Dentro de la Mafia Rusa, existen pactos, lealdades y acuerdos, es por eso que las hijas son monedas de cambios para el ascenso de los jefes de las familia, es un modo facil modo de obtener más poder..
La familia Lombardi resultado de la unión del hijo de un capo de la Cosa znostra Italiana con la unica hija del lugarteniente y mano derecha de la Mafia Rusa. Su decendencua fue su primogeniro Alexander y kas gemelas Laura y Lorena.
El hijo y futuro jefe de la mafia rusa elvfrio y cruel Dimitri Volkov, siente una pasión descontrolada por una de las gemelas, mientras es el mejor amigo de sus hermanos, es que Lorena es un espiritu libre que odia la vida de la mafia y sueña con escapar de eze mundo, no quiere ser como.su madre, una mujer triste que se refugia en frivolidades y alcohol para olvidar su triste vida.
Dimitri logra casarse con Lorena, pero ella no quiere ser su debilidad, ni la de nadie, es por eso que aprendio defenza personal, yvparticipa en peleas clandestinas
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El puente entre dos lunas
El puente entre dos lunas
La luna de miel en Roma se desvanecía como el último sorbo de un Brunello en la terraza del Hotel de Russie, y Dimitri Volkov ya había activado el protocolo de traslado. Desde la salida del hotel, la caravana , tres SUV blindados con vidrios polarizados capaces de resistir impactos de calibre 50, se desplegó en formación de diamante, custodiando la limusina donde Lorena, aún con el resplandor del Trastevere en la mirada, ajustaba su vestido blanco.
El jefe de seguridad, un experto llamado Kirill, coordinó cada giro por las calles adoquinadas hacia el aeropuerto privado de Ciampino, donde el Gulfstream G700 de los Volkov los esperaba con motores encendidos. A bordo, Dimitri revisó tabletas cifradas mientras Lorena dormía apoyada en su hombro, envuelta en una manta de cashmere. El vuelo a Asterdan duró dos horas y cuarenta minutos, justo el tiempo para que él desactivara tres balizas de rastreo colocadas en el tren de aterrizaje, señal de que ya sabían que se movía y para que ella despertara con el cambio de presión al descender.
El aeropuerto de Asterdan, una joya de eficiencia escandinava, había cerrado una pista exclusiva por “mantenimiento”. Al abrirse la puerta, los recibió el mismo despliegue: hombres de negro con orejeras, perros pastores belgas y dos limusinas idénticas para crear rutas espejo. Lorena sonrió, ya acostumbrada al teatro de seguridad. Dimitri, en cambio, observó las azoteas. Alguien había movido un macetero desde su última visita. Pero no dijo nada; la noche en Asterdan prometía ser más larga que cualquier informe de inteligencia.
El Hotel Conservatorium, antiguo edificio de una caja de ahorros transformado en templo del lujo, los recibió con una suite en la cuarta planta que daba al Museumplein. Las paredes de ladrillo visto contrastaban con los mullidos terciopelos burdeos, y en la mesa de centro les aguardaban tulipanes negros, un gesto local que Dimitri pagó con una propina que duplicaba el salario mensual del conserje. La primera mañana, Lorena lo arrastró al Rijksmuseum, donde ella se detuvo ante La ronda de noche como si Rembrandt hubiera pintado solo para sus ojos; Dimitri fingía interés, pero su mirada recorría las salidas de emergencia.
Al mediodía, pedalearon en bicicleta por los canales, él con torpeza de oso, ella riendo entre puentes del siglo XVII y comieron stroopwafels recién hechos en un mercado flotante. Por la tarde, caminaron por el Barrio Rojo, donde Lorena señaló las vitrinas con una mezcla de fascinación y rubor, mientras Dimitri intercambiaba códigos con un vendedor de frutas que era, en realidad, su contacto local. Pero cuando el sol se ponía sobre las fachadas inclinadas de Jordaan, el hombre de negocios y la turista se desvanecían.
Las noches ardían con un erotismo que solo las ciudades viejas saben inspirar: en la penumbra de un brown café del siglo XVI, bebían genever y él le contaba cuentos de la estepa siberiana; en la suite, las sábanas de hilo egipcio se enredaban hasta el amanecer, y Dimitri, el temido Pkhan, susurraba contra el cuello de Lorena promesas tan vulnerables como sucias. Una noche, tras deslizarse por la Casa de Ana Frank cuando ya estaba cerrada, gracias a un soborno de cinco cifras, hicieron el amor en la oscuridad del ático, con la ciudad de los canales testigo mudo. El contraste era brutal: de día, turistas y museos; de noche, la bestia y su musa.
