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EL PRECIO DEL HIELO

EL PRECIO DEL HIELO

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / CEO / Amor tras matrimonio / Romance oscuro
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Mahary Garcia

El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.

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CAPITULO 12

(Narrado por Valeria Varela)

El viaje de regreso a la mansión transcurrió en silencio, pero no era un silencio vacío, ni pesado como tantas veces antes. Ahora el aire vibraba con todo lo que habíamos dicho, todo lo que habíamos cambiado, todo lo que todavía nos quedaba por decir. Yo miraba por la ventanilla, pero en realidad no veía las luces de la ciudad ni las calles conocidas; lo único que veía era él: Dante, conduciendo con esa seriedad que siempre tuvo, pero que ahora ya no era arrogancia, sino entrega. Lo miraba de reojo, y sentía esa mezcla extraña de dolor y deseo, de miedo y certeza que solo él lograba provocarme.Tres años. Tres años en los que yo fui la sombra en su propia casa, la mujer que él tenía y que no miraba, la que amaba en silencio mientras él se perdía en los brazos de otra. Y ahora... ahora él iba ahí, a mi lado, pendiente de cada uno de mis movimientos, como si yo fuera el único tesoro que le quedaba en el mundo. Y lo peor —y lo mejor— es que me gustaba. Me gustaba demasiado sentirme así: poderosa, deseada, dueña de mi vida y, poco a poco, dueña de él.

—¿En qué piensas? —me preguntó, y su voz suave me hizo volver al presente.Me giré hacia él, y lo estudié bien. Esos ojos oscuros que antes solo me miraban con frialdad o indiferencia, ahora me miraban con hambre, con adoración, con una necesidad que me estremecía entera.—Pienso en todo lo que pasó hoy —le respondí con calma, aunque por dentro mi corazón latía fuerte—. En que hace apenas unas semanas yo hubiera dado cualquier cosa por que me miraras así, y ahora... ahora soy yo la que decide si te dejo acercarte o no. Pienso en que tengo todo el poder, toda la verdad, y que podría destruirte si quisiera. O perdonarte. Y que todavía no sé bien qué voy a hacer.-

Vi cómo se le aceleraba la respiración, cómo sus manos apretaban un poco más el volante. Sabía que mis palabras le dolían, pero también sabía que eran lo único que podía sanarnos.—Lo sé —dijo bajito, con voz ronca—. Me ganaste, Valeria. Me ganaste en todo: en inteligencia, en dignidad, en amor. Y si tienes que hacerme pagar cada segundo de dolor que te causé, lo haré. Lo acepto. Porque estar a tu lado, aunque sea así, con tus condiciones, con tu distancia... es mil veces mejor que haber vivido todos estos años sin ti de verdad.-

Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas, pero no dejé que cayeran. No ahora. Todavía no. Demasiado pronto para creerlo todo, me repetí, aunque mi cuerpo ya me gritaba que sí, que lo sintiera, que me entregara.Y entonces vino el recuerdo, como siempre, apareciendo de golpe, vivo, doloroso...Hace año y medio. Una noche que jamás podré borrar. Yo estaba en mi ala, lejos de él, como siempre. Había escuchado rumores, cosas que decían los empleados, miradas que se cruzaban cuando yo pasaba. Dante e Isabella. Siempre juntos, viajes, cenas, apariciones públicas donde ella iba como si fuera la esposa, y yo... yo solo era el nombre en los papeles.Esa noche él llegó tarde. Oí su coche, sus pasos fuertes por el pasillo. Y luego, el sonido de su voz, bajita, cerca de mi puerta. Me asomé por el hueco de la cerradura y lo vi: apoyado en el marco, borracho, despeinado, con los ojos brillantes de deseo... pero no por mí. Hablaba por teléfono con ella.—Eres la única que me entiende —decía, y sentí cómo se me partía el pecho en mil pedazos—. Valeria... ella es solo un trato, un nombre. No es nada comparada contigo. No me hace sentir nada.Me aparté de la puerta como si me hubieran quemado. Me fui corriendo hasta la cama, me tapé la cabeza con la almohada para no oírlo más, y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Esa noche entendí algo que me dolió más que todo: él no solo me despreciaba, sino que además se lo decía a ella, la usaba para humillarme, para convencerse a sí mismo de que yo no valía nada.Y lo peor... los celos. Esos celos que me comían viva, que me hacían odiarla a ella, odiarlo a él, y odiarme a mí misma por seguir amándolo a pesar de todo. Celos de ver cómo ella tenía todo lo que yo quería: su atención, su risa, sus palabras dulces, su cuerpo. Mientras yo... yo solo tenía su apellido y su indiferencia.

