Daniela perdió a su madre a la edad de 3 años, su padre se vuelve a casar y le da una perversa madrastra que la maltrata y encierra en el sótano, sótano que guarda grandes secretos.
Acompáñame en mi nueva historia, que sé que será de su agrado.
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UN GRAN PROTECTOR
El Mayor Orlando Gutiérrez era, sin duda, el hombre más íntegro, recto y honorable que jamás había vestido un uniforme. De porte serio, mirada profunda y palabra firme, todos lo respetaban y lo admiraban, pues su nombre era sinónimo de lealtad, disciplina y justicia. Pero detrás de ese hombre de acero, de ese instructor severo y respetado, se escondía un corazón que había sido herido de muerte mucho tiempo atrás, un corazón que creía haber dejado de latir para siempre.
En su juventud, cuando apenas empezaba su carrera militar, conoció a una mujer que iluminó su mundo por completo: Camille, una joven francesa, hermosa, elegante, de sonrisa dulce y espíritu alegre, que había llegado al país por trabajo y que se enamoró perdidamente de él. Fue el único amor de su vida, el amor verdadero, ese que se cree que solo ocurre una vez. Se casaron en una ceremonia sencilla pero llena de felicidad, y durante un tiempo, Orlando fue el hombre más afortunado y feliz sobre la tierra. Soñaba con una familia grande, con verla envejecer a su lado, con darle todo lo que ella se merecía.
Poco tiempo después, Camille quedó embarazada. La alegría de Orlando no cabía en sí misma; esperaba con ansia la llegada de su hijo, imaginando ya el día en que lo tendría en sus brazos, enseñándole a ser un hombre de bien, tal como él había aprendido. Hablaba con ellos dos, con ella y con el bebé que crecía en su vientre, planeando un futuro lleno de luz.
Pero el destino, cruel y traicionero, tenía preparado el golpe más duro que un ser humano podía recibir. Una tarde, al volver del cuartel, Orlando encontró la casa en silencio. Al entrar, vio con horror lo que sus ojos se negaban a creer: Camille yacía al pie de la gran escalera de madera, inmóvil, con la cabeza golpeada. Había resbalado y caído desde lo más alto. Fue un accidente terrible, imprevisto y fatal. Ella, y con ella el hijo que llevaba en su vientre, su heredero, su sueño hecho realidad, fallecieron al instante.
El mundo de Orlando se derrumbó ese día. Se sintió el hombre más desdichado y solo del universo. El dolor fue tan inmenso, tan profundo y desgarrador, que le rompió el alma en mil pedazos. Lloró, gritó y maldijo su suerte, jurándose a sí mismo, ante la tumba de su amada, una promesa sagrada y definitiva:
—Jamás volveré a amar a nadie. Jamás volveré a entregar mi corazón, porque el amor solo trae dolor y pérdida. Solo trabajaré, solo serviré, y viviré el resto de mis días solo, fiel a su recuerdo y a su memoria.
Y así lo cumplió al pie de la letra. Desde ese momento, Orlando Gutiérrez dejó de vivir para sí mismo. Se volcó por completo en su carrera, en su deber, en el Ejército. Ascendió rangos, se convirtió en el mejor, el más estricto, el más respetado. Nunca más se le vio acompañado, nunca miró a otra mujer, nunca volvió a pensar en amor ni en familia. Vivía en una casa grande y fría, llena de recuerdos de ella, y nadie logró entrar jamás en ese lugar sagrado que él mantenía cerrado bajo llave. Para el mundo, era solo el Mayor: un hombre duro, serio, sin debilidades, sin sentimientos.
Pasaron los años, las décadas, y él creyó que así terminaría sus días: solo, fiel a su juramento, cumpliendo con su deber, esperando el momento de reunirse con ellos en la eternidad. Pero el destino, que le gusta burlarse de las promesas hechas en el dolor, tenía preparada una sorpresa que cambiaría todo para siempre.
Ocurrió aquella noche, en una calle solitaria y peligrosa de la ciudad, cuando vio a una joven caminando sola, de belleza serena, porte elegante y modales que parecían de otro siglo. Le preguntó qué hacía allí, y ella le respondió con una educación exquisita, llamándolo "honorable señor", y rechazó su ayuda con una dignidad impresionante. Luego, la vio alejarse y notó cómo observaba su furgoneta militar con una mirada extraña, como si viera en ella algo que nadie más veía.
