Renace en un mundo mágico, dispuesta a cambiar su destino, recuperar lo que le pertenece y vengarse de quienes la lastimaron.
*Esta novela pertenece a un mundo*
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Boda
El día de la boda amaneció cubierto por un cielo claro… pero frío.
El aire del reino de Sunderland era cortante, pero aun así, los jardines de la mansión Moriarty habían sido preparados con una elegancia impecable.
Caminos marcados entre la nieve.
Flores resistentes al invierno adornando cada rincón.
Antorchas encendidas que daban calidez al entorno.
Y en el centro…
El altar.
Esperando.
En el interior de la mansión, Ophelia estaba frente al espejo.
Su vestido…
Era espectacular.
Blanco puro.
Ajustado en la parte superior, resaltando su figura con delicadeza, y abriéndose en una falda amplia que caía con elegancia.
La cola era larga.
Imponente.
Deslizándose detrás de ella como una extensión de su presencia.
Su cabello caía suavemente, adornado con pequeños detalles brillantes que captaban la luz.
Y sus ojos…
Llenos de emoción.
De expectativa.
De ilusión.
Nanny estaba detrás de ella.
Observándola.
Con lágrimas acumulándose sin poder evitarlo.
—Mi niña… está hermosa…
Ophelia sonrió.
Se giró apenas.
Y le tomó las manos.
—Gracias… por todo.
Nanny asintió, incapaz de hablar más.
Porque en ese momento…
No veía a una noble.
Veía a la niña que había criado.
Y que ahora…
Estaba comenzando una nueva vida.
En los jardines, las personas ya estaban reunidas.
Decenas.
Nobles importantes del reino de Sunderland.
Figuras influyentes.
Miradas curiosas.
Algunas aún cargadas de duda.
Otras de interés.
Pero todas…
Atentas.
El duque ya estaba allí.
De pie frente al altar.
Vestido de negro.
Impecable.
Imponente.
Su presencia dominaba el lugar sin esfuerzo.
Pero su mirada…
No estaba en la gente.
Ni en el entorno.
Estaba fija en el camino por donde ella aparecería.
Esperando.
Y entonces…
Ophelia apareció.
El silencio fue inmediato.
Sus pasos eran suaves.
Acompañados por el leve sonido de la tela rozando el suelo.
Avanzó lentamente.
Con elegancia.
Con una sonrisa contenida.
Pero llena de luz.
Las miradas cambiaron.
Incluso las más críticas…
No pudieron ignorarla.
Era hermosa.
Pero más que eso…
Tenía algo distinto.
Algo vivo.
El duque no apartó los ojos de ella.
Ni un segundo.
Y cuando finalmente llegó frente a él…
El mundo pareció detenerse.
El encargado de la ceremonia era un mago.
Vestido con túnicas profundas, con símbolos antiguos bordados en plata.
Su voz tenía un tono solemne, casi etéreo, como si las palabras mismas tuvieran peso más allá de lo visible.
Comenzó el ritual.
Antiguo.
Formal.
Cargado de significado.
Y entonces llegaron los votos.
Ophelia fue la primera.
Respiró hondo.
Miró al duque.
Y habló.
—No sé qué traerá el futuro…
Su voz era suave.
Pero firme.
—Pero quiero descubrirlo contigo.
Sonrió levemente.
—Quiero reír contigo… aprender contigo… y construir algo que sea nuestro.
Sus ojos brillaron.
—No prometo ser perfecta… pero sí estar a tu lado. Y creer… en lo que podamos llegar a ser juntos.
Sus palabras eran sinceras.
Llenas de esperanza.
De ilusión.
De esa luz que la definía.
Luego…
El duque.
El ambiente cambió.
No en forma.
Sino en sensación.
Sus ojos no se apartaron de ella.
Ni un instante.
Y cuando habló…
Su voz fue más baja.
Más profunda.
—No te dejaré.
No era una promesa suave.
Era una declaración.
—No importa lo que pase… ni quién se interponga.. Eres mía.
El aire se volvió más denso.
—Y todo lo que soy… protegerá eso.
