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La Empleada del Magnate

La Empleada del Magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Mujer poderosa / Niñero / Completas
Popularitas:965
Nilai: 5
nombre de autor: AUTORAATENA

Antonieta, una joven luchadora, acepta trabajar en la mansión de Luke Petronius para asegurar estabilidad y cuidar a su abuela enferma.

Decidida e indomable, entra en conflicto directo con la actitud rígida y controladora de Luke, dentro de un ambiente lleno de reglas y tensión silenciosa.

Entre provocaciones, límites puestos a prueba y una convivencia obligada, ambos se ven envueltos en una dinámica peligrosa donde el poder, el deseo y la resistencia empiezan a confundirse…

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CAPÍTULO 12

La Novia

Llegué a la mansión a las diez y nueve horas.

Subí directo al ala norte. Sin parar, sin hablar con nadie, sin esa necesidad que ciertas personas tienen de anunciar su propia llegada como si el mundo necesitara ser notificado.

Me duché rápido. Agua caliente, dos minutos, listo.

Me puse un jean oscuro y una blusa blanca sencilla porque Thomas no merece traje a las ocho de la noche un lunes y porque había pasado el día entero bien planchado y quería respirar. Dos golpecitos de perfume en el cuello. Me pasé la mano por el cabello que quedó como queda cuando no le haces nada y vas así de todas formas porque funciona.

Me senté en el sillón del cuarto.

Esperé.

Había algo específico pasando en mi cabeza en ese momento que no fui a nombrar en voz alta ni siquiera para mí mismo, pero que estaba ahí: esa anticipación de quien tomó una decisión y está esperando el momento de revelarla. Me gusta ese momento. En los negocios es cuando tú sabes lo que va a pasar y la otra parte todavía no lo sabe, y observas el espacio entre los dos saberes con esa calma de quien tiene el control de la narrativa.

Con Thomas sería diferente porque Thomas me conoce hace doce años y va a hacer preguntas que me van a irritar.

Pero estaba preparado.

A las siete y treinta y cinco el celular vibró.

Llegué.

Bajé.

Ya estaba en el vestíbulo con Glória cuando aparecí en la escalera, con esa sonrisa abierta de siempre que carga desde que lo conozco y que nunca he entendido completamente porque nada en la vida justifica ese nivel de buen humor constante.

—Luke —abrió los brazos.

—Thomas —me dejé abrazar porque con él es así desde hace doce años y resistirlo sería gastar energía que no tengo.

Glória desapareció por el pasillo con esa discreción perfecta suya y los dos fuimos a la sala.

Thomas lanzó el saco al sofá y se sentó con esa falta de ceremonia de quien considera mi casa extensión de la suya, algo que yo había dejado de comentar allá por el quinto año.

—A ver —me miró con ese brillo de quien lleva días aguantando la curiosidad—. Luke, en serio, estoy muerto de curiosidad. Esa tal novia de fachada. ¿Quién es?

—Tranquilo.

—No tengo tranquilidad para esto, hombre. Me lanzas una bomba hoy con esa voz de quien descubrió petróleo en el jardín y me dices lo verás esta noche. ¿Cómo quieres que esté tranquilo?

—Cenemos primero —dije—. A su tiempo sabrás quién es.

Me miró un segundo evaluando si valía la pena insistir.

—Solo espero que no sea una modelo, Luke —dijo más serio ahora—. Lo digo en serio. Emir tiene sesenta años de gente tratando de impresionarlo. Detecta la fachada de lejos, descifra el montaje antes de sentarse a la mesa. Una modelo no funciona, tiene que ser alguien que parezca real de verdad.

—También lo pensé —respondí—. Relájate, amigo.

Me siguió mirando un segundo más.

—De acuerdo —cedió—. Pero si es Valentina te juro—

—No es Valentina.

—Gracias a Dios.

Glória apareció en la entrada con esa postura de siempre.

—Señor, la cena está lista.

Asentí. Me levanté. Thomas ya estaba de pie con la agilidad de quien tiene hambre y no lo oculta.

Cenamos.

La conversación fue de negocios como siempre es con Thomas porque es el idioma que los dos hablamos sin esfuerzo: la expansión asiática, el hotel en Atenas atascado en la burocracia griega, la empresa de tecnología en São Paulo que él había identificado y que yo le había pedido que retuviera.

Yo hablaba.

Él respondía.

Y yo tenía la mitad de la atención en la periferia del salón.

Ella estaba ahí. Ese vestido negro ceñido, esa postura que había notado desde el primer día, la manera en que se movía entre el aparador y la mesa con una eficiencia silenciosa que no perturbaba nada pero que estaba presente en todo.

Y ese aroma.

Vainilla con algo más profundo por debajo que llegaba en oleadas cuando pasaba lo suficientemente cerca, y que yo había decidido no estar notando pero que claramente estaba notando porque soy honesto conmigo mismo aunque no lo sea con nadie más.

Thomas hablaba de São Paulo.

Yo respondía en piloto automático.

La otra parte de mi cabeza estaba calculando cada detalle de esa mujer que me había plantado una bofetada en mi propio cuarto y que aun así aparecía todos los días con ese vestido y esa figura que me apagaba el razonamiento en los dos minutos más inconvenientes posibles.