Años después, cuando el cadete Daniel Márquez ingresó en la academia, Orlando reconoció de inmediato esos ojos, esa forma de hablar, esa inteligencia fuera de lo común, ese honor innato. Al principio no supo por qué, pero aquel joven le atraía de una forma especial. Lo tomó bajo su protección, lo enseñó todo, lo guió, vio en él cualidades increíbles, el espíritu de un gran líder, de un gran soldado, tal como el que él siempre hubiera querido ser, o tal como hubiera querido que fuera su hijo.
Y cuando llegó el día en que Daniela se quitó la gorra, dejó caer su cabello oscuro y reveló su verdadera identidad, diciéndole: "Soy yo, señor. La misma que usted conoció aquella noche", algo se rompió dentro del corazón de Orlando. No fue sorpresa, ni enojo, ni confusión. Fue algo mucho más grande.
Al verla allí, de pie, hermosa, fuerte, valiente, inteligente, llena de dolor pasado pero llena de luz, al verla luchar por la justicia, por su nombre, por su verdad, Orlando sintió que su pecho se llenaba de algo que creía muerto y podrido hacía mucho tiempo: amor. Pero no el amor de pareja, ese que él había jurado olvidar. Era un amor más grande, más puro, más profundo: el amor de padre.
Entendió entonces por qué el destino le había hecho cruzar su camino dos veces, por qué la había reconocido, por qué le había tomado tanto cariño. Vio en ella, en Daniela, a la hija que nunca tuvo, a la familia que le fue arrebatada, a la continuación de su propia vida. Camille, desde el cielo, le había enviado ese regalo para que no estuviera solo, para que tuviera por quién vivir.
Esa misma tarde, después de enterarse de su historia, de su sufrimiento, de su valentía, Orlando Gutiérrez, el hombre que juró no volver a amar ni volver a tener familia, se arrodilló ante ella, tomó sus manos y le dijo con la voz rota por la emoción, pero llena de una felicidad inmensa:
—Daniela… Hace años juré no volver a amar, porque creía que mi destino era la soledad y el recuerdo. Pero el destino es sabio, y me trajo hasta ti. Tú has llenado el vacío más grande de mi vida, ese que creía imposible llenar. No tengo hijos, ni familia, ni nada que dejar… pero si tú me lo permites, desde este momento te adopto como mi propia hija. Seré tu padre, tu protección, tu guía, y nadie te hará daño mientras yo viva. Camille, mi amada esposa, y mi hijo, sé que están sonriendo ahora mismo, sabiendo que por fin ya no estoy solo.
Daniela, que también había crecido sin el amor de un padre verdadero, que solo había conocido el abandono y la crueldad en su propia sangre, rompió a llorar y se lanzó a sus brazos, abrazándolo con fuerza.
—¡Padre! —le dijo, por primera vez llamando así a alguien con amor y verdad—. Yo tampoco tenía a nadie, y ahora… ahora tengo el honor de ser hija del hombre más honorable y bueno que existe.
Desde ese día, Orlando Gutiérrez rompió su antiguo juramento, no por debilidad, sino por amor verdadero. Nunca se volvió a casar, pues su corazón seguía perteneciendo a su amada francesa, pero ya no vivía solo. Su casa, antes fría y silenciosa, se llenó de vida, de visitas, de risas de sus nietos cuando estos nacieron.
Se convirtió en el padre que Daniela nunca tuvo, en el suegro que Javier adoraba y respetaba, y en el abuelo orgulloso y querido por todos. Pasó sus últimos años rodeado de amor, cumpliendo la promesa que ahora sí tenía sentido: amar, proteger y honrar a esa hija que el cielo le había enviado para sanar sus heridas y darle, al fin, la felicidad que siempre se mereció.
Ella misma les puso la trampa y tanto Alvaro como Mirian cayeron
Pobre Javier, todo lo que sufrió, por suerte volvió Daniela
Ojalá Alvaro también pague