En un mundo donde la realeza no es sinónimo de inocencia, existe alguien dispuesto a romper todas las reglas.
Un misterioso cazador recorre los reinos con una misión peligrosa: encontrar y eliminar princesas. Pero no lo hace por ambición ni riqueza… sino por una verdad oculta que pocos conocen. Detrás de cada corona se esconden secretos, traiciones y poderes que podrían destruirlo todo.
A medida que avanza en su cacería, el cazador comienza a cuestionar su propósito, especialmente cuando se cruza con una princesa diferente a las demás… alguien que podría cambiarlo todo.
Entre conspiraciones, batallas y emociones prohibidas, la línea entre enemigo y aliado se vuelve cada vez más difusa.
¿Qué pasa cuando el cazador deja de ver a su presa como un objetivo… y empieza a verla como algo más?
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Un lugar en el mundo
Ocho días habían pasado. Preus se sintió fatigado del encierro. Cada vez que necesitaba asearse o ir al baño, Lázaro lo custodiaba con grilletes que unían sus muñecas.
Cada mañana lo recibía observando por el ventanal: los habitantes del reino se saludaban, reían, algunos cantaban. Casi podría decirse que contagiaban unas ganas de vivir que nunca había visto antes.
La puerta se abrió y entró Lázaro. Tiró un conjunto de ropa sobre la cama y dijo:
—Vístete, vamos a dar una vuelta.
Preus abrió los ojos, enormes; no esperaba salir de esa habitación, de esa prisión. Tomó los trapos y se vistió. Lázaro aseguró sus muñecas, como se hace con los bandidos más peligrosos, cubrió sus manos con un trapo para no causar alboroto y salieron.
Caminaron por el frente de la casa. Flores color naranja decoraban la entrada, y un pequeño sendero de rocas los llevaba hasta la salida.
Recorrieron el reino, observando cada detalle. Preus se maravillaba al ver la función del agua y su importancia para el progreso.
—Llegué a este reino hace veintiún años —dijo Lázaro.
Preus lo miró sorprendido.
—Estaba gobernado por un tirano. Un rey que consumía todos los recursos del pueblo para sus fiestas privadas. La gente moría de hambre o combatiendo con los Croocks, mientras el maldito bastardo comía uvas del ombligo de las jovencitas del pueblo.
Preus desvió la mirada, pensativo, imaginando la situación del reino.
—¿Y por qué no acabaste con tanto sufrimiento? Era parte de tu misión.
Lázaro lo miró de reojo, suspiró y volvió la vista al frente.
—Posé mi katana en el cuello de la princesa. La sangre comenzó a brotar como si intentara escapar, pero yo no estaba ejerciendo fuerza: era la misma princesa quien avanzaba hacia el filo. Venía de destruir dos reinos, y no había sido nada sencillo. Me topé con princesas luchadoras, mundos que tenían intenciones de seguir existiendo... pero al final conseguí mi propósito. —Agachó la cabeza—. Veintiún años después, aún no olvido sus rostros, sus ojos pidiendo piedad, sus cuerpos escupiendo sangre sobre mí, sus lágrimas…
Preus cerró los ojos por un instante. Se vio a sí mismo encestando golpes una y otra vez sobre el cuerpo de una pequeña princesa ya sin vida.
—¡Cuánto más! ¡Cuánto más debes sufrir para que te sientas satisfecho! —gritaba la niña.
El cazador volvió en sí. Su reflejo en el agua mostraba un rostro entristecido, agotado, perdido.
Lázaro le dio un golpe en la nuca, intentando sacarlo del trance —uno en el que él mismo había caído más de una vez—, y continuó:
—Retiré la katana. Su rostro pálido se reflejaba en el metal. No pude matarla. Entonces fui contra el rey, lo derroté y murió por las heridas. La princesa se perdió en el tiempo, pero el reino no desapareció: evolucionó. Aprendió a coexistir sin necesidad de esa unión con una princesa.
—Entonces ¿Quién está al mando ahora?
—Nadie. Somos un pueblo que sobrevive con la ayuda de todos sus habitantes. Prosperamos a pesar de las dificultades y avanzamos como una gran familia.
Se detuvo. Una anciana cruzaba un brazo de agua en su canoa, trayendo consigo una cesta con peces. Llegó a la orilla, y Lázaro la ayudó con la carga. La mujer tomó algunos de los peces y comenzó a repartirlos al pueblo.
—¡Peces frescos! ¡Coman peces frescos! —gritaba.
Preus se maravillo al ver la humanidad que emanaba de aquella mujer. Intentó recordar algún hecho similar en su tierra natal, pero no logró encontrar ninguno.
“Quizá Lázaro tenga razón”, pensó.
Al caer la tarde, cuando el sol se escondía en el horizonte, regresaron a la casa. El cazador tenía un cúmulo de ideas y pensamientos nuevos que debía procesar. Se tiró en la cama, estiró el brazo para que Lázaro lo amarrara al respaldo y preguntó:
—¿Valió la pena? ¿Valió la pena abandonar tu destino, ese propósito para el cual existías, y comenzar una vida distinta en un mundo que no es tuyo?
