Amelia solo quería recuperar su inspiración, pero un espejo maldito la arrastró a una pesadilla victoriana. Ahora está atrapada en una dimensión oscura, habitando el cuerpo de Eleanor Bianchi, una duquesa de sangre de dragón tan cruel que su propio séquito planea asesinarla.
¿El problema? Sus sirvientes no son humanos. Son cuatro letales y seductores demonios que la odian con cada fibra de su ser.
Rodeada de traiciones y enemigos mortales, Amelia tiene dos opciones: convencer a los monstruos que desean su muerte de que ella no es la tirana que recuerdan... o despertar la verdadera magia de su linaje y someter al infierno entero. El juego de poder acaba de cambiar.
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Máscaras de Té y Tentáculos
Eleanor Bianchi
— Azrael, ¿crees que podrás crear alguna distracción para poder buscar pistas mientras estemos allí?
Me encontraba sentada frente a él en la suntuosa carroza de los Bianchi, la cual se deslizaba silenciosamente sobre el empedrado oscuro del inframundo. El vaivén del carruaje hacía que las sombras de las cortinas de terciopelo bailaran sobre el rostro pálido de mi acompañante. Azrael estaba apoyado contra el respaldo, observándome con esa mezcla de desdén y elegancia que solo un vampiro de su clase podía poseer. Su presencia siempre era como una brisa helada; silenciosa, pero imposible de ignorar.
Él soltó una risa seca, acomodándose los puños de su chaqueta oscura mientras el carruaje tomaba una curva cerrada hacia los dominios de los Moonlight.
— Ese es mi trabajo, Eleanor, ¿o es que ya lo olvidas? —respondió con una confianza que rozaba la arrogancia—. Puedo manipular objetos, personas... incluso puedo cambiar de forma si la situación lo requiere. Mi magia no es solo para el combate; el engaño es un arte que domino a la perfección.
Asentí, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre mis hombros. Por mucho que Gio me hubiera desestabilizado la noche anterior con sus verdades a medias, hoy no era el día para dudar. El roce de la seda de mi vestido contra mis piernas me recordaba que, por fuera, era la perfecta duquesa, pero por dentro, el pulso de mi verdadera identidad buscaba respuestas.
— Claro, tú sabrás qué hacer. Confío en tu criterio —dije, mirando por la ventanilla cómo las torres góticas de la mansión Moonlight comenzaban a recortarse contra el cielo purpúreo—. Sospecho que alguien de esa familia está planeando un golpe de estado, pero debo descubrirlo. Mi lealtad es con nuestra reina y cualquiera que busque derrocarla es mi enemigo. No podemos permitir que el caos se apodere del inframundo ahora que las piezas están empezando a moverse. Debemos estar muy atentos.
Azrael hizo una inclinación de cabeza casi imperceptible mientras el carruaje se detenía frente a la imponente entrada.
— Tus deseos son órdenes, duquesa. Si hay una conspiración bajo ese techo, la sacaremos a la luz antes de que termine el baile.
Bajamos del carruaje y fuimos recibidos por un mayordomo de rostro pálido y gestos mecánicos. Al entrar al salón principal, el silencio se propagó como una mancha de aceite. Todas las cabezas se giraron. Nobles de diversos rangos quedaron boquiabiertos ante nuestra entrada. Mi estúpida hermana Odette y su tonta madre, la duquesa Roberta, estaban cerca de la fuente de sangre, y sus rostros eran un poema de incredulidad y envidia. No esperaban que Eleanor Bianchi se presentara con tal desplante después del desastre en el castillo.
Nos acomodamos en una de las mesas laterales, reclamando nuestro espacio por puro derecho de presencia. Azrael, cumpliendo con su faceta de sirviente impecable, usó sus poderes para manipular el aire y la gravedad, sirviéndome un buen vino desde una distancia elegante, haciendo que la botella flotara y el líquido cayera en mi copa sin derramar una sola gota. El despliegue de control mágico hizo que varios de los presentes susurraran con temor.
Cuando el ambiente se relajó y la música de cuerdas comenzó a llenar el salón, decidí que era el momento. Comencé a bajar entre las personas, moviéndome con una gracia que le robé a las memorias de la antigua dueña de este cuerpo. Me perdí entre la multitud, esquivando miradas curiosas hasta que llegué a una zona más apartada de la fiesta.
Allí, sentada en un sillón de terciopelo, me encontré con una señora de aspecto venerable. Si mal no recordaba por las memorias que habitaban en mi mente, era la matriarca de la familia Moonlight.