Su mirada se intensificó.
—Nadie te quitará de mi lado.
Sus palabras no eran dulces.
Eran intensas.
Firmes.
Casi posesivas.
—Porque ahora…
Se inclinó apenas hacia ella.
—Eres parte de mí.
El silencio que siguió fue pesado.
Profundo.
Distinto al de Ophelia.
Pero igual de poderoso.
El mago continuó el ritual.
Unió sus manos.
Pronunció las palabras finales.
Y selló la unión.
Desde un lado, Nanny lloraba sin disimulo.
Lágrimas de emoción.
De orgullo.
De amor.
Y así…
En medio del frío de Sunderland…
Bajo miradas que aún intentaban entender…
Se selló la unión entre dos personas completamente distintas.
Una llena de luz.
Otra… de intensidad.
Y juntos…
Habían comenzado algo que prometía ser todo menos tranquilo.
El banquete comenzó con música suave y el murmullo constante de conversaciones elegantes.
Las mesas estaban llenas.
Copas alzándose.
Risas contenidas.
Miradas curiosas que, inevitablemente, regresaban una y otra vez hacia la nueva duquesa.
Ophelia caminaba junto al duque.
Y desde el primer momento…
Él no la soltó.
Su mano permanecía firme en la cadera de ella.
Segura.
Constante.
Como una marca silenciosa.
Como si cada persona presente debiera entender, sin necesidad de palabras, cuál era su lugar.
Ophelia lo notó.
Pero no dijo nada.
Solo sonrió, manteniendo la compostura mientras él la guiaba entre los invitados.
—Duque Gallagher. Duque O’Neill.
Dos hombres se acercaron.
Ambos imponentes.
Altos.
De presencia fuerte, similar a la del propio duque.
Sus miradas eran firmes, evaluadoras, como las de hombres acostumbrados al campo de batalla.
—Mis compañeros de armas —dijo el duque, con voz firme.
Los hombres asintieron con respeto.
Primero hacia él.
Luego hacia Ophelia.
—Así que esta es la mujer que logró que te casaras —comentó uno de ellos con una leve sonrisa.
El otro soltó una risa baja.
—Pensé que eso nunca pasaría.
Ophelia respondió con una sonrisa amable.
Pero el duque no retiró la mano de su cadera ni un segundo.
Al contrario…
Su agarre se reafirmó levemente.
Luego avanzaron.
—Duque Nolan.
Un hombre mayor.
Cabello canoso.
Mirada aguda a pesar de los años.
Observó al duque… y luego a Ophelia.
—Nunca pensé verlo casado —dijo sin rodeos.
El comentario fue directo.
Casi seco.
Pero no ofensivo.
El duque no respondió.
Solo lo miró.
Como si esa sola mirada fuera suficiente.
—Lady Ophelia —añadió el anciano, inclinando levemente la cabeza.
A su lado, una joven dio un paso adelante.
—Mi sobrina. Lady Emily Nolan.
Ophelia la miró.
Era hermosa.
De rasgos delicados.
Pero su expresión…
No era tranquila.
Había algo en su mirada.
Una leve tensión.
Casi… temor.
Especialmente cuando sus ojos rozaban al duque.
Hizo una reverencia correcta.
—Mi lady…
Ophelia sonrió con dulzura.
Intentando suavizar el ambiente.
Pero el duque seguía ahí.
Presente.
Imponente.
Sin soltarla.
La ronda continuó.
Condes.
Comerciantes influyentes.
Figuras clave del reino.
Cada presentación era breve.
Formal.
Pero constante.
Y en cada una de ellas…
El mismo detalle.
Su mano.
Siempre en su cadera.
Nunca ausente.
Nunca distraída.
No era solo cercanía.
Era un mensaje.
Claro.
Visible.
Inevitable.
Ophelia Wright ya no era solo una extranjera.
Ni una invitada.
Era la duquesa Moriarty.
Y él…
Se aseguraba de que nadie lo olvidara.
Ni por un segundo.
Suerte que al menos la tiene a la leal Nanny...
Nos vamos al Reino de Hielo Ophelia?!