Valentina descubre que su novio no solo le es infiel, sino que forma parte de la mafia. Lo que no esperaba era cruzarse con Dante Moretti, un hombre tan peligroso como irresistible, que decide convertirla en su obsesión. Atrapada entre traición, poder y deseo, Valentina deberá sobrevivir en un mundo donde amar puede ser la peor condena.
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10
El silencio que quedó después de su decisión no fue un alivio, ni una pausa necesaria, ni siquiera un momento de claridad; fue algo mucho más pesado, más difícil de sostener, como si cada segundo que pasaba dentro de esa casa fuera una confirmación constante de que había cruzado una línea que no entendía del todo, pero que ya no podía ignorar. Valentina permanecía de pie en medio de la sala, con la sensación incómoda de que todo a su alrededor había cambiado sin que nada físico lo demostrara realmente, como si el aire se hubiera vuelto más denso, más consciente, más cargado de una tensión que ya no era solo externa, sino completamente interna, instalada en su pecho, en su respiración, en la forma en que sus pensamientos ya no lograban ordenarse con la misma facilidad de antes, porque ahora cada idea la llevaba inevitablemente al mismo punto: a él, a lo que representaba, a lo que hacía sentir, a lo que estaba empezando a provocar en ella sin permiso, sin lógica, sin una razón que pudiera aceptar con tranquilidad.
Dante no se movió inmediatamente después de hablar, pero tampoco se alejó, manteniéndose a una distancia que no era invasiva pero tampoco neutral, una distancia calculada, medida, como si entendiera perfectamente cuánto acercarse para no romper el momento, pero lo suficiente para no perderlo, para no soltar esa conexión invisible que se había formado entre los dos sin necesidad de palabras claras; su mirada seguía fija en ella, no de una forma superficial ni curiosa, sino profunda, analítica, como si estuviera intentando leer cada capa de lo que pasaba dentro de ella, como si no le bastara con lo que decía, sino que necesitara ver lo que no estaba dispuesta a admitir en voz alta, y eso, más que incomodarla, empezaba a inquietarla de una forma distinta, porque no era solo la sensación de ser observada, sino la sensación de ser comprendida sin haber dado permiso para ello.
Valentina finalmente se movió, no porque tuviera un destino claro, sino porque quedarse quieta empezaba a sentirse como una rendición que no estaba lista para aceptar; caminó unos pasos hacia la ventana, apoyando apenas la mano sobre el vidrio frío como si necesitara anclarse a algo real, algo que no dependiera de él, algo que no estuviera condicionado por esa presencia constante que parecía seguirla incluso cuando no estaba mirando directamente, y durante unos segundos no dijo nada, no porque no tuviera qué decir, sino porque no sabía por dónde empezar, porque cualquier palabra parecía insuficiente frente a lo que estaba sintiendo, frente a lo que estaba pasando, frente a lo que ya no podía negar del todo aunque quisiera.
—Esto no puede seguir así —murmuró finalmente, sin girarse, sin mirarlo, pero con la voz lo suficientemente clara como para que no quedaran dudas de que lo que decía era serio, real, necesario.
Dante no respondió de inmediato, y ese silencio no fue casual, no fue ausencia, fue una pausa deliberada, como si estuviera evaluando no solo las palabras, sino la intención detrás de ellas, como si supiera que ese tipo de frases no eran simples intentos de poner límites, sino señales de algo más profundo, de una lucha interna que estaba empezando a definirse.
—Entonces decime cómo —respondió finalmente, su voz baja, controlada, sin rastro de ironía ni desafío, lo cual, de alguna manera, la descolocó más que cualquier otra reacción que podría haber esperado.
Valentina frunció el ceño, girándose lentamente hacia él, buscando en su expresión alguna señal de burla, de manipulación, de juego, pero no encontró nada evidente, solo esa calma constante que empezaba a resultarle difícil de interpretar.
—No sé —admitió, con más honestidad de la que pretendía—. Pero esto… esto no es normal.
—Nunca dije que lo fuera.
—Y eso no te importa.
—No.
La respuesta fue inmediata, sin rodeos, sin intentos de suavizarla, y eso, lejos de tranquilizarla, le generó una sensación extraña, porque no estaba acostumbrada a ese tipo de sinceridad cruda, directa, sin filtros, sin excusas.
—A mí sí me importa —insistió ella, cruzándose de brazos, no como defensa sino como una forma de mantenerse firme en lo que estaba diciendo—. Porque esto… lo que sea que es… no tiene sentido.
Dante dio un paso hacia ella, lento, medido, sin invadir completamente su espacio, pero acercándose lo suficiente como para que su presencia volviera a sentirse con fuerza, como una presión constante que no podía ignorar.
—No todo lo que importa tiene que tener sentido.
El silencio que siguió fue denso, cargado, incómodo, porque esa frase, aunque simple, tocaba algo que ella no quería analizar demasiado, algo que prefería mantener en segundo plano, algo que empezaba a crecer sin que tuviera claro cómo detenerlo.
Valentina negó con la cabeza, apartando la mirada un segundo como si eso pudiera ayudarla a recuperar claridad.
—No voy a quedarme acá indefinidamente.
—No te lo estoy pidiendo.
—Entonces dejame ir.
Dante no respondió de inmediato, y ese silencio volvió a ser más elocuente que cualquier palabra, porque no era una negativa directa, pero tampoco era una aceptación, era algo intermedio, algo que implicaba condiciones, algo que dejaba en claro que nada en esa situación era simple.
