Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.
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capitulo 15
El murmullo de la corte se desvaneció tras nosotros como el eco de una batalla lejana. Alistair no me soltó; su mano seguía anclada a la mía, guiándome con pasos largos y decididos por los pasillos de mármol hasta que el aire frío de la noche nos golpeó el rostro.
Los jardines reales de Oakhaven eran un laberinto de setos recortados y estatuas de piedra que parecían juzgarnos en silencio. La nieve cubría las fuentes, apagando el sonido de nuestros pasos. Solo nos detuvimos cuando estuvimos lo suficientemente lejos de las luces de la fiesta, bajo el cobijo de un sauce llorón cuyas ramas desnudas estaban cubiertas de escarcha, creando una cortina de cristal a nuestro alrededor.
Alistair se giró bruscamente. El contraste entre la plata de su máscara y la oscuridad de sus ojos era aterrador.
—¿Tienes alguna idea de lo que acabas de hacer allí dentro? —Su voz era un rugido contenido, una vibración que parecía hacer vibrar el aire mismo—. Has desafiado a Genevieve, has ignorado a la Reina y has humillado a cada mujer noble que esperaba que yo las sacara a bailar.
—He hecho lo que tú querías que hiciera al enviarme este vestido —respondí, mi voz firme a pesar del temblor de mis manos—. Querías que estuviera allí. Querías verme.
Él dio un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que su pecho rozó el mío. El calor que emanaba de su cuerpo era casi violento en medio del frío invernal.
—Lo que yo "quiero", Elena, es algo que no deberías desear —gruñó, y su mano subió hasta mi garganta, no para apretarla, sino para delinear la línea de mi mandíbula con su pulgar—. Quería verte, sí. Quería confirmar que eras real y no una alucinación de mis noches en el frente. Pero tenerte allí, bajo la mirada de todos... sintiendo cómo cada hombre en esa sala te desnudaba con los ojos...
Su agarre en mi cintura se volvió posesivo, casi doloroso. La sensualidad de la noche se volvió densa, cargada con la promesa de una tormenta. Podía sentir el pulso desbocado de Alistair contra mi palma mientras yo apoyaba mis manos en su uniforme de gala. El metal frío de sus condecoraciones contrastaba con el fuego que sentía subir por mis muslos.
—Me reclamaste frente a ellos —susurré, inclinando la cabeza hacia atrás—. Dijiste que el Comandante no bailaría con nadie más.
—Porque no soportaba la idea de que alguien más te tocara —admitió, y la verdad en sus palabras fue como una bofetada de placer—. Porque eres una distracción que está destruyendo mi disciplina.
Alistair se quitó la máscara con un movimiento impaciente, arrojándola sobre la nieve. Sus ojos grises estaban oscuros, llenos de un hambre que ya no intentaba ocultar. Se inclinó, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello, inhalando mi aroma con una desesperación que me hizo soltar un gemido ahogado.
—Hueles a tinta y a tentación —murmuró contra mi piel, sus labios rozando mi oreja—. Y ese vestido... este maldito vestido revela exactamente lo que quiero marcar como mío.
Sentí sus manos enguantadas bajar por mi espalda, recorriendo la seda del vestido hasta alcanzar la piel descubierta. El roce fue eléctrico. Sus dedos se hundieron en mi carne, atrayéndome hacia la dureza de su cuerpo. Podía sentir su excitación, firme y exigente, presionando contra mi vientre. Mi timidez luchaba contra el deseo incontrolable de entregarme a él allí mismo, sobre la nieve, bajo las estrellas indiferentes.
Me atreví a subir mis manos hasta su cabello, tirando ligeramente hacia atrás para que me mirara.
—Entonces hazlo —desafié—. Deja de ser el Comandante por un minuto y sé solo el hombre que me escribió esa carta. Reclámame.
Alistair soltó un gruñido animal y su boca chocó contra la mía. No fue el beso contenido del despacho, sino una invasión total. Sus labios sabían a brandy y a urgencia. Su lengua reclamó la mía con una autoridad que me dejó sin aliento, mientras sus manos subían por mis muslos, levantando las pesadas capas de seda de mi falda.
La sensación del aire gélido en mis piernas contrastando con el calor abrasador de sus manos fue una sobrecarga para mis sentidos. Sus dedos encontraron el borde de mis medias y subieron más, hasta la piel sensible de mi entrepierna, donde la humedad ya me delataba. Grité contra sus labios cuando su pulgar rozó mi centro, un contacto tan preciso y cargado de intención que sentí que mis rodillas cedían.
Él me sostuvo, pegándome contra el tronco del sauce. La corteza rugosa del árbol contra mi espalda y el cuerpo de hierro de Alistair frente a mí me hacían sentir atrapada en el mejor de los sentidos.
—Mírame, Elena —ordenó, su voz rompiéndose—. Quiero que veas quién te está tomando. No es el Duque. Es el hombre que has vuelto loco.
Lo miré, con los ojos empañados por el deseo y el cabello desordenado. Vi su vulnerabilidad mezclada con su ferocidad. En ese jardín, bajo las sombras, el "Muro de Invierno" ya no existía; solo quedaba el hombre que se estaba hundiendo conmigo.
Sus besos bajaron por mi escote, sus dientes rozando la curva de mis pechos sobre la tela del vestido, haciéndome jadear de placer. La sensualidad era cruda, real, despojada de toda la elegancia del salón de baile. Estábamos en nuestro propio campo de batalla, y yo me estaba rindiendo gustosa a cada una de sus estocadas.
Pero justo cuando la tensión llegaba a su punto crítico, un ruido lejano nos devolvió a la realidad. Risas de cortesanos acercándose a los jardines.
Alistair se tensó, separándose de mis labios pero manteniéndome sujeta por las caderas. Sus ojos escanearon la oscuridad, su instinto militar regresando al instante. Me arregló el vestido con una delicadeza que no creía posible en él, sus manos temblando ligeramente.
—Vuelve adentro —dijo, su voz recuperando la frialdad, aunque sus ojos seguían ardiendo—. No dejes que nadie vea tu rostro así.
—¿Alistair?
—Vete, Elena. Antes de que pierda el resto de mi cordura y te lleve a mis aposentos delante de toda la guardia.
Me dio un último beso, breve pero cargado de una promesa silenciosa, y se alejó hacia las sombras más profundas de los setos, desapareciendo antes de que los invitados nos encontraran.
Regresé al salón con el corazón galopando y los labios hinchados. Genevieve me observó desde lejos, sus ojos inyectados en odio, pero yo ya no sentía miedo. El frío del jardín se había quedado en mis huesos, pero el fuego de Alistair estaba grabado en mi piel.
El Baile de Tensión había logrado su propósito. Ya no había vuelta atrás. Habíamos probado el fruto prohibido y ahora el hambre solo sería mayor. Pero mientras caminaba entre la multitud, sentía que algo más se movía en las sombras. Genevieve no era la única que nos observaba.
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