El tercer día, alquilaron un barco privado para recorrer los canales a la hora dorada. Lorena, con un vestido de lino que el viento levantaba, repartía migas de pan a los cisnes mientras Dimitri fingía relajarse, aunque sus dedos nunca abandonaban la empuñadura de la Glock oculta bajo la chaqueta de lino. Atracaron en el barrio de los museos para ver el Van Gogh, y allí, frente a Los girasoles, Dimitri confesó que su madre pintaba acuarelas en la cocina de Omsk antes de que los enemigos de su padre les prendieran fuego a la casa. Lorena apretó su mano y no preguntó más.
Esa tarde, en el mercado de las flores, compraron bulbos para el jardín que aún no tenían en la dacha de los Volkov, y él se los guardó en el bolsillo como un talismán. Al caer la noche, cenaron en un restaurante en una azotea con vistas al río Amstel; ella pidió un plato de arenque crudo y él, un vodka helado que el camarero sirvió con temblor apenas perceptible, sabía quién era Dimitri. Luego, caminaron de regreso al hotel bajo las luces de los puentes, y él la detuvo en medio del Blauwbrug para besarla con una lentitud que desmentía su fama de hombre de disparos rápidos.
Lorena entendió que esos días eran una tregua, una burbuja que él había inflado con sangre ajena para que ella respirara sin miedo. Pero la burbuja, como todas las que construyen los hombres de su oficio, estaba hecha de un material muy frágil: el tiempo. Esa noche, mientras Lorena dormía con el brazo cruzado sobre su pecho, Dimitri se levantó a las tres de la madrugada y abrió su computadora portátil. En la pantalla, un mapa de Asterdan parpadeaba con puntos rojos, cada uno, un sicario recién llegado de Minsk y Bakú. Cerró la tapa sin despertarla. La última noche de su semana de ensueño sería la primera de su guerra.
Una semana después, el ritual de retorno comenzó con la misma coreografía de vidrios polarizados y blindajes, pero esta vez la caravana llevaba dos minutos de retraso, algo que a Dimitri le heló la sangre. Lorena iba en el asiento trasero de la limusina central, con un vestido color marfil y los bulbos de tulipán en su bolso. A cuatro cuadras del Conservatorium, al girar por la Nieuwezijds Voorburgwal, dos furgonetas negras cortaron la ruta.
Fue entonces cuando Dimitri, el Pkhan de la mafia rusa, se transformó. Bajó el cristal polarizado solo dos centímetros, apoyó el cañón de una Kriss Vector y en tres ráfagas silenciadas despachó a los cuatro hombres que bajaban de la primera furgoneta. “Lorena, al piso”, ordenó sin levantar la voz. Luego, con una calma aterradora, extrajo un lanzacohetes de corto alcance de un compartimento secreto bajo el asiento y redujo la segunda furgoneta a una carcasa humeante. Pero el fuego cruzado llegaba desde las ventanas: una bala atravesó el blindaje trasero. Él cubrió a Lorena con su cuerpo, sintiendo el roce del proyectil en su costilla. “Ni un solo cabello”, gruñó, mientras desplegaba una tableta y, con una destreza de hacker que él nunca alardeaba, se inyectaba en la red de cámaras de seguridad de la ciudad. En treinta segundos, reescribió los ángulos de todas las cámaras del perímetro para crear un bucle de imágenes vacías, los enemigos verían una caravana detenida para siempre. Paralelamente, activó tres granadas de fragmentación que lanzó por la ventana, abriendo un pasillo de carne y acero.
Condujo él mismo la limusina, esquivando cadáveres, mientras Kirill cubría la retaguardia desde el último SUV. Llegó a una pista privada anexa a una fábrica de diamantes, propiedad suya, registrada bajo un testaferro, donde el Gulfstream ya rugía. Subió a Lorena a la escalerilla, le susurró “cierra los ojos” y, desde la puerta, disparó su última ráfaga para despejar la cola del avión. Cuando el tren de aterrizaje se retrajo, abajo quedaron diecisiete cuerpos que dibujaban un mapa de la furia de un hombre que convirtió el romanticismo en una forma de violencia. Lorena, temblando, lo miró.
Él le secó una lágrima con el pulgar manchado de hollín y dijo: “Te dije que te llevaría a casa”. En el bolsillo de su chaqueta, los bulbos de tulipán seguían intactos.