Valentina Ruiz, de 29 años, se casa con Alejandro Montesinos en una ceremonia de ensueño, pero apenas después del matrimonio, él tiene que viajar a Estados Unidos por un largo viaje de negocios. Mientras él está ausente, la familia de Alejandro – su madre doña Elena, su hermana Carolina y su tío Javier – la trata con indiferencia, desprecio y hasta humillaciones.
Cuando Valentina descubre que Alejandro le es infiel con su antigua novia, decide callarlo todo para proteger el matrimonio que tanto soñó y porque cree que su amor puede cambiar las cosas.
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Capitulo 20
Valentina necesitaba encontrar los documentos de seguro de la casa que Alejandro había dejado en su despacho antes de irse a Nueva York. Doña Elena le había dicho que los necesitaba para hacer una declaración de impuestos, y Valentina sabía que el despacho de Alejandro era el único lugar donde pudieran estar.
Abrió la puerta del estudio con cautela – era un espacio que apenas entraba, reservado para él y sus asuntos de negocios. Las estanterías estaban llenas de carpetas negras y libros de economía, el escritorio de madera oscura estaba ordenado hasta el último detalle, con solo un ordenador portátil cerrado y una lámpara de pie que iluminaba el espacio. Valentina empezó a revisar los cajones superiores del escritorio, buscando los documentos.
En el tercer cajón encontró una carpeta con los papeles que buscaba, pero al sacarla, algo cayó al suelo con un sonido seco – un cuaderno de tapa dura negra, del mismo tamaño que el suyo pero más grueso. Lo recogió con curiosidad y lo abrió: estaban llenas de notas sobre el contrato en Estados Unidos, cálculos financieros y nombres de empresas asociadas. Pero en las páginas intercaladas había otras anotaciones, en un tono más personal:
"Sofía ha ayudado mucho con los trámites legales. Ella entiende de estos temas, sabe cómo moverse en este mundo. Valentina es buena, pero no entiende de negocios. No podría ayudarme como ella lo hace."
Valentina sintió cómo se le helaba la sangre, pero siguió leyendo las páginas siguientes. En algunas había cálculos sobre inversiones compartidas, acuerdos de colaboración y fechas de reuniones que Alejandro había tenido con Sofía en Nueva York – las mismas fechas en las que él le había dicho que estaba en reuniones de trabajo.
Seguía revisando el cuaderno cuando encontró una hoja suelta dentro, con una lista de transferencias bancarias: fechas, cantidades y el nombre de la cuenta receptora – "Elena Sofía Márquez". La misma mujer que la había visitado, la misma que le había mostrado las fotos con Alejandro en Nueva York. Las cifras eran elevadas, miles de dólares transferidos cada semana desde la cuenta de la empresa a la de ella.
Pero lo que más la golpeó fue encontrar, en la última página del cuaderno, una nota que no estaba dirigida a nadie:
"No sé cómo decirle a Valentina. Ella es buena, me ama, pero no es la persona que necesito a mi lado para este proyecto. Sofía sí lo entiende todo – los negocios, el prestigio, lo que significa ser Montesino. Mi madre siempre dijo que ella era la adecuada para mí. Quizás es hora de aceptarlo."
Valentina cerró el cuaderno con manos temblorosas y lo guardó en su sitio original, como si no lo hubiera tocado. Se quedó sentada en la silla giratoria detrás del escritorio, mirando el ordenador cerrado y las fotografías de la familia que estaban sobre el estante – en todas ellas, Alejandro sonreía junto a su madre y Carolina, pero ella no aparecía en ninguna.
Se levantó y fue a revisar los cajones inferiores del escritorio, donde guardaba papeles más antiguos. Allí encontró varios extractos bancarios, todos con transferencias a la misma cuenta de Sofía. No eran solo pagos por trabajo, sino cantidades que parecían regalos o ayudas económicas. Se dio cuenta entonces de que la infidelidad no era solo una cuestión de amor – era algo más profundo, algo que involucraba los negocios, algo que quizás la familia conocía y apoyaba.
Regresó a su habitación con la cabeza baja, llevando los documentos de seguro que doña Elena necesitaba. Al llegar, encontró a Carolina esperándola en el pasillo:
—¿Has encontrado los documentos? —preguntó, con una mirada penetrante—. Mi madre los necesita para esta tarde.
—Sí —respondió Valentina, sin mirarla a los ojos—. Ya se los entregaré en un momento.
Carolina la miró de arriba abajo y sonrió con satisfacción: "Bueno. Alejandro llamará esta tarde para confirmar los detalles de su regreso. Espero que estés preparada para lo que venga".
Valentina entró en su habitación y cerró la puerta con llave. Se tiró en la cama y cogió su diario, escribiendo con la mano izquierda para no molestar la herida que aún le dolía:
"Hoy descubrí que la infidelidad no es solo un error. Es parte de algo más grande – de negocios, de intereses, de lo que ellos consideran 'adecuado'. Sé que la familia lo sabe, que lo aprueba. Y yo sigo aquí, callando como siempre. Pero ya no puedo más. Ya no puedo seguir mintiéndome a mí misma."
Guardó el diario y se quedó mirando por la ventana, esperando la llamada de Alejandro. Pero cuando el teléfono sonó esa tarde, solo dijo que todo estaba bien, que había encontrado los documentos y que lo esperaba con ansias. No le dijo nada sobre el cuaderno, ni sobre las transferencias, ni sobre la sensación de vacío que ahora la envolvía por completo.