"Cuatro esposos, cuatro muertes misteriosas, una viuda sospechosa. El detective Eduardo Rizzo se infiltra en la vida de Julieta Vera, la enamora y se casa con ella. Pero cuando la verdad sobre su investigación salga a la luz, ¿podrá su amor sobrevivir al peligro y la traición?"
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Capítulo 2
El segundo esposo I
Dante Rinaldi tiene el porte de quien tiene el mundo a sus pies; seguro de su belleza, tiene a las mujeres que desee a la orden. Muchas mujeres han pasado por su cama, pero hay una en especial que desea tener. Pero esa mujer se hace la difícil.
Un año después de su viudez y de haber terminado su carrera profesional, la CEO de la inmobiliaria Lozano y Asociados cerró un jugoso contrato con la empresa frigorífica Carnes del Sur, para ampliar su matadero y remodelar las instalaciones de sus oficinas. Pero Dante, en cuanto la vio, decidió que no solo cerraría ese contrato, sino que la empoderada mujer sería ideal para su imagen de intachable empresario de la industria cárnica.
Un día en que Dante fue citado por Julieta para finalmente cerrar el contrato y asentar las firmas, fue testigo de una situación que lo sacó de casillas. Julieta estaba siendo agredida en el estacionamiento por un hombre y una mujer, sin que ella pudiera defenderse. El hombre la sostenía por los brazos por detrás, cruzándolos a la espalda, y la mujer lanzaba improperios mientras le daba cachetadas.
―Mosquita muerta, debiste de hacerle algo a nuestro padre para que se casara contigo y tú lo mataste para quedarte con su empresa. ―la mujer le decía mientras le jalaba el pelo.
―No, eso no es cierto, yo amaba a su padre. Lo que pasó en la noche de bodas fue algo desafortunado. Murió por un infarto; yo no lo maté. ―Julieta trataba de defenderse de las acusaciones de sus hijastros.
―Si eso es así, ¿por qué pediste la herencia? Si no estabas con él por interés, entonces devuélvele la empresa a los legítimos herederos. ―El hombre le gritaba a Julieta en el oído.
En ese momento, Dante decide intervenir; ya escuchó lo suficiente para darse cuenta de que ellos son los hermanos Lozano y están amedrentando a la bella dama de sus deseos más oscuros.
―¡Sueltenla! ―Habló fuerte e imponente y el hombre temeroso la soltó, e inmediatamente recibió un derechazo de Dante que lo hizo trastabillar; no cayó al suelo, pues su hermana lo sostuvo, mostrando en su rostro el miedo.
―¡No se meta! Usted no sabe por qué la atacamos. ―La mujer sacó valor de donde no lo tenía e increpó a Dante.
―Me meto donde me da la gana. Los que deberían no meterse son ustedes. Ya sé quiénes son y qué pretenden, y créanme, haré todo lo que esté en mis manos para enseñarles a respetar las decisiones de la ley. Así que si los veo o me doy cuenta de nuevo que están molestando a Julieta, aténganse a las consecuencias. ―Dante tomó de la mano a Julieta para salir de ese lugar y ella, sintiéndose protegida, lo siguió.
―Cuídese, no vaya a ser la próxima víctima de esa mujer. ―Alcanzó a decir la hijastra antes de que se alejaran más.
―Es mi problema, no el suyo. ―Solo eso dijo Dante.
No habló más, pero una vez en la oficina de Julieta, le preguntó:
―¿Estás bien? ―Julieta asintió mientras se sobaba las muñecas; Dante lo entendió y las tomó entre sus manos, dándole pequeños masajes. ―Julieta, desde que yo esté a tu lado, nada malo te va a pasar. Te lo prometo.
Dante puso a disposición de Julieta varios guardaespaldas de manera discreta, ya que ella no quiso usar los que tenía Reynel. Y lo que empezó con sutiles coqueteos y cenas para supuestamente cerrar acuerdos, se convirtió para Julieta en una nueva ilusión. No era ciega para apreciar la belleza y porte que emanaba su nuevo galán, hasta que en una cena de empresarios a los cuales los dos fueron invitados, se encontraron en su esencia, rodeados de personas de su mismo círculo social y Dante, seguro de sí mismo y de lo que sabía que generaba en ella, se acercó decidido a ser su acompañante esa noche.
―Julieta Vera, ¿me das el honor de ser tu acompañante esta noche? ―Se acerca a Julieta, sin darle siquiera un saludo cordial y vigilado de manera discreta por sus hombres.
―Buenas noches, señor Rinaldi. Vine sola a la gala por decisión propia, no porque no tuviera con quién asistir. ―Dante le da una sonrisa socarrona. De verdad que esa mujer lo desarma con solo escuchar su melodiosa voz.
―Eso no lo dudo, una bella dama como usted debe ser la envidia de cualquier acompañante. Por eso esta noche quiero ser yo el envidiado; no me niegue ese placer. ―Dante la mira entre una mezcla de deseo y solicitud, lo que hace que Julieta ceda ante su petición.
Al acceder, Dante inmediatamente la toma de la mano y se va junto a ella a saludar a los demás empresarios asistentes a la gala. Varios brindis se dieron y él solo observaba que en realidad era la envidia de muchos hombres y también de algunas mujeres que deseaban ocupar el lugar de Julieta. Luego, cuando la orquesta dejó de interpretar aburridos valses y pasó a un movido fox, rápidamente Dante arrastró a Julieta a la pista.
―Espera Dante, no sé bailar esa música. ―Lo decía en serio, ella bailaba algunos ritmos más modernos, no sabía bailar los tradicionales argentinos derivados del tango.
―Solo déjate llevar por mí ―Le habló Dante al oído, haciendo que Julieta se estremeciera al escuchar su voz grave y pausada, con una seguridad que la hizo olvidar, por un segundo, que los hombres con voces bonitas suelen ser los más peligrosos.
Así que cegada por lo que la hizo sentir se dejo llevar de su mano y el baile en tan grata compañía se volvió un contraste de elegancia y sincronia.
―Lo haces muy bien, hermosa. No has notado cómo nos entendemos a la perfección. Desde el primer día en tu oficina, siento que todo lo que planeas se asemeja a mí. ―Julieta seguía absorta, un año había pasado de la muerte de Reynel, ella era joven, pronto cumpliría los 22 años y algo en el la hacia sentir valiente para abrir sus puertas nuevamente al amor.
La forma en que Dante la defiende, le habla, la admira hace que derrumbe todas sus barreras, así que en una valentía dada también por los tragos que lleva encima, se inclinó y lo besó.
Dante estaba asombrado; la mujer tomó la iniciativa y lo besó, y él, ni corto ni perezoso, la siguió.
Cuando menos lo pensaron, estaban desnudos en la habitación de la mansión de Dante. Poco le importó si ella estaba bajo los efectos de los tragos que se tomó; así soñó tenerla desde que la conoció y era tal como se la imaginó.
Julieta se acostó en la cama; las sábanas de seda le daban un toque de misterio, pero la realidad es que desde que él se convirtió en su héroe defensor, deseó que fuera más que eso.
―Oh, eres hermosa. Te deseo, Julieta. ―Dante se acercó a ella hasta quedar encima sin darle peso. Esto asustó a Julieta al recordar a su difunto esposo, pero Dante, un experto en las artes amatorias, detectó un atisbo de duda y eso no lo iban a permitir, así que atacó sus labios en un beso salvaje que dejó a Julieta sin respiración y fue bajando por su cuello hasta llegar a sus pechos.