Volví al presente, y tragué fuerte para alejar el dolor.Llegamos a la mansión. Entramos, y el silencio de siempre nos recibió, pero ahora se sentía distinto. Subimos la escalera, él detrás de mí, y yo sentía su mirada recorriéndome la espalda, mis caderas, cada paso que daba. Sabía lo que sentía. Sabía lo que deseaba. Y lo estaba dejando sentirlo,  estaba dejando sufrirlo, porque él me había hecho sufrir mucho más. Al llegar a la puerta de nuestra habitación —esa que durante años fue solo suya, donde yo casi nunca entraba— me detuve y me giré hacia él.—Mañana será el día —le dije, seria, marcando bien mis palabras—. Mañana frente a toda la prensa, frente al país entero, vas a decir la verdad. Vas a contar cómo Isabella te usó, cómo te llenó de mentiras, cómo intentó robarme todo. Y vas a confesar tus errores, Dante. Vas a decirle al mundo que fuiste ciego, que fuiste cruel, que me hiciste daño. ¿Eres capaz de eso? ¿De humillarte así por mí?-

Se acercó un paso, muy despacio, y sentí su calor envolverme. Sus ojos estaban brillantes, serios, decididos.—Me arrodillaré si hace falta —respondió, y su voz no tembló ni un segundo—. Diré lo que tú quieras, cómo tú quieras. No me importa quedar mal, no me importa que me juzguen. Lo único que me importa es que tú quedes limpia, que tú quedes como lo que eres: la única dueña de todo esto, la única mujer que importa. Que sepan todos que yo fui el estúpido que no supo ver lo que tenía. Y que ahora... ahora estoy dispuesto a todo para recuperarte.-

Sentí un escalofrío que nada tenía que ver con el frío. Me gustaba así. Me gustaba tenerlo así: rendido, sincero, mío.—Entonces entra —le dije, abriendo la puerta y dejándolo pasar—. Mañana tienes que estar perfecto. Y yo voy a estar ahí, observando cada palabra, cada gesto. Si fallas... se termina todo. Para siempre.-Una vez dentro, cerré la puerta y me quedé un momento apoyada en ella, respirando hondo. La habitación olía a él, a su perfume, a todo lo que siempre quise y que ahora tenía tan cerca, tan al alcance de la mano... pero que todavía no podía tocar.Me quité la chaqueta, la dejé aparte, y empecé a desabrocharme la blusa, despacio, con calma, sabiendo perfectamente que él no me quitaba la vista de encima. Lo veía al fondo, cerca de la chimenea, parado, rígido, con las manos apretadas a los costados, luchando consigo mismo para no venir corriendo hacia mí. Y me gustaba verlo así: torturado por su propio deseo, pagando con cada segundo de espera todo lo que me hizo pasar.

Otro recuerdo me golpeó, este más intenso, más doloroso... y más lleno de deseo.Hace dos años. Una noche, él vino a mi habitación. Llegó borracho, furioso, desesperado. Entró sin pedir permiso, me miró con esos ojos que ardían, y yo... yo, tonta, enamorada, pensé que por fin había cambiado, que por fin me quería.—Vente —me dijo solo eso, con voz áspera.No dijo nada más. Me tomó de la mano, me llevó hasta la cama, y me tuvo ahí. Me besó, sí, me tocó, sí... pero con rabia, con prisa, como si yo fuera un objeto, como si solo sirviera para calmar su necesidad, su frustración, su soledad. No me miró a los ojos. No me dijo ni una sola palabra bonita. Cuando terminó, se vistió, se fue, y me dejó ahí, desnuda, temblando, con el corazón roto y el cuerpo ardiendo, preguntándome qué había hecho mal, por qué no podía hacerlo quedarse, por qué no podía hacer que me amara.Esa noche entendí también: él podía tenerme, podía tocarme, podía hacerme suya... pero no me daba nada de él. Solo me daba su cuerpo, pero nunca su alma....Y ahora, mirándolo ahí parado, supe que todo eso estaba cambiando.