Lázaro terminó de asegurarlo, soltó aire, giró para mirarlo y, mientras sonreía, respondió:
—El propósito de un hombre no debería ser matar a sus semejantes. Aquí encontré mi verdadero propósito: ayudar a la gente, tener una familia, cuidar de mis hijos. —Se sentó a un lado—. Maos te enseño un destino que beneficiaba al planeta Tierra, y quizás sí, salvaríamos millones de vidas y hasta al mundo entero… pero no podrías salvar la tuya. Así como me pasó a mí, no estás preparado para dar muerte, muchacho.
Preus agachó la cabeza mientras Lázaro salía de la habitación. El cazador observó su mano derecha, la única libre, y se perdió en las marcas y heridas. Luego alzó el brazo y estiró los dedos: alcanzó el cabello de la pequeña princesa que lo observaba, bañada en su propia sangre. Acarició su delicada piel, sintió el frío en su mejilla, la miró a los ojos. Ella gritaba, lo maldecía, jugaba con su mente.
—Lo… siento.
La niña enmudeció. Abrió los ojos enormes, sorprendida. Percibió en él un sentimiento de culpa; su mirada estaba perdida, casi camuflada entre la tristeza y la amargura. Entonces la princesa cerró los ojos y desapareció.
Preus cruzó las piernas y quedó sentado, con la mirada fija en el ventanal, como repasando cada segundo de su vida hasta ese momento. Así pasó la noche entera.
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Gritos y corridas. La gente se movilizaba en todas direcciones. Preus seguía despierto, observando las sombras que cruzaban al amanecer del reino.
—Tres hombres a la destiladora, otros tres conmigo al centro —gritó la sombra de Lázaro, corriendo con su katana en mano.
El silencio reinó por un instante. Los gritos y el metal chocando cesaron. A través de la cortina se divisó una figura enorme y reptiliana: una criatura bípeda, de cuello alargado y cola de lagarto, que se acercaba a la casa.
Se oyeron gritos en el cuarto contiguo. La mujer de Lázaro intentaba retener a su hija para evitar que se enfrentara a la bestia. Eran los Croocks.
—Penélope, no salgas, te lo pido, por favor…
Más forcejeos. Una puerta se abrió. La criatura se detuvo. El ventanal mostraba la escena, y Preus era su espectador.
Penélope sostenía un cuchillo de cocina en la mano. Lo alzaba frente a su rostro; el sol, asomando en el horizonte, se reflejaba en el acero. El lagarto levantó un brazo, mostrando una espada corta de combate. Su cola se mecía de un lado a otro, amenazante. Estaba listo para atacar.
Preus observaba sin moverse, resignado a que la chica caería ante la bestia y él no podría evitarlo.
Penélope estiró el brazo e intentó herir a la criatura, que retrocedió y evitó el ataque. Luego, con gran velocidad, el animal lanzó un puñetazo que impactó en el rostro de la chica, estrellándola contra la ventana. Saltó sobre ella y acarició su pierna con la espada, cortando piel y carne. La muchacha gritó de dolor e intentó defenderse, pero no estaba a la altura de la bestia. Otro golpe la hizo escupir sangre; El líquido rojo cayó por el vidrio mientras el cazador observaba en silencio.
—¡Sálvala, por favor, sálvala! —suplicó la madre, intentando soltar los grilletes de Preus.
La llave cayó de sus dedos temblorosos. Un grito de angustia escapó de su boca mientras escuchaba a su hija chillar de dolor. Otro golpe resonó, y aún no lograba liberarlo.
Preus estiró las piernas hacia atrás, apoyó las plantas de los pies y perfiló los dedos en posición, como un atleta listo para correr.
¡Clic! Sonaron los grilletes, liberando su mano izquierda. En un instante salió despedido hacia el vidrio y lo atravesó como si fuera papel. Cruzó al otro lado y se enfrentó a la criatura, que no alcanzó a reaccionar.
Preus tomó la cuchilla de la mano de Penélope y, apoyando sus pies desnudos en la tierra, trazó una línea invisible con el filo. La hoja impactó en el pecho del animal, haciendo un corte profundo y letal.
El lagarto soltó su espada y llevó ambas manos al corazón, de donde brotó una abundante corriente de sangre.
Preus se volvió hacia Penélope, que yacía recostada contra lo que quedaba de la ventana. Ella lo miraba, apretando la herida de su pierna.
El lagarto agonizaba tras ellos. Los ojos de la muchacha se abrieron, admirando la figura del cazador.
Él tomó su brazo, lo deslizó por la nuca y la levantó, intentando llevarla dentro de la casa.
—Mantén presionada la herida.
Elena, su madre, salió destartalada a auxiliarla. Se colocó del otro lado y ayudó a transportarla. Detrás de ellos apareció Lázaro, manchado de sangre ajena, cansado pero victorioso. Giró el rostro, observó al lagarto muerto, miró la mano derecha de Preus sosteniendo la cuchilla y entendió todo.
Se acercó apresuradamente a ver la herida de su hija. Al pasar junto al cazador, le quitó el arma, cruzó miradas con él y, sin decir palabra, tomó su lugar y siguió su camino hacia adentro.