Amanda Quiroz una mujer de belleza no evidente, su cabello de rizos rubios, y su sonrisa cautivadora es capaz de suavizar el día de cualquiera. Su vida se verá envuelta en un caos con la traición de su novio, y una noche pasión con un desconocido. Y con la llegada de Sebastián a la empresa, su vida se convertirá en un verdadero caos, de la noche a la mañana.
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La traición
Cuando Amanda salió del edificio de cristal dudo durante algunos segundos, en visitar a su novio.
La noche ya había caído con una lentitud pesada cuando Amanda se detuvo frente al edificio de Álvaro.
*** Las luces del pasillo parpadeaban como si dudaran entre encenderse o rendirse, y el silencio del lugar le resultó incómodo, casi hostil. No había avisado que iría. No quería hacerlo. Algo dentro de ella había algo —una intuición amarga, un presentimiento sin nombre— la había empujado hasta allí.***
Subió los escalones despacio, sintiendo que cada paso que daba pesaba más que el anterior. En su mente aún resonaban las palabras de la última llamada: reproches, silencios largos, una distancia que ya no podía seguir fingiendo que no existía. Amanda se dijo para sí misma.
-- Solo quiero hablar, mirarlo a los ojos, entender en qué punto nos hemos perdido. --
Frente a la puerta, dudó. Su mano tembló apenas al tocar el timbre.
Nada.
Iba a darse la vuelta cuando escuchó risas al otro lado. Una risa femenina. Su cuerpo se tensó de inmediato. El sonido era suave, íntimo, fuera de lugar. Volvió a tocar, esta vez con más fuerza. Pasos. Un murmullo. La cerradura giró.
Álvaro apareció en el marco de la puerta con el rostro desencajado. Llevaba el cabello desordenado, la camisa mal abotonada, como si hubiera sido arrancada de una escena que no estaba destinada a ser vista.
—Amanda… —Dijo, demasiado tarde.
Ella no respondió. Sus ojos se deslizaron por encima del hombro de él, atravesando el pequeño departamento hasta el dormitorio. La puerta estaba entreabierta. La luz encendida. Y sobre la cama, envuelta apenas entres en las sábanas, una mujer que no conocía la observaba con una mezcla de sorpresa y desafío.
Su mundo se detuvo.
Amanda sintió cómo algo se rompía en su interior, pero no fue un estallido ruidoso. Fue un quiebre silencioso, profundo, como cuando se fractura el hielo bajo los pies sin previo aviso.
—¿Así que… esto es lo que te cansa? —preguntó finalmente Amanda, con una calma que ni ella misma reconoció.
Álvaro balbuceó palabras sin forma, excusas que se atropellaban unas con otras. No se acercó. No intentó tocarla. Quizá porque supo, en ese instante, que ya era demasiado tarde.
Amanda dio un paso hacía adelante. Luego otro. Cada movimiento era mecánico, como si su cuerpo avanzara mientras su mente se quedaba atrás, tratando de comprender cómo habían llegado a ese punto. La mujer en la cama apartó la mirada, incómoda, como si por fin entendiera que estaba ocupando un lugar que no le pertenecía.
—¿Desde cuándo? —preguntó Amanda.
El silencio fue una respuesta suficiente.
Sintió una punzada en el pecho, pero no lloró. No gritó. No reclamó. En su lugar, una frialdad desconocida comenzó a envolverla. Recordó todas las veces que había dudado de sí misma, todas las ocasiones en las que se culpó por llegar tarde, por amar su trabajo, por no ser “suficiente” para alguien que jamás tuvo el valor de ser honesto.
—No me sigas —Dijo cuando Álvaro intentó acercarse—. No digas nada más.
Se dio la vuelta y salió del departamento sin mirar atrás. El aire del pasillo le golpeó el rostro con violencia, como si el edificio mismo la expulsara. Solo cuando llegó a la calle se permitió respirar hondo. La ciudad seguía allí, indiferente, con sus luces y su ruido, como si nada hubiera ocurrido.
Caminó sin rumbo durante largos minutos. Cada paso la alejaba de una versión de sí misma que ya no existía. Se dio cuenta de que no sentía solo dolor; había también una claridad brutal, casi cruel. Comprendió que aquella traición no era el final de algo… sino el inicio de otra cosa.
Esa noche, al mirarse en el reflejo oscuro de un escaparate, Amanda ya no se reconoció del todo. Su sonrisa cautivadora había desaparecido, sustituida por una expresión firme, decidida. Algo en ella había cambiado para siempre.
Continúo caminando durante más de una media hora hasta que entro en en bar, fue directo hasta la barra donde pidió una copa de la más fuerte que tuvieran. El chico de la barra solo la quedo viendo y unos segundos después le sirvió la copa.
Mientras las horas avanzaban Amanda seguía bebiendo, después de un rato estaba totalmente ebria. Que no se dio cuenta en que momento se acercó a ella un hombre apuesto, guapo. Del tipo de hombres que con solo verlo provoca que el corazón de cualquier mujer se acelere mil por hora.
Amanda sin darse cuenta, reía sin parar por algunos chistes que el hombre le contaba. Ella solo quería olvidar por el momento que estaba pasando y ese desconocido lo estaba logrando, copas se servían, y se consumían como si fueran agua.
Y mientras el destino hace de las suyas, en su vida profesional y emocional, Amanda entendió que el amor, tal como lo había conocido, había muerto en esa noche que habia encontrado a su novio con otra mujer en su departamento.
Lo que nacía ahora…
era más frío, más peligroso…
y mucho más oscuro. Y peligroso estaba por comenzar.
Alvaro
Y el viejo desgraciado disfrutando fuera del país peto pendiente de todo reprochando que su hijo insiste con la empresa.
Y todavía piensas en Amanda están enamorados aunque se niegue.
Así que no te arrepientas sigue siendo profesional lo que paso en esa habitación Amanda se queda allí.
Amanda te fuiste a desahogar a un bar y te encuentras a un chico guapo sera Sebastian el hijo brillante de tu jefe pero con un carácter insufrible veremos que pasara esa noche.
Autora te deseo éxito y mucha suerte con esta nueva novela.
Gracias.