"Julián me destruyó, pero Alexander me reconstruyó para ser su arma... y su obsesión."
Micaela era una sombra, una mujer invisible que amó al hombre equivocado. Julián Ferrante no solo la abandonó embarazada en un callejón; se aseguró de que el mundo la olvidara. Pero mientras ella daba a luz en el fango, unos ojos grises la observaban desde la oscuridad.
Alexander Rossi, el implacable CEO de Industrias Rossi, no la encontró por milagro. La eligió. La rescató con un contrato de sangre y oro: su vida y la de su hijo a cambio de su libertad. Ahora, Micaela ha regresado. Ya no pide clemencia, exige deudas. Pero tras la máscara de la esposa perfecta del CEO, Micaela descubre que su salvador es un carcelero mucho más peligroso.
En esta guerra de imperios, Micaela aprenderá que el precio de su venganza es pertenecer en cuerpo y alma al hombre que planeó su ascenso mucho antes de que ella cayera.
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El contrato de la obsesión
Micaela despertó con una sensación de ardor que le recorría todo el cuerpo. No era el frío húmedo del callejón, sino un calor seco y artificial. Sus ojos se abrieron lentamente, luchando contra la luz blanca que inundaba la inmensa habitación. Intentó moverse, pero un grito de dolor se le escapó; sentía como si mil agujas le atravesaran el vientre. Sus manos, todavía ásperas y con restos de suciedad bajo las uñas, buscaron desesperadamente el bulto de su hijo.
—¿Dónde está? —su voz era un graznido seco—. ¡Mi bebé! ¡Díganme dónde está mi hijo!
—Cállate y ahorra aire. Tu hijo está vivo en una incubadora, luchando por cada bocanada de oxígeno porque su madre decidió parir en un nido de ratas.
La voz no era la de un médico. Era una voz profunda, cargada de una autoridad fría. Micaela giró la cabeza y vio a Alexander Rossi. Estaba de pie junto al ventanal, observando la ciudad con una elegancia imperturbable. Vestía un traje negro impecable y su sola presencia hacía que el aire en el cuarto se sintiera pesado.
—¿Quién es usted? —preguntó Micaela, tratando de cubrirse con la sábana de hilo fino—. ¿Por qué me trajo aquí?
Alexander se giró lentamente. Sus ojos grises la recorrieron con una mezcla de posesión y cálculo. No había ni un rastro de lástima en su rostro; la miraba como quien encuentra un objeto valioso tirado en un basurero.
—Soy el hombre que evitó que amanecieras en la calle, Micaela —Alexander caminó hacia la cama—. Y soy el hombre que sabe que Julián Ferrante se casó hoy a las diez de la mañana, mientras tú gritabas de agonía sobre el cemento sucio. Él brindó con champán mientras tú te desangrabas en el lodo.
Micaela cerró los ojos, apretando las sábanas con fuerza. El odio, un sentimiento negro y espeso, estalló finalmente en su pecho.
—¿Qué quiere de mí? —susurró ella—. No tengo nada. Soy una muerta de hambre.
Alexander soltó una carcajada fría. Se inclinó sobre ella, apoyando las manos a ambos lados de su almohada, atrapándola en su espacio personal. El olor a tabaco caro y perfume amaderado la envolvió.
—No te traje aquí por caridad. Te traje porque eres la única debilidad que Julián Ferrante no pudo eliminar. Tienes a su heredero de sangre, y tienes un odio que yo puedo usar. Pero para que eso funcione, tienes que ser mía.
Alexander sacó una carpeta de cuero de su maletín y la arrojó sobre las piernas de Micaela. Ella, con manos temblorosas, la abrió. Era un contrato matrimonial.
—Casémonos —dijo Alexander de golpe—. Mañana mismo. Sin testigos, sin flores. Solo una firma que me dará el control absoluto sobre tu vida y la de ese niño.
Micaela lo miró aterrada. —¿Casarnos? ¡Solo quiero ver a mi hijo y largarme de aquí!
—¿Irte a dónde? —Alexander la tomó del mentón, obligándola a sostenerle la mirada—. ¿Al callejón? Julián ya dio la orden de que "limpien" la ciudad de ti. Si sales de aquí, no duras viva ni dos horas. Y tu hijo terminará en un orfanato o quien sabe dónde.
Micaela rompió en un llanto amargo. Se sentía atrapada entre dos monstruos. Uno la había tirado a la basura y el otro la estaba encadenando con oro.
—Si firmas —continuó Alexander, bajando la voz—, te daré el apellido que necesitas para destruir a los Ferrante. Te daré poder para escupirle en la cara al hombre que te despreció. Pero a cambio, serás mi posesión. Vivirás bajo mis reglas y aprenderás a ser la mujer implacable que yo necesito.
—¿Por qué yo? —preguntó ella entre sollozos.
—Porque me gusta tu odio, Micaela —respondió Alexander, pasando el pulgar por el labio de ella con una posesión enfermiza—. Me gusta que no tengas nada, porque así yo puedo serlo todo para ti. Firma por la vida de tu hijo o vuelve al fango. Tú decides.
Micaela tomó la pluma de oro. Miró hacia la puerta, imaginando a su pequeño Gabriel solo, y luego miró a Alexander, que la esperaba como un cazador. Firmó. Con letras temblorosas, entregó su libertad al enemigo de su ex amante.
—Buena chica —dijo Alexander, arrebatándole el papel—. A partir de este momento, eres de mi propiedad ante la ley. Mañana empieza tu entrenamiento. Te voy a pulir hasta que brilles tanto que Julián se arrepienta de haber nacido. Pero recuerda: solo cuando aprendas a ser una mujer de mi clase, te dejaré cargar a tu hijo. Hasta entonces, lo verás a través de un cristal diez minutos al día. Ese será tu premio por obedecer.
Alexander salió de la habitación, cerrando la puerta con un clic metálico. Micaela se quedó sola, abrazada a su propio dolor. Ya no era la mesera enamorada. Ahora era la esposa de un hombre obsesivo, preparándose para destruir a quien la destruyó.