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Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Sustituto/a / Juego de roles / Amor eterno / Completas
Popularitas:135
Nilai: 5
nombre de autor: uutami

Valentina nunca fue suficiente.

Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.

Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.

Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.

A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.

NovelToon tiene autorización de uutami para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Mateo observó a Vale, que seguía inmóvil frente a él. La frase de hace un momento quedó suspendida en el aire, flotando entre los dos.

—Quiero que me pagues con esto —repitió Mateo en voz baja, rozándole la comisura de los labios, apenas sin tocar la piel.

Vale frunció el ceño, confundida.

—¿Con... esto? —Se señaló los labios—. ¿Cómo que con esto?

Mateo contuvo la sonrisa.

—Sí, con eso.

—Pero... solo tengo unos labios —respondió Vale con toda inocencia—. ¿Cómo se supone que pague con ellos?

En ese instante, Mateo se echó a reír. No fue una risa discreta, sino una carcajada abierta que le sacudía los hombros. Tuvo que agacharse un poco, sujetándose el estómago.

—Ya Allah, Vale... —dijo, negando con la cabeza—. Eres capaz de enloquecer a cualquiera sin el menor esfuerzo.

Vale se desconcertó más.

—¿Por qué te ríes?

Mateo dio un paso hacia ella.

—No te estoy pidiendo un pago literal. Solo estaba bromeando.

—Ah. —Vale asintió despacio; después se le encendió la cara—. Creí que hablabas en serio.

—Hablo en serio —respondió Mateo de inmediato—. Pero de otra forma.

Le levantó la barbilla con dos dedos.

—Lo que quiero es que estés tranquila. Que no pienses en pagos ni deudas.

Vale tragó saliva. El corazón le latía fuera de ritmo.

—Entonces... ¿por qué me tocaste los labios?

—Porque quise —respondió Mateo con honestidad, la voz un grado más baja—. Y porque eres mi esposa.

—Yo...

La frase se cortó cuando Mateo finalmente la besó. No fue un beso apresurado ni exigente. Apenas un roce breve, suave, lleno de gratitud. Como si Mateo estuviera diciendo gracias sin palabras.

Vale se paralizó un instante; el cuerpo entero se le congeló, sin saber qué hacer. Pero sus manos, por reflejo, se aferraron a la camisa de Mateo. El pecho le vibró.

Cuando Mateo se apartó, Vale seguía quieta.

—Mateo...

—¿Sí?

—Entonces... ¿ese era el pago?

Mateo soltó una risita.

—Sí.

Las mejillas de Vale ardieron.

Esa noche, en la casa de Gloria.

Gloria iba y venía desde la oración del Magrib. El teléfono no se le despegaba de la mano. Ni una sola de sus llamadas a Mateo había sido contestada.

—¿Por qué no me contesta?

—Paciencia, mamá. Lo están buscando, no pueden encontrarlo en una hora —dijo Eduardo.

—¡Tu hijo es un desconsiderado! —estalló al fin.

Eduardo, sentado en el sofá, suspiró.

—Cielos. Ya empezamos de nuevo.

Poco después, apareció uno de los hombres que Gloria había enviado.

—¿Y bien? —preguntó ella directo, sin rodeos.

—A sus órdenes, señora.

—¡Rápido, habla!

—Localizamos al joven Mateo.

—Bien, ¿dónde? —preguntó Gloria con impaciencia.

—En una casa alquilada, en la calle X.

—¿Qué? ¿En una casa alquilada? ¿Qué hace ahí?

Gloria no lo entendía. Un joven de su posición, y viviendo en una casita de alquiler.

—El joven Mateo... —el hombre titubeó— vive allí con una mujer.

—¡¿Qué?!

Gloria gritó. Eduardo se sobresaltó.

—¡¿Está viviendo con una mujer?! ¡¿En unión libre?!

—Cálmate, mi amor... —Eduardo intentó mantener la compostura—. Acuérdate de la presión arterial.

—¡Lo que me sube la presión son las ocurrencias de tu hijo! —cortó Gloria. Se arremangó las mangas—. Voy a ver con mis propios ojos a la mujer que se atrevió a enredar a mi hijo.

La mañana llegó con una luz suave. Vale dispuso sopa, pescado salado y salsa picante en la mesa. Mateo ya estaba arreglado con su camisa de trabajo.

—¿Desayunas? —preguntó Vale.

—Sí —respondió Mateo—. ¿Fuiste a comprar? —preguntó, mirando la mesa con los platillos aún humeantes.

—Sí, fui a la tienda de la esquina —contestó Vale.

—Perdona, se me olvidó darte dinero para el gasto.

—No te preocupes. Todavía me queda. Los cincuenta mil dólares del mahar son muchísimo.

—No uses ese dinero. Es tu mahar. Luego te doy una mensualidad.

Vale agachó la cabeza para esconder la sonrisa. Era la primera vez que alguien la trataba tan bien. Le sirvió el desayuno a Mateo. Charlaron con soltura.

—Mateo...

—¿Sí?

—¿Puedo ir al salón hoy?

Mateo dejó la cuchara a medio camino.

—¿Quieres ir a trabajar?

—Sí. Y de paso le doy mi número nuevo a la señora Rosario.

Mateo sonrió.

—Claro. No te lo prohíbo.

Tomó el teléfono nuevo de Vale.

—Ven.

Con paciencia, le guardó su número, le enseñó a hacer llamadas, a guardar contactos, a abrir los mensajes.

—Despacio, sin prisa —le dijo.

Vale observaba con toda su atención.

—Ah... entonces esto es para llamar.

—Sí.

En menos de cinco minutos, Vale ya se manejaba con soltura. Sonrió satisfecha. Miró su lista de contactos, que solo contenía el número de su esposo.

Mateo se puso de pie.

—Me voy.

—Que te vaya bien —dijo Vale, y le besó la mano.

Mateo se inclinó, le dio un beso breve en la frente y se marchó.

Vale se dedicó a arreglar la casa. Barrió, lavó los platos, acomodó la ropa. La casa pequeña se sentía cálida.

De pronto, unos golpes sonaron en la puerta.

Vale se detuvo.

—¿Quién será? —murmuró.

Caminó hasta la puerta y abrió...

Y el mundo de Vale pareció dejar de girar.

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