo. Siendo honesta lo más importante era sobrevivir.
Y en más de una ocasión, pidieron un número de contacto y yo no tenía porque mi celular no encendía.
Saqué la tarjeta y la apreté. Caminé hasta llegar a un edificio inmenso, parecía una gran torre.
Entré y pregunté por Leonardo Salvatore y le enseñé la tarjeta que el mismo hombre me había dado. La Recepcionista llamó y me dejó pasar.
— Piso 14, señorita.
— Estas bien. Gracias.
No podía dejar de notar que todos ahí hasta las señoras de la limpieza vestían mejor que yo. Me detuve en seco antes de subir al ascensor.
¿Cómo funciona esto?
Revisé con la vista si había escalera cerca.
¿Por qué nadie se acerca y sube? ¿Estarán dañadas?
Di la media vuelta y choqué contra un pecho tan duro como una piedra.
—Lo siento — miré la cara de aquella persona.
— ¡Qué manía la que tienes!
Ahí estaba el señor Leonardo.
— No fue mi intención.
— Ya me dijo la recepcionista que vienes a buscarme. Vamos a mi oficina, ahí tengo el pago por tu celular.
No dije nada. Subí después que el subió al ascensor. Cuando las puertas se cerraron y aquella cosa empezó a subir, sentía como mis piernas se volvían piernas de trapo, del miedo, el corazón me palpitaba un montón. Miré de reojos a Leonardo, es un hombre muy alto.
El ascensor se abrió. Leonardo caminó a su oficina.
Me quedé dudando si entraba o no.
— Entra — frunció el entrecejo.
Sacó una bolsa.
— No supe que marca era tu celular. Espero este te guste. Mi deuda está saldada.
Abrí la bolsa. La caja era de un iPhone.
— No puedo aceptarlo. El mío no era tan caro. Creo que me equivoqué en venir. Guarde su celular.
Apretó sus labios y puso sus ojos achinados.
— Toma el CELULAR. A las chicas como tú le encanta andar con lo último que sale. Toma tu celular y sal, que tengo una reunión.
Tenía un gesto de molestia. Aun así, no dejaba de verse atractivo.
Tomé la bolsa y me dirigí a la puerta.
— Espera, antes de irte, quisiera saber el nombre de la chica a la que patrocino.
¿Patrocino? Se me vinieron a la mente aquellas palabras de las chicas del baño, lo de patrocinador y era que ellas se prostituían.
Lo miré, con mirada fulminante. Aún me quedaba dignidad.
Le sonreí, me acerqué a su escritorio, puse la bolsa.
— ¿Patrocinador? No. Usted es un atrevido. No soy ese tipo de mujer. Quédese con el celular. Espero no verlo nunca más.
Salí de una sola vez de su oficina.
Durante ese camino de la oficina a la puerta de salida, iba hablando sola y no me importaba si creían que estaba loca.
Dos hombres de seguridad me detuvieron.
— No puede salir señorita.
— Apártense qué no estoy para juego.
— El señor Leonardo, quiere que regrese a su oficina. Y tenemos orden de no dejarla salir.
— No estoy para bromas. Tengo que irme.
— Mil disculpas, pero no podemos dejarla ir.
— Ya — Grité — esto es abuso de poder — Intente salir.
— Señorita, por favor, regrese a la oficina del CEO.
— CEO mi cul*, déjenme ir o haré un escándalo.
— Por favor, señorita.
— Quiere que abra mi bolso, no me llevo nada, se los juro. Revisen pero déjenme ir.
Todos miraban.
Primero en la universidad y ahora aquí. Maldita sea. No se para qué vine. Por un estúpido celular.
Ahí estuve de pie durante una media hora hasta que el mismo Leonardo bajó , traía en sus manos la bolsa.
— Te dije que esto es tuyo — me dio la bolsa— te vas solo si te llevas esto.
Tomé la bolsa y salí. No soportaba más las miradas de todos.
Caminé hasta que llegar al parque. Ahí me senté en una de las bancas.
LEONARDO SALVATORE, 30 AÑOS. CEO
pobre leo cuando lo sepa 🥺🥺
leo
creen que eres un niño que pueden jugar contigo demuestrsles que no
debe pagar