Después de seis meses trabajando en la empresa del patriarca de una poderosa familia, Carmen Lobos decide llevar a su hijo a sus primeras vacaciones… hasta que una tragedia lo deja gravemente enfermo. Apenas una semana antes ella descubrió que su nuevo jefe será Federico, uno de los nietos de su jefe, pero un escándalo sacude la empresa y lo aparta del puesto.
El lunes vuelve al trabajo y se encuentra con que su nuevo jefe es Santiago Calderón: arrogante, clasista, prepotente y mujeriego. Desde el primer momento, se detestan.
Cuando Santiago la despide de manera injustificada, la ira y el deseo de venganza llevan a Carmen a cometer una imprudencia que cambiará sus vidas: un matrimonio por contrato donde ella asegura el tratamiento de su hijo y él protege a la empresa que tanto desea.
Pero nada será sencillo. Tras la boda, el patriarca impone una estricta condición que sacude sus vidas.
Los acuerdos pueden tener letra chica, pero muchas veces se firman en una cama grande.
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SOSPECHAS ESCALOFRIANTES
NARRADOR
Carmen observó a su hijo que se veía inmóvil, casi no respondía cuando le hablaban y si lo hacía solamente era para quejarse de dolor. Sus párpados estaban hinchados y su piel demasiado pálida.
-Aquí nos atienden o tiro el hospital abajo, lo que ocurra primero- Sus lágrimas caían y aún cansada tomó a su hijo en brazos y fue a la puerta que dividía la sala de espera con los consultorios
Carmen empezó a golpear la puerta como una loca. Había gente esperando ser atendida, pero parecía que los médicos estaban tomando todo el tiempo del mundo para hacer su trabajo. Uno de los doctores abrió y ella entró sin siquiera hablarle.
-Es mi hijo tiene ocho años. Es una emergencia y de aquí no me voy sin que él sea revisado- Dijo en completa angustia, pero también desesperada y ofendida. Era injusto no poder llevar a su hijo a un centro privado, porque el dinero en lugares así abría muchas puertas y agilizaba todo
-Acuéstelo en la camilla. Llamaré al pediatra- El médico miró al niño y señaló un consultorio
El pediatra llegó poco después, miró a la madre angustiada y también al niño. Dándole un asentimiento silencioso le pidió al colega que fue a buscarlo que permaneciera en el consultorio. Había muchas madres que perdían la calma y no les permitían hacer su trabajo; lo mejor era prevenir.
Las preguntas rutinarias fueron respondidas por Carmen, pero ella también dió detalles inquietantes que hicieron que dejara de creer que su hijo había comido algo que le hizo mal o que tenía una simple gastroenteritis. El niño iba con frecuencia al baño, pero poco antes de que ella saliera de trabajar estaba evacuando con sangre. Además, casi no podía orinar. Algo estaba ocurriendo y aunque le doliera en el corazón, ella sabía que era grave.
-Señora, lo mejor es que el niño esté en internación. Necesitamos hacer una serie de análisis para darle un diagnóstico y tratamiento- Carmen hizo un asentimiento sintiendo un mínimo de tranquilidad por eso. Allí estaría mejor cuidado que estando en casa
Una enfermera fue para guiarla a una habitación en el área de pediatría y ella dejó a Agustín sobre su cama. Parecía inconsciente. Le tocó la frente y acarició su rostro, pero él no respondió.
-Señora debo ponerle una vía- Explicó una enfermera que llegó con otra más para ayudarla. Además llegaron del laboratorio para hacer análisis
Agustín no sintió nada. Carmen sabía que él le tenía miedo a las agujas, casi pánico, pero no emitió ni un gemido de dolor. Eso le rompió aún más el corazón. Quería que él abriera sus hermosos ojos verdes como los suyos, que la abrazara y le dijera que se sentía bien, pero nada de eso pasó.
Carmen le envió un mensaje a su hermana para pedirle que le llevara artículos de higiene y también ropa. Por la mañana ella iría a trabajar mientras su hermana acompañaba a Agustín. Volvió a lamentar tener ir a la empresa, porque en ninguna situación abandonaría a su hijo, pero su nuevo jefe la despediría sin contemplaciones.
El médico llegó dos horas más tarde y se veía serio.
Carmen se puso de pie con prisa. Necesitaba saber que tenía su hijo.
-Señora ya tenemos el diagnóstico. Por favor siéntese- Aquello no le gustó nada- Nos enfrentamos a un caso de SUH, ¿Sabe lo que es?
Carmen sabía lo que las siglas significaban. Síndrome Urémico Hemolítico. No sabía más sobre la enfermedad y estaba segura de no querer que su hijo tuviera eso. Un resfriado la ponía en alerta, eso aún más.
-No hay cura. Lo que podemos hacer es ayudarle a su cuerpo a soportar. Deberá recibir transfusiones de sangre, probablemente diálisis y en casos más graves puede necesitar un trasplante. Los casos donde los pacientes se recuperan perfectamente son casi nulos. Lamento tener que darle malas noticias, pero es mi deber explicarle lo que puede ocurrir
-¿Él puede...?- No se atrevía siquiera a decir esa palabra ni a imaginar una vida sin Agustín. No lo resistiría
-Si señora, pero haremos todo lo posible para que él se recupere. Estamos frente a horas decisivas, tiene que ser fuerte- Recomendó viendo cómo Carmen se derrumbaba desesperada, llorando a mares
Carmen durmió sentada esa noche, con la cabeza apoyada en la cama donde Agustín descansaba. Se despertó muchas veces y con demasiado dolor de espalda. Cada vez que abría los ojos esperaba no estar allí, ver a su pequeño bien y en casa, pero la realidad la golpeaba. Agustín, siempre tan vibrante y activo, estaba dormido sin reacción.
Por la mañana muy temprano, la hermana de Carmen llegó y ella fue a ducharse. Ató su cabello con prisa, cepillo sus dientes, se puso desodorante, tomó su bolso, le dió un beso a su hijo y después de agradecerle a su hermana, ella abandonó el hospital.
Cuando Carmen llegó a su trabajo lo hizo cansada, preocupada, nerviosa, todo por la salud de su hijo. Lo peor es que aún no había visto al demonio bien vestido en la oficina y que no sabía cómo lidiar con él.
Fue a su oficina con su tableta en la mano y golpeó la puerta. Esperó a que él le diera autorización para entrar.
-Buenos días, señor Calderón- Saludó por pura cordialidad forzada y respeto a un superior
-¿Dónde está mi café?- La miró de arriba hacia abajo sin disimular el disgusto que ella le producía y habló enfadado
-Ya se lo traigo señor, permiso- Ella salió tensa y fue a preparar el café tal como al demonio le gustaba
Con el nuevo café, ella entró a la oficina. Sabía que nadie había llegado.
-No la escuché golpear. Aquí no está en su casa. Deme el café y retírese- Le habló con desprecio infinito
Ella imaginó lo bien que se sentiría arrojándole el café con taza, cafetera y todo por la cabeza, así como cuánto daño le haría darle con la tablet.
Carmen pensó como las mujeres podrían querer acostarse con semejante maleducado. Podía ser guapo, eso no lo negaba, pero su ego era tan grande como la empresa. Si antes de ser su jefe cuando lo veía esporádicas veces lo detestaba, en ese momento deseaba que la tierra se lo tragara por completo. Verlo le producía irritación.