Aidan ha vuelto. Ya no es el niño asustado, sino un hombre de negocios implacable, listo para reclamar todo lo que dejó atrás. Se reencuentra con Iris, ahora una mujer poderosa, socia de la sofisticada Atelier Vértice, cuya figura irradia una elegancia que desarma.
El ya decidió irá por todo y su gordita sera de él
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CAPITULO 14.
El viaje de regreso a la ciudad fue un martirio de pensamientos circulares. Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos me dolían, y cada vez que pasaba por un bache, sentía un tirón en el vientre que me recordaba lo que había pasado en el barro con Aidan.
—Maldita sea, Iris... —susurré para mí misma, frenando bruscamente frente a una farmacia de turno en las afueras.
No podía esperar a llegar a casa. No podía arriesgarme a que mi madre viera mi cara de pánico o que Sofía hiciera alguna pregunta incómoda. Bajé del coche con las gafas de sol puestas, aunque el cielo estaba gris, y entré en el local con el corazón galopando. El olor a desinfectante me revolvió el estómago.
—Una pastilla del día después. Por favor —le dije a la farmacéutica, tratando de que mi voz no temblara.
La mujer me miró de arriba abajo, con esa expresión de juicio que solo las personas que no te conocen se atreven a mostrar. No me importó. Le pagué, agarré la cajita y volví al coche casi corriendo. En cuanto cerré la puerta, saqué la pastilla y me la tragué sin agua, sintiendo cómo el sabor amargo se me pegaba a la garganta.
Me apoyé en el respaldo y cerré los ojos. No quería un hijo de Aidan. No ahora. No en medio de esta guerra donde yo era el trofeo de dos hermanos que se odiaban. Amaba mi libertad más de lo que amaba ese fuego que él encendía en mí, y no iba a dejar que un descuido biológico me encadenara a los Lennox para siempre.
—Esto se acaba aquí —me mentí a mí misma, arrancando el motor—. A partir de hoy, solo negocios.
Pero los negocios, cuando se trata de Dorian Lennox, nunca son "solo" negocios.
Dos días después, mi padre me citó en su despacho. Al entrar, el aire estaba tan frío que juré que salía escarcha de las paredes. Dorian estaba allí, sentado frente al escritorio de mi padre, luciendo un traje gris plomo que lo hacía ver como una estatua de mármol. No estaba Aidan. Y eso era una mala señal.
—Hija, siéntate —dijo mi padre, frotándose las sienes con cansancio—. Dorian nos ha traído una actualización del contrato del puerto.
Me senté, cruzando las piernas y manteniendo la espalda recta. Dorian me miró, y por un segundo, vi un destello de triunfo en sus ojos de hielo.
—Debido a ciertos... movimientos en el mercado y a la inestabilidad de algunos activos de los Colman —empezó Dorian, con esa voz que parecía una hoja de afeitar—, mi junta directiva ha decidido que necesitamos una garantía más sólida para seguir adelante con la inversión multimillonaria.
—¿De qué hablas, Dorian? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—. El contrato ya estaba firmado.
—Faltaba la cláusula de exclusividad creativa, Iris —respondió él, deslizando un papel sobre la mesa—. Para que el proyecto avance, tú debes mudarte a las oficinas centrales de los Lennox. Trabajando bajo mi supervisión directa. Sin distracciones. Sin... influencias externas.
Mi padre asintió, ajeno a la jugada maestra que Dorian estaba ejecutando.
—Es una oportunidad de oro, Iris. Dorian dice que así podrás pulir el diseño del lanzamiento sin que nadie te moleste. Además, Aidan estará fuera de la ciudad por un tiempo, encargándose de la logística pesada, así que Dorian será tu único contacto.
Sentí que el suelo desaparecía. Dorian me estaba encerrando. Estaba usando el dinero y el poder de su familia para separarme de Aidan y tenerme bajo su control, donde él pudiera vigilar cada uno de mis pasos. Era su venganza por lo del bosque. Si no podía tenerme por amor, me tendría por contrato.
—¿Y si me niego? —solté, mirando fijamente a Dorian.
—Si te niegas, la inversión se retira —dijo Dorian, sin parpadear—. Y tu padre sabe perfectamente lo que eso significaría para las empresas Colman este trimestre. Una quiebra técnica, ¿verdad, Rodolfo?
