“Mi amor: El guachimán” es una historia de amor intensa entre un humilde guachimán (guardia de seguridad) y una joven millonaria que vive rodeada de lujos pero se siente vacía y sola.
A pesar de venir de mundos totalmente distintos, ambos se enamoran profundamente. Sin embargo, la madre de la chica se opone a la relación y hace todo lo posible para separarlos, creyendo que él no es digno de su hija.
Con el tiempo, el amor entre ellos se vuelve más fuerte y deciden luchar por estar juntos. Cuando finalmente llega el día de su boda, todo cambia drásticamente: ocurre un ataque inesperado y la chica termina herida al protegerlo a él, lo que provoca que pierda la memoria.
Desde ese momento, ella ya no lo recuerda. Él, roto por el dolor pero lleno de amor, hace todo lo posible por ayudarla a recuperar sus recuerdos y volver a enamorarla, demostrando que su amor puede resistir incluso la tragedia y el olvido.
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Capítulo 11: El viaje que cambió nuestras vidas
Narra Ángel Pacheco
Hola, yo soy Ángel Pacheco, tengo 22 años. Nací en Colombia, en Santa Marta, el 14 de septiembre del 2003. Soy costeño, criado en barrio humilde, de esos donde uno aprende desde pequeño a sobrevivir con lo que tiene y a valorar la familia más que cualquier otra cosa.
Soy el mejor amigo de Gregorio Giraldo desde pelados. Literal crecimos juntos. Jugábamos fútbol en las calles calientes de Santa Marta, nos íbamos a la playa cuando podíamos y hablábamos de cómo algún día íbamos a sacar adelante a nuestras familias.
Mi mamá se llama Rosa Pacheco, tiene 42 años. Es una mujer fuerte, trabajadora y demasiado noble. De esas mamás costeñas que pueden estar destruidas por dentro pero siguen levantándose por sus hijos.
Yo tenía dos hermanos.
Mi hermana menor se llama Yurani Pacheco, tiene 19 años, nació en el 2007. Ella es dulce, sentimental y muy apegada a la familia.
Y también estaba mi hermano mayor…
Juan Pablo Pacheco.
Él tenía 25 años y era prácticamente el hombre de la casa después de la muerte de mi papá. Era trabajador, responsable y demasiado protector con nosotros.
Juan Pablo estaba casado con Leydi, una mujer buena, humilde y cariñosa. Ellos tenían una hija hermosa llamada Meleydis, que apenas tenía dos años.
Ellos eran felices, parcero.
No tenían lujos, pero tenían amor.
Hasta que llegó el terremoto.
Ese día fue horrible.
Horrible de verdad.
Santa Marta parecía el fin del mundo. Las casas moviéndose, la gente gritando, paredes cayéndose, polvo por todas partes… uno sentía que la tierra se estaba partiendo.
Yo todavía recuerdo correr desesperado buscando a mi familia.
Cuando llegué al barrio, vi a mi mamá afuera llorando y a Yurani abrazada a ella.
Pero Juan Pablo y Leydi no aparecían.
Yo sentí un frío horrible en el pecho.
Corrí hacia la casa de ellos, pero parte del lugar estaba destruido.
La gente intentaba ayudar, sacar escombros, buscar sobrevivientes.
Y yo gritaba:
—¡JUAN PABLO!
Pero nunca respondió.
Ni él.
Ni Leydi.
Horas después encontraron los cuerpos.
Y ese momento…
ese momento destruyó a mi mamá.
Ella cayó al piso llorando horrible, gritando el nombre de mi hermano.
Yo jamás había visto a mi mamá sufrir así.
Yurani lloraba abrazándome y la pequeña Meleydis no entendía nada. Solo lloraba porque veía a todos llorando.
Mi mamá repetía:
—Mi hijo… mi hijo…
Y yo solo podía abrazarla.
No sabía qué más hacer.
Porque hay dolores tan grandes que uno no encuentra palabras suficientes.
Aun así, traté de darle fuerza.
Le agarré las manos y le dije:
—Mamita… yo sé que duele… claro que duele… pero Dios quería dos angelitos arriba con él.
Mi mamá lloraba más.
Y yo también tenía ganas de derrumbarme, pero tenía que mantenerme fuerte por ellas.
Entonces seguí hablándole.
—Pero mírenos a nosotros… aquí estamos Yurani, yo… y la pequeña Meleydis también nos necesita.
Mi mamá abrazó a la niña y lloró todavía más.
Porque Meleydis quedó con nosotros.
Y desde ese día se convirtió en nuestra responsabilidad y también en nuestra razón para seguir adelante.
Después vinieron las nueve noches de mi hermano y mi cuñada.
Eso fue duro, parcero.
La casa llena de gente rezando, llorando, recordando historias de ellos.
Mi mamá prácticamente no dormía.
Yurani lloraba escondida.
Y yo trataba de mantener todo en orden aunque por dentro estaba destruido también.
Meleydis preguntaba por sus papás a veces, y eso acababa con nosotros.
Después de las nueve noches, me senté a hablar con mi mamá.
La casa se sentía vacía.
Santa Marta ya no se sentía como hogar.
Todo nos recordaba el dolor.
Entonces le dije:
—Mamá… vámonos para Barranquilla.
Ella me miró sorprendida.
—¿Cómo así irnos?
—Sí… ya no necesitamos estar acá.
Mi mamá negó rápido.
—No, Ángel… esta es nuestra casa.
Yo respiré profundo.
—Mamá, aquí todo nos está destruyendo más.
Ella bajó la mirada.
—Yo no quiero dejar a mi hijo aquí…
Eso me rompió el alma.
Pero le respondí:
—Juan Pablo no está en esta ciudad, mamá… él está con Dios.
Mi mamá lloró otra vez.
Yurani también quería irse porque ya no soportábamos el ambiente de tristeza.
Pero convencer a mi mamá fue difícil.
Duré días insistiendo.
Hasta que finalmente aceptó.
Nos fuimos prácticamente con lo poco que nos quedó.
Bolsos, ropa sencilla y a Meleydis en brazos.
El viaje fue duro.
Demasiado duro.
Íbamos caminando largas cuadras porque no siempre había cómo transportarnos.
El calor era fuerte.
Había momentos donde no teníamos ni ganas de hablar.
Meleydis lloraba mucho.
Todo el tiempo.
A veces porque tenía hambre, otras veces porque extrañaba a sus papás aunque no entendiera bien.
Había cuadras enteras donde yo la cargaba.
Y otras donde Yurani la llevaba porque yo ya no podía más del cansancio.
Mi mamá caminaba despacio, agotada emocionalmente.
A veces se quedaba viendo hacia atrás, como si le doliera dejar Santa Marta.
Y yo entendía ese dolor.
Porque uno no abandona una ciudad…
uno abandona recuerdos.
Dormimos algunas noches en lugares improvisados, comimos poco y seguimos avanzando hacia Barranquilla porque sentíamos que allá tal vez podíamos empezar de nuevo.
Y aunque el viaje fue cansado, triste y lleno de lágrimas…
también fue el inicio de una nueva vida.
Una vida donde nos tocó aprender a sanar mientras seguíamos caminando.
Porque eso hace la gente fuerte de verdad:
seguir adelante incluso cuando el corazón todavía está roto.
Angel y su familia
Juan Pablo y Leidy