En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
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Jaula de Oro
—Baja, Fah —ordenó Dará, su voz resonando en el salón vacío—. El desayuno está servido.
Fah obedeció, sus piernas temblando mientras bajaba la gran escalera de caracol. Se sentía pequeña, vulnerable, como un ratón entrando en la guarida de una pantera.
Llegó al salón y se acercó a la mesa de comedor, que estaba llena de un festín de frutas exóticas, panes frescos y café humeante. Dará estaba sentada en la cabecera, ya sin guantes, sosteniendo una taza de porcelana fina con una elegancia intimidante.
—Siéntate —Dará señaló una silla con un movimiento de cabeza.
Fah se sentó tímidamente, sin atreverse a tocar la comida. Su estómago estaba cerrado por los nervios.
—Sé que tienes muchas preguntas, Fah —comenzó Dará, dejando la taza en el plato con un tintineo nítido—. Pero antes de que preguntes nada, come. Necesitas recuperar fuerzas. El sedante que te di fue fuerte, y tu cuerpo ha sufrido mucho.
Fah tomó una pieza de fruta con manos temblorosas. Al morderla, el sabor dulce y jugoso la abrumó. Era comida de lujo, algo que solo había visto en televisión. Mientras comía, Dará la observaba en silencio, como un artista estudiando un boceto.
Cuando Fah terminó, Dará se recostó en su silla y entrelazó sus dedos sobre la mesa. Su mirada se volvió más profunda, más posesiva.
—Hablemos de negocios, Fah —dijo Dará, su tono directo y sin preámbulos—. Sé quién eres. Sé que en la escuela te llaman "Fah, el Juguete". Sé que esas chicas te usan porque tienes el aspecto que ellas desean proyectar, pero la docilidad de una oveja. Sé que compras sus caprichos con dinero que no tienes y que agachas la cabeza cuando te humillan.
Cada palabra de Dará era como un pinchazo en el orgullo de Fah, pero no podía negarlo. Era la verdad nuda y cruda.
—Dime una cosa, Fah —Dará se inclinó hacia ella, su aliento con aroma a sándalo y café—. ¿Por qué? ¿Por qué te dejas usar así? ¿Por qué una chica con tu fuerza física y tu nobleza se arrodilla ante unas niñas mimadas?
Fah tragó saliva. Sus ojos se llenaron de lágrimas. No era fácil admitir su propia debilidad ante una mujer tan poderosa.
—Porque... porque no quiero que me dejen sola —susurró Fah, su voz quebrada—. Porque si no les sirvo para nada, nadie querrá estar conmigo.
Dará sonrió de nuevo, pero esta vez fue una sonrisa lenta, letal y, sorprendentemente, llena de una ternura oscura.
—Eso es lo que ellas te han hecho creer, Fah —dijo Dará, su voz volviéndose un murmullo magnético—. Te han convencido de que tu valor depende de ellas. Te han robado tu dignidad y te han dejado vacía. Te han convertido en una sombra.
Dará extendió su mano sobre la mesa y cubrió la mano de Fah. El contacto fue cálido, firme y electrizante.
—Yo no te salvé para que vuelvas a ser la sombra de nadie, Fah —continuó Dará, su mirada fija en la de la chica—. Te salvé porque vi algo en ti que ellas no pueden ver. Vi una fiera atrapada en una jaula de miedo. Una fiera que, si se libera, puede dominar este mundo.
Dará hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran profundamente en Fah. El corazón de la chica latía con fuerza, no por miedo, sino por una extraña mezcla de esperanza y poder.
—Este es mi trato, Fah —dijo Dará, su voz llenándose de autoridad—. A partir de hoy, bajo este techo, eres mía. No me sirves como esclava, ni como juguete. Me sirves como mi sombra personal. Te daré todo lo que esas chicas te quitaron: dinero, respeto, y la fuerza para decir "no". Te enseñaré a moverte en mi mundo, a usar el poder, y a nunca más agachar la cabeza.
Dará apretó la mano de Fah con fuerza, sellando su promesa.
—A cambio, solo pido una cosa: tu lealtad absoluta. Me acompañarás a donde yo vaya, aprenderás lo que yo te enseñe, y cuando estés lista... volverás a esa escuela. Pero esta vez, no como su juguete, sino como su pesadilla. Volverás para ver cómo ellas se arrodillan ante ti.
Fah miró a Dará a los ojos. Había algo en esa mirada que la hacía sentir protegida, segura, y por primera vez en su vida, poderosa. Ya no quería ser la sombra de Mina y sus amigas. Quería ser la sombra de la mujer más peligrosa de la ciudad.
—Acepto —susurró Fah, su voz resonando con una determinación que nunca había sentido—. Acepto tu trato, Dará. Seré tu sombra.
Dará sonrió, una sonrisa radiante y triunfal que iluminó su rostro. Se levantó de su silla y rodeó la mesa, acercándose a Fah. Se inclinó y, con suavidad, acarició la mejilla de la chica.
—Bienvenida a tu nueva vida, Fah —susurró Dará al oído de la chica, el calor de su aliento envolviéndola—. Prepárate. El entrenamiento comienza hoy.
Fah se sintió hundirse de nuevo en la jaula de oro, pero esta vez, la jaula no era una prisión. Era un refugio, un lugar donde aprendería a volar. Y cuando lo hiciera, todos sabrían que la fiera había despertado.