Me quité la blusa del todo, dejando al descubierto mis hombros, mi espalda, la fina tela de encaje negro que cubría mi pecho. Bajé la falda, que cayó suavemente al suelo, y me quedé solo con las medias de seda que subían hasta mis muslos, y la ropa interior oscura, elegante, hecha para provocarlo, para recordarle todo lo que se perdió, todo lo que ahora tenía que ganarse.

Di unos pasos hacia él, despacio, descalza sobre la madera fría, disfrutando de cómo sus pupilas se dilataban, cómo se le aceleraba el pulso, cómo tragaba saliva con fuerza, sin poder apartar la vista de mí. Me paré tan cerca que podía sentir el calor de su pecho contra el mío, tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaban. Levanté las manos y las posé sobre su pecho, justo donde sentía su corazón golpear con fuerza, desbocado, igual que el mío.

—Te recuerdo las reglas, Dante —le dije bajito, casi susurrando, rozando mis labios con los suyos solo un instante, solo para torturarlo un poco más—. Esta noche, igual que la anterior: tú en el sofá, yo en la cama. Puedes mirarme todo lo que quieras. Puedes desearme hasta dolerte el cuerpo, hasta no aguantar más... pero no me tocas. Todavía no.-

Vi cómo se le cerraban los ojos un segundo, cómo luchaba por controlarse. Sus manos temblaban a los costados, deseando, necesitando, queriendo rodear mi cintura, llevarme contra él, besarme hasta que nos faltara el aire.—Me estás matando, Valeria —gimió bajito, con voz quebrada por el deseo—. Me estás torturando a propósito, lo sé. Y lo peor es... que me encanta. Que lo acepto. Porque sé que cuando llegue el momento... cuando me permitas tocarte, cuando seas mía de verdad... va a valer cada segundo de esta espera.-

Sonreí, esa sonrisa que yo sabía que lo volvía loco, y bajé mis manos despacio por su pecho, rozando su abdomen, sintiendo cómo se tensaba cada músculo bajo mi tacto, cómo su cuerpo reaccionaba a mí de formas que ya no podía ocultar.—Entonces aprende a esperar —le dije, mirándolo directo a los ojos, con toda la autoridad que ahora tenía—. Porque antes... tú solo querías mi cuerpo. Lo tomabas, lo usabas, y al día siguiente ni siquiera me mirabas. Pero ahora... ahora tienes que ganarte mi cuerpo y mi alma. Y te aseguro, Dante... que la recompensa será mil veces mejor que cualquier cosa que hayamos tenido. Cuando yo decida que es el momento... no te dejaré ir. Y te haré sentir todo lo que me hiciste sentir: el deseo, la necesidad, el amor... todo multiplicado por mil.-

Retiré mis manos de él, me giré y caminé hasta la cama, sintiendo cada paso, sabiendo que me miraba, que me devoraba con la mirada. Me metí entre las sábanas, me cubrí hasta los hombros, y lo miré desde ahí, desde mi lugar, desde mi trono.—Buenas noches, Dante. Mañana lo es todo. Y recuerda: si fallas, si dices algo que no sea lo que yo quiero... te irás de aquí para siempre. Y no volverás a verme jamás.-

Lo vi ir hacia el sofá, despacio, pesado, como si cada paso le costara la vida. Se sentó, se quitó la chaqueta y los zapatos, y se recostó, pero no apartó la vista de mí. Sus ojos brillaban en la penumbra, llenos de promesas, llenos de amor, llenos de deseo que quemaba.—Buenas noches, mi reina —me respondió con voz suave, llena de adoración—. Descansa. Que yo estaré aquí, despierto, cuidándote. Tal como debí haber hecho siempre.-

Apagué la luz, pero seguí con los ojos abiertos, mirando su silueta recortada en la oscuridad, sintiendo cómo el aire entre nosotros ardía, cargado de todo lo que estaba por venir.Mañana. Mañana todo cambiaría. Mañana saldría a la luz toda la verdad, caería Isabella, y yo sabría por fin si Dante Moretti era capaz de ser el hombre que yo necesitaba, el hombre que merecía mi amor, mi vida, mi todo.Y mientras escuchaba su respiración tranquila, sentí algo que hacía mucho no sentía: esperanza. Y también, un deseo que me quemaba por dentro, esperando el momento exacto en que yo misma decidiera romper todas las reglas, y entregarme a él, sin miedos, sin dudas, para siempre.

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Laura Panama
así me gusta que se defienda no que se umille
Maria natalia Jauregui ramirez
Si
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