—Todavía no —dijo finalmente.
El corazón de Valentina se tensó.
—¿Por qué?
Dante sostuvo su mirada.
—Porque no terminó.
—¿Qué no terminó?
Un segundo de silencio.
—Esto.
El aire se volvió más pesado, más difícil de sostener, porque esa respuesta no aclaraba nada y, al mismo tiempo, lo decía todo, porque implicaba que lo que estaba pasando no era un episodio aislado, no era un error momentáneo, no era algo que simplemente podía dejar atrás y seguir con su vida.
Valentina dio un paso hacia él esta vez, acortando la distancia de una forma que no fue completamente consciente, pero que tampoco intentó evitar.
—Entonces terminémoslo.
El desafío fue claro.
Directo.
Real.
Dante la observó, y por primera vez en ese momento, algo en su expresión cambió de forma más evidente, no completamente, no de manera brusca, pero sí lo suficiente como para notar que esa propuesta no era tan simple para él como ella pretendía que fuera.
—No funciona así.
—¿Por qué no?
—Porque no depende solo de lo que vos querés.
El silencio cayó con fuerza.
—Entonces depende de lo que vos querés.
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
Sin vergüenza.
Sin dudas.
Y eso…
Eso fue lo que la golpeó.
Porque no había espacio para interpretaciones.
No había dobles sentidos.
No había escapatoria en esa respuesta.
Valentina sostuvo su mirada, sintiendo cómo algo dentro de ella se tensaba, no solo por lo que él decía, sino por la forma en que lo decía, por la seguridad con la que lo hacía, por la ausencia total de dudas, como si realmente no existiera otra posibilidad en su mente.
—No podés controlar todo.
—No intento controlar todo.
—Entonces qué estás haciendo conmigo.
El silencio se extendió.
Pesado.
Y entonces…
Dante dio un último paso.
Cerrando completamente la distancia.
Su cercanía ya no era sugerida.
Era total.
Pero no la tocó.
No todavía.
—Intentando no soltarte.
La frase cayó de una forma distinta.
No como una amenaza.
No como una orden.
Sino como algo más.
Algo que no encajaba del todo con la imagen que ella tenía de él.
Algo que la descolocó completamente.
Valentina no respondió.
No pudo.
Porque no esperaba eso.
Porque no sabía cómo procesarlo.
Porque no sabía si era verdad… o si era otra forma de control.
Y ese instante de duda…
Fue suficiente.
Porque Dante levantó la mano lentamente, acercándola a su rostro, pero esta vez sin tocarla de inmediato, dejando ese espacio mínimo entre su piel y sus dedos como si esperara una reacción, como si le diera la oportunidad de apartarse, de negarse, de marcar un límite claro.
Valentina no lo hizo.
No se movió.
No retrocedió.
Y eso…
Eso fue una respuesta.
Porque entonces él la tocó.
Suavemente.
Casi con cuidado.
Como si ese contacto fuera más importante de lo que debería.
—Esto es lo que no podés explicar —murmuró.
El corazón de Valentina se aceleró.
—No es real.
—Lo es.
—No.
—Sí.
El intercambio fue inmediato, pero más débil de su parte, menos firme, menos seguro, porque ahora ya no se trataba solo de palabras, sino de lo que estaba sintiendo en ese momento, de lo que su cuerpo estaba registrando sin que pudiera detenerlo.
Y entonces…
El sonido de un teléfono volvió a romper el momento.
Pero esta vez no fue el de Dante.
Fue el de ella.
El impacto fue inmediato.
Valentina se apartó de golpe, como si ese sonido fuera una excusa perfecta para romper lo que estaba pasando, para recuperar aire, para recuperar espacio, para recuperar algo de control.
Miró la pantalla.
Y su corazón se detuvo un segundo.
Santiago.
El nombre volvió.
Como un recordatorio.
Como una amenaza.
Como algo que no había terminado.
Dante lo vio.
Claro que sí.
Y esta vez…
No lo ocultó.
Porque la forma en que su mirada cambió…
Fue inmediata.
Más oscura.
Más cerrada.
Más peligrosa.
—Atendé —dijo.
Su voz fue baja.
Pero cargada.
Valentina dudó.
Un segundo.
Dos.
Y entonces…
Atendió.
—¿Qué querés?
Su tono fue más frío de lo que esperaba.
Del otro lado, la voz de Santiago no sonó desesperada esta vez.
Sonó distinta.
Más controlada.
Más seria.
—Necesito verte.
Valentina cerró los ojos un segundo.
—No.
—No es una opción.
El aire se tensó.
Dante no se movió.
Pero su presencia…
Se volvió más pesada.
—Ya hablamos —respondió ella.
—No lo suficiente.
Silencio.
—Esto es importante.
—Para vos.
—Para los dos.
El corazón de Valentina se aceleró.
—No.
—Sí. —Una pausa—. Porque ya no se trata solo de nosotros.
El golpe fue directo.
Valentina abrió los ojos.
—¿Qué significa eso?
Silencio.
Y entonces…
—Significa que ya es tarde para salir.
El aire se volvió frío.
Pesado.
Peligroso.
Y cuando la llamada terminó, nada volvió a ser igual.
Porque el mundo que Dante le estaba mostrando, no era el único que la estaba atrapando.
Y ahora, había algo más.
Algo que no podía controlar.
Algo que venía a romper el equilibrio.
Y que iba a obligarla, a elegir de verdad.