"Fui subastada al diablo, pero él no sabía que yo sería su infierno."
En el Amazonas, todo tiene un precio. Mía fue vendida como mercancía al hombre más temido de Sudamérica: Renzo Cavalli. Él la compró para poseerla y quebrarla, pero subestimó el fuego bajo su piel de seda.
Entre huidas por la selva, traiciones y una pasión letal, Mía deberá decidir: ¿hundir el puñal en su espalda o convertirse en la reina de su imperio de sangre?
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Capítulo 13
Eran las tres de la mañana. Mía estaba envuelta en las sábanas de seda negra, con el cuerpo todavía adolorido y la mente en un caos absoluto, cuando un ruido en el balcón la hizo saltar.
Renzo, que dormía como un depredador con un ojo abierto, ya estaba de pie. En un movimiento fluido, sacó una escopeta recortada que guardaba bajo la cama. Estaba completamente desnudo, luciendo las marcas de los arañazos de Mía en su espalda como medallas de guerra.
—Si es otro enviado del Alacrán, juro que voy a usar sus tripas como hilo dental —gruñó Renzo, acercándose al ventanal.
—¡Mía! ¡Mía, soy yo! —un susurro desesperado llegó desde afuera.
Mía se asomó, frotándose los ojos. Ahí estaba Julian Von Bergen, el heredero alemán, aferrado a una enredadera gigante, con el traje de marca desgarrado y un aspecto de haber peleado con todos los insectos del Amazonas.
—¿Julian? —Mía se echó a reír histéricamente, cubriéndose con una bata—. ¿Qué diablos haces ahí colgado? Pareces un mono con sobrepeso.
—¡He venido a salvarte! —declaró Julian, logrando saltar dentro de la habitación—. He visto cómo ese monstruo te sacó del comedor. ¡No tienes que vivir así, Mía! Tengo un jet privado esperando en la pista clandestina. ¡Huyamos!
Renzo dio un paso fuera de las sombras, encendiendo la luz principal y apuntando la escopeta directamente a la entrepierna de Julian.
—Vaya, vaya... el caballero de la brillante armadura ha venido a por mi propiedad —dijo Renzo con una voz que era puro veneno—. Julian, tienes tres segundos para explicarme por qué no debería convertirte en un eunuco antes de que toques el suelo de la selva.
—¡Renzo, baja eso! —Mía se puso en medio, no por amor a Julian, sino porque la situación era ridícula—. Julian, eres un idiota. No necesito que me rescates, y mucho menos alguien que se queda atrapado en una planta.
—¡Pero Mía! ¡Él te compró! ¡Es un criminal! —chilló Julian, temblando mientras miraba el cañón de la escopeta.
—Sí, es un criminal, un psicópata y tiene un gusto pésimo en decoración —replicó Mía, mirando de reojo a Renzo, quien la observaba con una intensidad aterradora—, pero anoche me demostró que tiene... otros talentos. Ahora, vete por donde viniste antes de que Cavalli decida que eres el postre.
Renzo soltó una carcajada oscura, pero no bajó el arma. Caminó hacia Julian y le puso el cañón frío contra la frente.
—Escúchame bien, Von Bergen. Ella no es una víctima. Ella es el incendio que ha quemado mi autocontrol. Y tú acabas de entrar en su jaula —Renzo miró a Mía con una posesividad demente—. ¿Quieres que lo mate, Mía? Solo tienes que decir que sí y mañana no habrá herederos tecnológicos en Alemania.
Mía puso los ojos en blanco, provocando a Renzo una vez más al acercarse y bajarle el arma con un dedo, dejando que su bata se abriera ligeramente, distrayéndolo a propósito.
—No lo mates, Cavalli. Ya tiene suficiente castigo con ese peinado. Julian, vete. Ahora mismo.
Julian, al ver la mirada de "loco deseoso" que Renzo le dirigía a Mía y cómo ella se movía con una confianza nueva tras su primera noche, comprendió que no había nada que rescatar. Se tropezó hacia el balcón y se deslizó por la enredadera, cayendo probablemente sobre un nido de hormigas rojas.
Renzo cerró el ventanal de un golpe y tiró la escopeta al sofá. Agarró a Mía por la cintura, pegándola a su cuerpo desnudo con una fuerza que le quitó el aliento.
—¿Así que te rescataba, eh? —susurró él, enterrando su rostro en su cuello, marcándola de nuevo—. ¿Le contaste que ahora eres mía? ¿Que tu sangre está en mis sábanas?
—Cállate, Cavalli —respondió ella, mordiéndole el hombro—. Solo ha sido una noche. No creas que por eso voy a dejar de intentar robarte el helicóptero.
—Inténtalo —dijo él, levantándola para llevarla de vuelta a la cama—. Me encanta cuando te portas mal, porque me da la excusa perfecta para recordarte quién es el que manda en este infierno.