Laura ya nos entregó su alma y el eco de sus suspiros, pero Él seguía siendo un enigma. Envuelto en un silencio peligroso, Adrián guardaba deseos y secretos que nadie logró desvendar... hasta hoy.
Ha llegado el momento de cruzar la línea. En esta entrega, nos sumergiremos en sus abismos más profundos para entender la intensidad de sus impulsos y la verdad tras su frialdad. Tres años después, la piel no ha olvidado y el destino los obliga a colisionar de nuevo.
¿Fue lo suyo una pasión inquebrantable o solo un placer oscuro que se consumió hasta hacerse cenizas? El fuego está a punto de reavivarse.
Déjate seducir por su verdad. Las invito a leerla de inmediato.
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Capítulo 18: Cenizas en la terraza.
El día de la gala...
Esa estúpida gala anual era un desfile de hipocresía que me importaba una mierda, hasta que ella cruzó el umbral.
Llevaba un vestido que se adhería a su silueta como una segunda piel, delineando la curva de sus caderas y la turgencia de sus pechos con una insolencia que me secó la boca al instante. Mientras mi esposa me murmuraba al oído banalidades sobre los inversores, mis ojos permanecían fijos en Laura, recorriéndola de arriba abajo, devorándola a la distancia mientras sentía cómo los pantalones me ajustaban con una fuerza salvaje y primitiva.
Entonces apareció ese imbécil de Benjamín. Verlo sonreírle, contemplar cómo se atrevía a rozar su antebrazo con una familiaridad que no le pertenecía, hizo que la sangre me hirviera en una mezcla de celos y rabia pura.
Mis nudillos se tornaron blancos alrededor de la copa de champán; quería reventar el cristal, cruzar el salón, estampar a ese tipo contra la columna de mármol y arrancar a Laura de sus brazos para arrastrarla al rincón más oscuro del lugar.
Lo peor era que ella lo sabía perfectamente...
Buscó mi reflejo en el gran ventanal y, mirándome de reojo, se inclinó hacia él. Vi cómo su respiración se volvía irregular, cómo se le tensaban los pezones bajo la fina tela del vestido.
Conozco ese cuerpo palmo a palmo y supe que estaba excitada, atrapada tanto como yo en este juego de provocación mutua. Cuando posó la mano sobre el pecho de él, sentí una punzada de deseo tan violenta en la entrepierna que tuve que cerrar los ojos para no perder el control frente a los fotógrafos.
Para devolvérsela, tomé a mi esposa y la besé en los labios: una farsa mecánica y gélida, solo para demostrarle a Laura que yo también sabía jugar sucio.
Pero ella no cedió...
Con una sonrisa cargada de pura adrenalina, permitió que el infeliz la tomara por la cintura "una zona donde solo mis manos tenían derecho a clavarse" y lo guió hacia la pista de baile.
Mientras se perdía entre la multitud, me sostuvo la mirada con unos ojos encendidos que me prometían el infierno. Terminé la copa de un trago, sintiendo el fuego de los celos devorarme por dentro y la erección doliéndome bajo el esmoquin.
Ver a ese miserable tocando sus manos en la terraza, ofreciéndole su ridículo romanticismo barato, casi hace que mandara todo a la mierda. Esperé con la paciencia de un cazador a que el tipo se alejara como el perro faldero que es.
En cuanto ella se quedó sola, apoyada contra la barandilla de mármol, crucé el umbral hacia el exterior. El viento helado de la noche no era nada comparado con el incendio que me quemaba las venas. Me abalancé sobre ella, acorralándola contra la piedra fría, devorando el espacio que me había negado durante horas.
—Te encanta jugar con fuego, Laura —siseé, hincando mis dedos en su cintura para pegarla a mi cuerpo de un solo golpe.
El contraste entre su piel fría y mi calor abrasador le arrancó un jadeo delicioso. Disfruté el pánico y el deseo batallando en sus pupilas. Le pregunté si había pensado en mí mientras el otro la estrechaba, y su débil, quebrado "no" fue la música más excitante de la noche. Sabía que mentía. Sabía que se estaba muriendo por esto.
Solté un gruñido sordo que me nació del pecho, la tomé del mentón con fuerza y le abrí la boca con un beso salvaje, sucio, cargado de toda la furia contenida de los celos.
Mi lengua la reclamó como el territorio que me pertenece, devorándola, devorando sus gemidos ahogados mientras la obligaba a tragar mi aliento a whisky y posesión absoluta. Se había pasado los últimos días jugando a la mujer independiente, pero en mis brazos volvía a ser la sumisa que se derretía por mi tacto.
—Eres una mentirosa si dices que no te gusta —le gruñí contra los labios, dejándole apenas el aire necesario para que jadeara—. Dime que no estás empapada ahora mismo, rogando que te tome.
Bajé mi mano con brusquedad, colándola por debajo del tejido del vestido, buscando la calidez prohibida de su piel. Le apreté la cadera, hundiendo los dedos en su carne, obligándola a sentir mi erección, enorme y jodidamente dura, presionando directo contra su vientre. Se arqueó, soltando un gemido agudo que el viento de la noche sepultó, y se aferró a las solapas de mi esmoquin como si fuera su único maldito salvavidas.
—Dímelo, Laura —le ordené, completamente fuera de mí, frotando mi entrepierna contra su intimidad a través de la ropa—. Dímelo mientras recuerdas su beso limpio y compáralo con esto.
Ver su sumisión, su respiración rota y su boca entreabierta suplicando más me dio el triunfo más adictivo de mi vida. Deslicé la mano más arriba por su muslo desnudo, apretando la carne con fuerza, levantándole la falda mientras volvía a estampar mi boca contra la suya, dispuesto a poseerla allí mismo, en la penumbra de la terraza, sin importar el escándalo, solo para recordarle que su cuerpo solo sabe responderle a un dueño.
De pronto, el sonido de unos pasos rompió la burbuja. El crujido de unos zapatos acercándose a la puerta de cristal me obligó a frenar, maldiciendo internamente.
Nos separamos a regañadientes, aunque nuestras respiraciones seguían mezclándose en el aire helado, densas, calientes, como si se resistieran a romperse.
A través del ventanal, vi la silueta de Benjamín. El imbécil regresaba de la barra sosteniendo dos copas de champán, buscando a Laura con esa sonrisa amable y patética de quien no tiene la menor idea del territorio que acaba de ser reclamado.
La miré desde arriba, saboreando el pánico en sus ojos y la agitación de su pecho. Una sonrisa depredadora me curveó los labios; el triunfo me corría por las venas, oscuro, denso y completamente palpable. Sabía que la había dejado temblando, marcada y al borde del abismo.
—Sigue jugando con él, Laura —le siseé en un susurro áspero, sin quitarle los ojos de encima mientras me ajustaba el nudo de la corbata con total parsimonia—. Pero recuerda quién manda aquí. A quién le perteneces en cuerpo y alma cuando te cierro la puerta.
ahora debe ver como salir de ahí ileso y sin que le quiten a su hijo