Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.
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“Vestida para el adiós”
El vestido era hermoso.
Marfil satinado, bordado a mano, un corsé que le apretaba las costillas como si fuera una soga.
Tenía encajes delicados…
y costuras tejidas con mentiras.
Elsa estaba de pie, frente al espejo.
Una criada le peinaba el cabello en silencio.
Otra sostenía la cola del vestido.
La madre, en la puerta, lloraba.
Y ella, Elsa…
estaba en otro lugar.
Su mente la arrastró a aquella noche.
A la cabaña.
A las manos de Tomás temblando al tocarla como si fuera un secreto sagrado.
A sus besos en el cuello, en los hombros, en el pecho…
a su voz rota diciéndole: “¿Estás segura?”
Y ella lo estuvo.
Desde siempre.
Desde que jugaban en la tierra, cuando él era un niño sin zapatos y ella una niña con trenzas.
Ella le dijo: “Hazme tuya. Quiero que lo seas todo en mí.”
Y él lo fue.
Fue su primero.
Su único.
Su siempre.
Una lágrima rodó por su mejilla.
La criada pensó que era por la emoción.
Pero era luto.
Elsa no lloraba porque se casaba…
lloraba porque se iba a entregar como una sombra.
Como un cuerpo sin alma.
—¿Está bien, señorita Elsa? —preguntó la criada, insegura.
Elsa respiró hondo.
—Sí. Estoy lista… para morir de pie.
Mientras tanto, en el pueblo, Tomás preguntaba a los vecinos por la familia Luján.
—¿Dónde viven? ¿Dónde está Elsa?
Una anciana lo miró de pies a cabeza.
—¿Y usted quién es?
—No lo sé. Pero tengo que llegar a ella antes de que cometa el peor error de su vida.
La anciana lo miró.
Y vio en sus ojos algo que no se podía fingir:
el amor que no se olvida ni aunque el alma olvide.
Elsa se sentó en la cama, ya vestida.
Joshua entró en silencio.
—¿Estás bonita, Elsa? —dijo, y sus ojos brillaban de tristeza.
—Estoy como una estatua de hielo, —respondió ella, sonriéndole a medias— ¿Tú crees que Tomás me recuerda, Joshua?
—Si su corazón es como el mío, sí.
—¿Y si no?
—Entonces lo recordarás tú por los dos.
Elsa lo abrazó con fuerza.
Se quedó oliendo su cabello.
Suave. Infantil.
Lo único que aún la ataba al amor.
Afuera, los invitados comenzaban a llegar.
Y Tomás…
corría entre ellos, buscando su historia.
Sin saber que estaba a minutos…
de encontrarla.
“Demasiado tarde”
La iglesia de San Elías estaba repleta.
Luces tenues. Aromas de incienso.
El murmullo del pueblo se apagó cuando Elsa entró vestida de blanco.
Parecía una aparición.
Bella, serena por fuera…
muerta por dentro.
Cada paso que daba, sentía el peso de las cadenas que no se veían.
El vestido la apretaba, no solo en el cuerpo, sino en el alma.
Las flores no le sabían a nada.
El violín sonaba lejano.
Solo oía el tic-tac del reloj que marcaba el final de su libertad.
Al fondo, Sebastián la esperaba con una sonrisa arrogante.
Como un depredador que cierra la trampa.
Sus ojos brillaban con victoria.
—¿Acepta usted a Sebastián Montenegro como su legítimo esposo?
Elsa tragó saliva.
Miró hacia la puerta.
Su corazón gritó.
Su mente suplicó.
Pero no había nadie.
—Sí… acepto, —susurró.
Las palabras le supieron a tierra.
A tumba.
A traición.
Sebastián sonrió.
Le colocó el anillo con fuerza, como si marcara ganado.
Elsa ni parpadeó.
Y justo en ese instante…
La puerta de la iglesia se abrió de golpe.
Una ráfaga de viento entró.
Los invitados se voltearon.
Tomás.
Parado.
Respirando agitado.
El rostro sucio de polvo.
Los ojos perdidos entre los rostros…
hasta que la vio.
Elsa.
De blanco.
Del brazo de Sebastián.
Con un anillo ajeno en la mano.
El impacto fue brutal.
Un fogonazo estalló en su mente.
Una piedra.
Un maizal.
La niña de trenzas.
Las iniciales talladas.
El primer beso bajo el roble.
La cabaña.
La piel de Elsa temblando bajo la suya.
Y un nombre.
Su nombre.
Tomás.
Todo volvió.
Como un latigazo.
—Elsa… —susurró, casi cayendo de rodillas.
Joshua, desde la primera fila, giró y lo vio.
Su corazón pequeño supo al instante:
era él.
El verdadero.
Corrió por el pasillo, esquivando faldas y adultos.
Saltó a sus brazos, lo abrazó fuerte.
—¡Tomás! ¡Tomás! ¡Volviste! ¡Tú eres Tomás!
Elsa giró lentamente, como en trance.
Sus ojos chocaron con los de él.
Fue un segundo eterno.
Él, parado al fondo.
Ella, ya casada.
Dos almas destrozadas,
por solo unos minutos.
Elsa sintió que todo se apagaba.
Un frío en el pecho.
La boca abierta sin voz.
Sebastián se inclinó y le susurró al oído:
—Quédate quieta. No armes una escena. Ya es tarde. Ya eres mía.
¿Lo ves? Él llegó… pero no a tiempo. Como siempre.
La derrota le queda bien.
Mientras todos murmuraban, Joshua llevó a Tomás hacia un rincón detrás del altar.
—Ella no quería esto, —dijo el niño entre lágrimas—
Ella lo hizo por ti.
Creía que habías muerto…
Tomás lo miró, roto.
—¿Qué… qué estás diciendo?
—Ella se casó por ti. Sebastián dijo que si no lo hacía, te mataría.
Pero nadie sabía que tú estabas vivo… tú no recordabas, ¿verdad?
Tomás cerró los ojos.
El dolor le subió por dentro como una ola de fuego.
Recordarlo todo…
justo ahora.
—¿Qué hice…? —susurró—
La perdí…
Joshua lo abrazó de nuevo.
—Aún no. Ella sigue siendo tuya, aunque no lo sepa.
Ella no es de él. Solo está atrapada.
Tú eres su libertad.
La ceremonia terminó.
Sebastián, riendo en voz baja, apretó la mano de Elsa.
Ella no reaccionó.
Sus ojos seguían en el lugar donde había estado Tomás.
Pero ya no lo veía.
Solo sentía que su corazón, al fin,
se había roto para siempre.
ecxelente