— Hola, querida. ¿Estás perdida? —preguntó la anciana con una voz que sonaba como seda vieja.
— No, solo estaba observando su bonita casa —respondí con una sonrisa educada—. Es encantadora.
— Ya veo —dijo ella, entornando los ojos con una calidez fingida—. ¿Quieres tomar un té en mi sala privada, querida? Estar aquí afuera con tanto ruido es agotador para alguien de mi edad.
— Claro, sería un honor —acepté.
Llamé a Azrael con un gesto imperceptible y él nos acompañó, manteniéndose un paso por detrás de mí, como una sombra vigilante. Entramos en una pequeña sala de estar, decorada con antigüedades que olían a polvo y a secretos. Comenzamos a tomar el té, y la señora Moonlight empezó a hablar.
Hablaba del gobierno, de la gestión de la reina, de los impuestos sobre las tierras bajas... pero algo no encajaba. La señora Moonlight que Eleanor recordaba era una mujer que detestaba la política y que apenas podía articular dos frases sobre la corona sin aburrirse. Esta mujer hablaba con una precisión técnica sospechosa.
Bingo. Esta vieja no es la señora Moonlight.
Sentía mi palma arder, esa luz dorada que Gio había notado empezaba a pulsar bajo mi piel. Mientras la arrinconaba con preguntas cada vez más específicas sobre protocolos de la corte que solo la verdadera matriarca conocería, su compostura empezó a agrietarse.
— Me pregunto —dije, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco—, ¿por qué alguien que siempre odió los asuntos de estado ahora parece una enciclopedia del consejo real?
La mujer se tensó. Su rostro empezó a distorsionarse, como si la piel fuera cera derretida.
— ¿De qué hablas, niña? —preguntó, pero su voz ya no era de seda, era rasposa.
— Hablo de que eres un fraude —sentencié.
En ese momento, la luz dorada salió de mis manos, iluminando la habitación con una intensidad cegadora. El hechizo de ocultamiento de la criatura se rompió violentamente. Ante nosotros, la anciana desapareció, dando paso a una masa viscosa de tentáculos y piel traslúcida que cambiaba de color rápidamente. Era un Kraken Metamorfo.
— ¿Quién eres? —exigió Azrael, desenvainando una daga de plata en un parpadeo.
La criatura emitió un sonido gutural, una risa que parecía venir de las profundidades del océano.
— Yo soy un demonio clasificación D —siseó el monstruo, agitando sus tentáculos contra los muebles—. La vieja estúpida no me quiso como su sirviente, me despreció por mi rango... así que la asesiné y tomé su lugar. Es tan fácil engañar a los de su clase.
Mi sangre hirvió. La traición y la muerte de la verdadera matriarca eran solo la punta del iceberg de lo que estaba ocurriendo en esta mansión.
— ¿Quién es el informante? —exigí, dando un paso hacia la criatura mientras mi luz dorada la quemaba al contacto—. ¿Quién te dio la información para suplantarla y conspirar contra la reina? ¡Maldito demonio!
Pero el Kraken solo se reía, un sonido burbujeante y despreciable. Sus ojos multifacéticos se clavaron en los míos con una burla sangrienta.
— Estúpida Bianchi... nunca lo sabrás. El plan ya está en marcha y ustedes solo son hormigas pisando un nido de dragones.
Antes de que pudiera seguir hablando o intentar escapar, Azrael se movió. Fue un movimiento tan rápido que apenas vi un destello plateado. Su daga atravesó el núcleo del metamorfo, y con un movimiento seco, lo asesinó. El Kraken se deshizo en una masa de fango negro y viscoso que manchó la lujosa alfombra Moonlight.
Y justo en ese momento, como si lo hubiera estado cronometrando, la puerta de la sala se abrió de golpe. Era mi hermana, Odette.
Se quedó paralizada en el umbral, con una cara de shock que me pareció demasiado perfecta para ser real. Sus ojos viajaron del fango negro en el suelo a mis manos que aún brillaban, y finalmente a Azrael, que limpiaba su daga con un pañuelo de seda.
— ¿Qué... qué es esto? —tartamudeó Odette, llevándose una mano al pecho—. ¿Han matado a la señora Moonlight?
Me enderecé, dejando que la luz dorada de mis manos se apagara lentamente. Miré a mi hermana con una frialdad que la hizo retroceder un paso.
— Qué casualidad que matemos al demonio que la suplantaba y aparecieras tú justo ahora, hermana —dije, mi voz cargada de un sarcasmo letal—. Casi parece que estabas esperando detrás de la puerta a que el trabajo sucio terminara.