un caos en tacones
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Cap 14
La Conciencia: El ambiente ha cambiado. Las risas se evaporaron con el rastro de la brillantina y ahora el silencio de la mansión se siente pesado, real. Katia duerme como un ángel, ajena a los fantasmas que caminan por estos pasillos. Alek y Renata están solos en la terraza, con la ciudad brillando a sus pies y la guardia baja.
Renata, que no sabe quedarse con la duda y tiene un detector de mentiras integrado en el ADN, rompió el hielo mientras observaba el fondo de su taza de té (esta vez, de verdad).
—Alek… —dijo con voz suave, perdiendo por un momento su sarcasmo—. Una niña no llora así solo por un festival. Ella tiene miedo de perderte. Cuéntame qué pasó realmente con sus padres. Y no me salgas con cuentos de logística".
Alek se tensó. Se apoyó en el barandal, dándole la espalda a la luz. Por un momento, volvió a ser el hombre de hielo, pero la mirada de Renata lo obligó a derretirse.
—Mi hermano Dimitri era diferente a mí —comenzó Alek con amargura—. Él odiaba este mundo. Hace seis años, cuando conoció a su esposa, decidió que ya había tenido suficiente sangre. Dejó el "negocio familiar", se mudó lejos, cambió de nombre… pensó que si no miraba al monstruo a los ojos, el monstruo lo olvidaría.
Alek apretó el barandal hasta que sus nudillos blancos destacaron en la oscuridad.
—Pero en mi mundo, Renata, el pasado no perdona. Los encontraron en Francia. No fue un accidente. Los mataron para enviarme un mensaje a mí. Dimitri murió intentando ser un hombre normal, y lo único que dejó fue a una niña que ahora tiene pesadillas con motores de coche explotando.
La Conciencia: ¡Uff! El aire se escapó de la terraza. Renata lo mira y por primera vez no ve al "modelo de pasarela" ni al "mafioso prepotente". Ve a un hombre cargando con la culpa de un imperio que él no eligió, pero que no puede soltar sin que todos mueran.
Renata se acercó y, sin pensarlo, puso su mano sobre la de él. Sus dedos blancos y pequeños contrastaban con la piel curtida y las cicatrices del ruso.
—No fue tu culpa, Alek —susurró ella—. Tú no apretaste el gatillo. Pero eres el que está aquí ahora para que ella no crezca con odio.
Él se giró, quedando a centímetros de ella. La intensidad en sus ojos era insoportable.
—Acompáñame a casa —pidió ella, sintiendo que si se quedaba un minuto más en esa terraza, terminaría abrazándolo.
La Conciencia: Llegamos a la puerta del departamento de Renata. El Mercedes negro está estacionado, el motor ronronea y la tensión eléctrica entre estos dos podría encender toda la manzana. Alek baja para abrirle la puerta, como un caballero de los que ya no existen.
En la entrada del edificio, bajo la luz amarillenta de un farol, Alek la detuvo suavemente del brazo. El silencio era absoluto. Él acortó la distancia, inclinando sus 1.90 metros hasta que su aliento cálido rozó la mejilla de Renata. Ella podía oler el tabaco caro, el café y algo que solo podía describir como "peligro delicioso".
Alek puso una mano en la pared, encerrándola, y su otra mano subió para acariciar un rizo rebelde de su frente. Sus ojos bajaron a los labios de ella. Estaba pasando. El "Oso de Siberia" estaba a punto de reclamar su territorio.
La Conciencia: ¡Aquí viene! ¡Cierren los ojos! ¡El beso que va a paralizar el mund...!
Justo cuando los labios de Alek estaban a milímetros de los de ella, el cerebro de Renata —ese que tiene tres maestrías y un doctorado en "No te enamores de tipos peligrosos"— reaccionó con la fuerza de un resorte.
Renata giró la cara bruscamente, haciendo que el beso de Alek aterrizara torpemente en su oreja. Se escabulló por debajo de su brazo con la agilidad de una gacela.
—¡Es tarde! —dijo ella, con la voz un poco aguda, buscando las llaves en su bolso con manos temblorosas—. Y mañana es día de manualidades con pintura dactilar. No queremos que el Grillo Mayor llegue con sueño a clase.
Alek se quedó congelado, con la boca a medio cerrar y una expresión de desconcierto total.
—Renata… —alcanzó a decir.
—Buenas noches, Volkov. Gracias por el té y por la confesión. Pero recuerda: sigo siendo una maestra de jardín de niños y tú sigues siendo un problema con patas. ¡Adiós! —cerró la puerta del edificio con un "clac" rotundo.
La Conciencia: ¡JA! ¡Lo dejó plantado en la banqueta! Miren la cara de Alek, está entre ofendido, confundido y perdidamente enamorado. Renata está detrás de la puerta, con el corazón martilleando como una ametralladora, repitiéndose a sí misma: "Es un ruso peligroso, es un ruso peligroso... ¡pero qué bien huele el maldito!".
besos xxx