Mi padre bajó la cabeza. El silencio en el despacho era absoluto. Me sentí como una pieza de ajedrez que acababa de ser acorralada.
—Eres un miserable, Dorian —le siseé, tan bajo que mi padre no pudo oírlo.
—Soy un hombre de negocios, Iris —replicó él, levantándose y ajustándose la chaqueta—. Te espero mañana a las ocho en mi oficina. No llegues tarde. No me gusta la impuntualidad.
Salió del despacho con una elegancia que me dio náuseas. Me quedé allí, temblando de rabia, mirando a mi padre que seguía revisando papeles sin darse cuenta de que acababa de entregar a su hija al lobo más peligroso del clan Lennox.
Esa noche, no podía dejar de dar vueltas en la cama. El efecto de la pastilla me tenía el cuerpo revuelto, con náuseas y un dolor sordo en el vientre, pero el dolor del alma era peor. Estaba atrapada.
De repente, mi teléfono vibró sobre la mesa de noche. Era un número desconocido.
"Sé lo que mi hermano hizo hoy. No aceptes, Iris. Quédate en tu casa. Yo me encargaré de él. — A."
Aidan. Por supuesto que lo sabía. Por supuesto que quería "encargarse". Pero si dejaba que él peleara mis batallas, le daría la razón a Dorian: sería una mujer débil que necesita protección. Y yo no era esa mujer.
Le respondí con los dedos temblando:
"No te metas, Aidan. Yo firmé como testigo, yo voy a terminar esto. No soy tuya ni de él. No trates de salvarme, porque no necesito un héroe. Necesito que me dejes pelear mi propia guerra."
No hubo respuesta inmediata. Unos minutos después, escuché un ruido en mi balcón. Mi corazón dio un vuelco. ¿Acaso este hombre no sabía entrar por la puerta principal?
Abrí el ventanal y Aidan entró como un huracán. Estaba sudado, con el pelo revuelto y los ojos inyectados en sangre. No dijo nada. Me agarró por la cintura y me pegó a su pecho con una fuerza que me dejó sin aire.
—¿Estás loca? —gruñó, hundiéndose en mi cuello—. ¿Sabes lo que Dorian es capaz de hacer si te tiene en su oficina diez horas al día? Te va a quebrar, Iris. Te va a manipular hasta que no sepas quién eres.
—Puedo manejarlo, Aidan —dije, tratando de zafarme, pero sus manos eran como grilletes de fuego—. No soy la niña gorda de la que se burlaban. Soy una mujer que puede hundir a tu hermano si se lo propone.
Aidan se separó un poco, mirándome a los ojos con una mezcla de respeto y miedo.
—¿Te tomaste la pastilla? —preguntó de repente, bajando la voz.
Me quedé helada.
—Sí —respondí con firmeza, aunque me dolió verlo tensarse—. No voy a dejar que un descuido nos una para siempre. No en este caos.
Aidan cerró los ojos y apoyó su frente contra la mía. Soltó un suspiro largo, cargado de una decepción que me hizo sentir pequeña.
—Supongo que tienes razón —susurró—. Pero no pienses que esto te hace libre de mí, Iris. Puedes tomarte mil pastillas, puedes trabajar para mi hermano, puedes odiarme hasta que te mueras... pero el sabor de lo que pasó en ese bosque no se borra con un contrato.
Me dio un beso corto, casi doloroso, y se alejó hacia la ventana.
—Ve mañana a esa oficina —dijo, dándose la vuelta—. Pero ten cuidado. Dorian no quiere tu talento, Iris. Quiere tu voluntad. Y si dejas que te la quite, yo mismo quemaré ese puerto antes de que se ponga la primera piedra.
Salió por donde vino, dejándome sola en la oscuridad, con el sabor amargo de la pastilla todavía en la lengua y la sensación de que mañana, al entrar en el edificio de los Lennox, la verdadera batalla por mi alma acababa de comenzar.
Dorian tenía el contrato, Aidan tenía mi cuerpo, pero yo... yo iba a demostrarles que nadie, absolutamente nadie, podía comprar mi orgullo.