📖 Sinopsis
Emma es una chica que siempre ha preferido el silencio. Desde niña, su timidez la mantuvo oculta tras las páginas de sus libros y las escenas de sus series románticas favoritas. Solo una vez fue valiente: cuando entregó una nota de papel preguntando: "¿Quieres ser mi novio?". Recibió un "Sí" de vuelta, pero el destino le arrebató ese amor el mismo día cuando sus padres la cambiaron de escuela sin previo aviso.
Años después, Emma trabaja en una fábrica de zapatos, atrapada en una rutina de cuero, máquinas y soledad, refugiándose en una cuenta de Instagram anónima donde escribe sus penas. Pero su mundo de cristal está a punto de romperse cuando recibe una notificación en su cuenta personal: “Hola, ¿tú eres Emma Rodríguez?”.
¿Es posible que el niño de la nota nunca la haya olvidado? ¿Podrá Emma superar su timidez antes de que el pasado se le escape de las manos otra vez?
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Capítulo 12: Las piezas del rompecabezas
El alivio me recorrió el cuerpo como una corriente cálida, disipando ese frío que me había dejado la inseguridad de contarle sobre la fábrica. Sus palabras en el audio seguían resonando en mi cabeza: "Me importa quién eres". Por primera vez en años, sentí que no tenía que esconderme detrás de mis series o de mi silencio. Sin embargo, el silencio en el chat se prolongó unos segundos más de la cuenta y el pánico, ese viejo amigo, intentó asomarse de nuevo.
Entonces, el teléfono vibró con una insistencia casi juguetona.
Julián: "¿Emma? ¿Sigues ahí? No te asustes, no quise sonar demasiado intenso con lo del audio. Es solo que... de verdad me hace mucha ilusión estar hablando contigo después de tanto tiempo. Siento que tengo mil preguntas acumuladas en la garganta".
Sonreí frente a la pantalla, sintiendo una calidez en las mejillas que no tenía nada que ver con el clima. Mis dedos, ahora movidos por una curiosidad que le ganaba al miedo, volaron sobre el teclado.
Emma: "Sí, aquí sigo. No te preocupes, no me asusté... es solo que me dejaste pensando. Me alegra que no te importe lo de la fábrica. Pero ahora es mi turno de interrogarte, señor fotógrafo. Han pasado trece años, un abismo de tiempo. Así que cuéntame: ¿Dónde están tus padres y tus hermanos? ¿En qué ciudad terminaste la secundaria? Necesito armar el rompecabezas de cómo llegaste a ser quien eres hoy".
Le di a "Enviar" y me acurruqué en el sofá, abrazando un cojín contra mi pecho mientras esperaba. La curiosidad me quemaba. En mi mente aparecieron ráfagas de recuerdos: su madre, una mujer de manos suaves que siempre olía a vainilla y canela, y su hermano pequeño, ese torbellino que siempre corría detrás de nosotros en el parque intentando robarnos las meriendas.
El indicador de "Escribiendo..." apareció de inmediato, desapareció y volvió a aparecer, como si él también estuviera viajando al pasado para organizar sus memorias antes de soltarlas.
Julián: "Mis padres se mudaron a la capital apenas un año después de que me fui del barrio. Mi papá consiguió un empleo mejor en una constructora y mi mamá... bueno, ella nunca dejó de cocinar. Puso su propia pastelería y, créelo o no, todavía hace esas galletas de avena que tanto te gustaban. Dice que son su amuleto de la suerte".
Sentí un pinchazo de nostalgia en el pecho. Las galletas de su madre... el sabor de mi infancia.
Julián: "Mi hermano menor, ¿lo recuerdas? Ya no es el niño que nos perseguía. Está en la universidad estudiando arquitectura. Y sobre la secundaria... la terminé en una escuela de artes en la ciudad. Allí fue donde agarré una cámara profesional por primera vez. Fue un flechazo, Emma. Supe en ese instante que no quería soltarla nunca. Quería capturar momentos que no se borraran con el tiempo... quizá por eso nunca borré tu recuerdo".
Me quedé sin aliento al leer esa última frase. Su vida había florecido, se había expandido hacia el arte y el éxito, mientras que la mía parecía haberse quedado en pausa, cuidando los restos de una casa vieja y una rutina gris. Pero él hablaba de su éxito y de su pasado con una naturalidad que me hacía sentir que, para él, yo seguía siendo una pieza fundamental de su historia.
Julián: "¿Y tú, Emma? ¿Terminaste en la misma escuela donde nos conocimos? ¿Todavía conservas alguno de esos cuadernos de dibujos que escondías cuando yo me acercaba? Recuerdo que siempre bajabas la mirada, pero tus manos nunca dejaban de crear algo".
Cerré los ojos, recordando mis viejos cuadernos llenos de bocetos de vestidos y zapatos que nunca me atreví a mostrarle a nadie por miedo a que se rieran. El pasado no estaba muerto; estaba ahí, bajo el polvo de trece años, esperando a que alguien como Julián soplara con fuerza para que el brillo volviera a aparecer.