Un tornado rosa contra un bloque de hielo
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8
Luna estaba en medio de una batalla campal con un par de calcetines rebeldes y su maleta medio abierta cuando su teléfono vibró sobre la mesa coja. Al ver un número desconocido, contestó con su habitual energía, sin imaginar que al otro lado de la línea se gestaba su destino.
—¿Bueno? —dijo ella, todavía jadeando por el esfuerzo de cerrar un cajón.
—¿Hablo con la maestra del anuncio rosa? —la voz de Mila sonaba joven, vibrante y extrañamente emocionada.
—La misma. Luna a sus órdenes. ¿Buscas clases de español o solo te gustó el color del papel? —bromeó la mexicana, recuperando el aliento.
—Busco a alguien que no se asuste con facilidad. Mi hermano es… complicado. Pero pagamos el cuádruple de lo que pidas, con una condición: las clases son intensivas y debes mudarte a nuestra residencia. El transporte en Moscú es un caos y mi hermano prefiere tener a todo el personal bajo el mismo techo. ¿Aceptas la entrevista?
Luna se quedó congelada. ¿Mudarse? ¿Pagar el cuádruple? Miró su radiador goteante y las manchas de humedad en el techo. No sabía quiénes eran los Petrov; en su mente, solo eran otra familia de millonarios rusos con demasiado dinero y poca paciencia. "Seguro son unos viejitos excéntricos", pensó.
—Chica, por ese dinero, como si quieren que les enseñe español a sus gatos. Pásame la dirección.
Dos horas después, un auto negro de cristales blindados —que Luna confundió con un servicio de lujo exagerado— la dejó frente a las puertas de hierro de la mansión. Al bajar, Luna se sintió como un pequeño punto de color en un mundo de blanco y negro. Llevaba una chaqueta amarilla vibrante, sus rizos oscuros desafiando la gravedad y una maleta que parecía tener vida propia.
—¡Madre mía! ¿Esto es una casa o el set de una película de Drácula? —murmuró para sí misma mientras caminaba hacia la entrada principal.
Igor la recibió en el vestíbulo. Al ver a la mujer de 1.55 metros, con cara de ángel y ojos que parecían echar chispas de curiosidad, el hombre no pudo evitar una sonrisa de medio lado.
—¿Usted es la maestra? —preguntó Igor, incrédulo ante la diminuta figura.
—La mismísima Luna. Y si vas a decir algo sobre mi estatura, ahórratelo, que el picante viene en frasco chico —respondió ella con una sonrisa que desarmó la seriedad del guardia.
Igor soltó una carcajada genuina.
—Definitivamente, usted es lo que necesitamos. Pase, el señor Petrov la espera en su despacho. Y una advertencia: no le gusta que lo interrumpan, no le gusta el ruido y, sobre todo, no le gusta perder el tiempo.
Luna rodó los ojos.
—Pues a mí no me gustan los hombres gruñones, pero aquí estamos, ¿no?
Igor la guio a través de pasillos interminables, llenos de arte gótico y sombras, hasta llegar a las puertas de roble. Al abrirse, Luna entró con la frente en alto. El despacho estaba sumido en una penumbra elegante, y detrás del escritorio de ébano, un hombre sombrío de aura oscura y ojos gélidos la observó como si fuera un espécimen extraño bajo un microscopio.
Ivan Petrov no dijo nada. Simplemente dejó que su presencia hipnótica y aterradora llenara la habitación. Luna, lejos de intimidarse, soltó su maleta, se cruzó de brazos y lo miró directamente a esos ojos que hacían temblar a la mafia rusa.
—¿Y bien? —soltó Luna con su acento vibrante—. ¿Me va a contratar para enseñarle a hablar o solo se va a quedar ahí sentado practicando para ser una estatua?
Por primera vez en una década, Ivan Petrov se olvidó de cómo respirar durante un segundo.