Cuando ella volvió con el whisky y colocó la botella y los vasos sobre la mesa con toda esa delicadeza, la observé un segundo.

—No, Antonieta —dije cuando ofreció servir.

Ella se detuvo.

Me giré hacia Thomas.

—Thomas. Quiero presentarte a Antonieta.

Un segundo entero de silencio.

Vi todo ocurrir en cámara lenta. Ella congelándose discretamente, ese congelamiento contenido que solo yo percibí porque llevaba tiempo prestándole atención. Thomas mirándome con esa ceja levantada de quien está procesando más información de la que una simple presentación conlleva.

Luego se giró hacia ella con la sonrisa de siempre.

—Hola, Antonieta. Es un placer conocer a una empleada tan linda. Luke solo contrata personas bonitas.

Me quedé mirando su rostro.

No abrió esa sonrisa amplia y calculada de quien recibió un halago de hombre rico y está sopesando qué hacer con eso. No se le iluminaron los ojos de esa manera específica de quien encontró el camino. Agradeció con esa contención que era suya, preguntó si necesitaban algo más y salió cuando la dispensé.

Simple. Directo. Sin ninguna actuación.

Me gustó ver eso.

Thomas esperó a que ella saliera completamente del salón.

Luego se giró hacia mí con esa expresión que ya conocía: mitad asombro, mitad ganas de reír.

—Luke, eso no es manera de presentar a alguien, hombre, a no—

—Y bien —lo corté antes de que terminara—. ¿Qué te pareció?

Me miró.

—¿Estás usando drogas?

—Thomas.

—Lo digo en serio, Luke. Tú. Que odias al servicio. Que no soportas mezclar las cosas. Que siempre dices que la gente de abajo se queda en su lugar. ¿Me estás presentando a la camarera de tu propia casa como candidata a novia para impresionar a un Emir?

—Qué te pareció ella —repetí despacio.

Se quedó callado.

Ese silencio de Thomas cuando está siendo honesto de verdad y no simplemente hablando para llenar el espacio.

—Es linda —dijo al fin—. Educada. Cuando la elogié no se abrió como flor esperando la lluvia, no hizo esa cosa que hacen las mujeres cuando creen que encontraron una oportunidad. Se mantuvo en su lugar con una compostura que— —se detuvo—. Hombre, sería perfecta. Emir vería al instante que es real, que no es un montaje de aparador. —Hizo una pausa—. Aunque me parece muy raro, Luke. Justo tú que odias al servicio, la gente de abajo como tú mismo dices.

—Cierra la boca —dije—. No tengo por qué darte explicaciones de nada.

—Entonces será ella.

—Será ella.

Soltó una carcajada. Esa risa corta y genuina que tiene cuando de verdad se está divirtiendo.

—Buena suerte, querido —levantó la copa hacia mí—. Vas a necesitar mucha.

Choqué mi copa contra la suya sin comentar.

Nos fuimos al salón de juegos después.

Billar y whisky, esa rutina que existe desde hace años sin que nadie la haya declarado, simplemente ocurre cuando Thomas aparece en la mansión y la noche está buena para eso.

Jugamos. Bebimos. Hablamos tonterías, de gente que conocemos, de un viaje que él planea desde dos mil quince y que yo le dije que nunca va a ocurrir porque lo conozco.

Se fue a la una de la madrugada con esa desenvoltura de quien está borracho pero se niega a admitirlo del todo.

—Buena suerte —repitió en la puerta con la sonrisa.

Cerré la puerta.

Subí.

Me acosté en la cama en la oscuridad de mi cuarto, el whisky pesando levemente en la cabeza, ese calor difuso que ablanda los bordes de todo.

Y vino ella.

No la llamé, no fui a buscarla, simplemente vino como venía todas las noches sin ser invitada. La imagen de ese primer día, en cuatro junto a mi cómoda, esa figura que me había apagado el cerebro durante dos minutos enteros sin pedir permiso.

Después el golpe.

Su mano en mi cara.

Seco. Preciso. Sin vacilación.

Nadie había hecho eso en la vida. Nadie había estado cerca de hacerlo. Y ella lo había hecho como si fuera lo más natural del mundo, como si yo fuera cualquier hombre que había cruzado el límite y no el hombre que le pagaba el salario y poseía cada centímetro de ese suelo que ella pisaba.

Las ganas de hacerla pagar esa bofetada eran grandes.

No de rabia.

De algo que me negaba a nombrar correctamente porque nombrar da poder y yo no le daba poder a nada que no controlara completamente.

Cerré los ojos.

Ella iba a ser mi novia de papel.

Iba a estar cerca de mí el tiempo suficiente.

Y yo iba a cobrar cada centímetro de esa bofetada con una calma y una precisión que ella no estaba esperando.

Me dormí con ese pensamiento.

Y dormí muy bien.

Continúa...

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Danita 🥰
Jajajaja la suela del zapato 👞
Danita 🥰
Bien merecida la cachetada👏
Danita 🥰
jejeje se viene buena🤭
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