Daniela perdió a su madre a la edad de 3 años, su padre se vuelve a casar y le da una perversa madrastra que la maltrata y encierra en el sótano, sótano que guarda grandes secretos.
Acompáñame en mi nueva historia, que sé que será de su agrado.
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CONOCIENDO LA CIUDAD EMPRESARIAL
A sus trece años, Daniela no se parecía en nada a la niña pequeña y asustada que encerraron años atrás. El tiempo, el estudio y la disciplina habían hecho de ella una joven extraordinaria: alta, esbelta, de porte elegante y una belleza serena y profunda que dejaba sin aliento. Gracias al entrenamiento militar detallado en los viejos manuales de su bisabuelo, su cuerpo era fuerte, ágil y perfectamente formado; cada movimiento suyo era seguro, silencioso y preciso, como el de alguien que sabe controlar cada músculo y cada paso que da. A simple vista, cualquiera la tomaría por una joven de dieciocho años, madura tanto en su físico como en su forma de pensar y hablar.
En los libros, mapas y relatos que devoraba día y noche, había aprendido todo lo que existía sobre el mundo: países, ciudades, costumbres, leyes, negocios, arte, historia y ciencia. Sabía cómo funcionaba la sociedad, cómo se movía el dinero, cuáles eran las reglas y los secretos del poder. Pero había algo que los libros no podían enseñarle: la realidad misma. Quería ver con sus propios ojos lo que había leído, quería respirar el aire libre, ver las luces, escuchar las voces de la gente, saber cómo era realmente la vida más allá de las paredes de su refugio y de la mansión que era su prisión de oro.
Una noche, cuando la luna estaba alta y todo en la casa y el jardín estaba en silencio absoluto, Daniela tomó una decisión que había estado planeando en secreto durante meses. No se lo diría a Lupita; sabía que la buena mujer se negaría por miedo a que le hicieran daño, y no quería ponerla en riesgo ni preocuparla. Se puso ropa sencilla y oscura, se recogió el cabello, y con la agilidad de un gato —fruto de años de entrenamiento— recorrió el pasadizo secreto que su bisabuelo había construido y que tenía una salida oculta entre la espesura del jardín, lejos de las ventanas y los caminos principales.
Salió al aire libre por primera vez en su vida. El viento le acarició la cara, y por un momento se detuvo, cerrando los ojos, sintiendo una libertad que hasta ese momento solo había imaginado. Cruzó el jardín con pasos invisibles, escaló el muro alto que rodeaba la propiedad con una facilidad impresionante, y cayó al otro lado, en la calle, sin hacer el menor ruido.
Ahí estaba. Por fin, en el mundo exterior.
Caminó despacio, primero con cautela, luego con creciente curiosidad. Las calles estaban iluminadas por faroles y luces de negocios que aún permanecían abiertos. Vio coches pasar, personas caminando, parejas riendo, grupos de amigos charlando en las puertas de las tiendas. Escuchó el ruido de la ciudad, el murmullo de las voces, el sonido de la música que salía de algunos locales. Todo eso lo conocía teóricamente, pero vivirlo era algo completamente distinto.
Pasó frente a escaparates lujosos, donde se veían vestidos, joyas y objetos caros, y sonrió para sí misma: sabía que todo eso, y mucho más, le pertenecía por derecho, aunque nadie lo supiera. Vio también calles más sencillas, gente que trabajaba hasta tarde, personas humildes, y todo lo que había leído sobre las diferencias sociales se hizo real ante sus ojos. Observaba todo con una inteligencia y una atención asombrosas: nada se le escapaba. Fijándose en cómo se comportaba la gente, cómo hablaban, cómo se trataban entre ellos, aprendía en unas horas lo que otros tardan años en conocer.
En su caminar, llegó hasta la zona financiera y comercial, donde estaban los grandes edificios, bancos y oficinas. Se detuvo frente a la sede principal del imperio que fundó su madre: llevaba el nombre de Mariela, y sus letras brillaban en lo alto de la fachada. El corazón le dio un vuelco. Allí estaba lo que era suyo, lo que Renata y César usaban y disfrutaban como si fuera suyo, mientras ella vivía oculta. Pero no sintió rabia, sino una determinación fría y serena. Sabía que aún no era el momento, pero estaba aprendiendo, estaba reuniendo la información y la experiencia que le faltaban.
Caminó durante horas, recorriendo kilómetros sin cansarse, gracias a su condición física perfecta. Nadie reparaba en ella: parecía una joven más, tranquila y elegante, que paseaba a esa hora. Y si alguien la miraba, sus ojos profundos y serios inspiraban respeto, como si tuviera un aura especial, algo que la hacía diferente a todas las demás.
Descubrió cosas maravillosas y cosas duras. Vio la belleza y la injusticia, la riqueza y la pobreza, la bondad y la maldad, tal como decían los libros, pero ahora con nombre y rostro. Entendió que para recuperar lo que era suyo, para hacer valer su derecho y para honrar la memoria de su madre, necesitaba no solo sabiduría y fuerza, sino también conocer a las personas, saber cómo piensan, cómo actúan y cómo ganar.
Antes de que empezara a clarear el día, regresó por el mismo camino silencioso, volvió a escalar el muro, cruzó el jardín y entró de nuevo en su refugio secreto, justo antes de que Lupita bajara con el desayuno. La anciana nana no notó nada; Daniela estaba tranquila, sentada junto a sus libros, pero con la mirada más brillante y la mente mucho más llena de lo que era antes.
Desde esa noche, se convirtió en su costumbre. Dos o tres veces por semana, cuando todo estaba en calma, Daniela salía en secreto. Recorría la ciudad, hablaba con personas sin que sospecharan quién era, entraba en bibliotecas públicas, observaba las operaciones de los bancos, aprendía cómo funcionaban los negocios de verdad. Se hacía pasar por una estudiante de provincia, por una turista, por una joven de familia adinerada, según convenía, y siempre lograba salir airosa, impresionando a todos con su cultura y su inteligencia.
Cada noche volvía más sabia, más fuerte y más preparada. Ya no solo tenía el conocimiento de los libros, tenía el conocimiento de la vida, de la calle, de la gente. Sabía exactamente dónde estaba parada, qué tenía y qué le faltaba. Y lo más importante: sabía que ya estaba lista, o casi lista, para dar el gran paso.
En Los Ángeles, Laureano seguía creyendo en las mentiras que le contaban. Pero Daniela, desde las sombras, ya tenía trazado su plan. Había visto su nombre en los edificios, había visto cómo usaban lo que era suyo, y ahora conocía el terreno perfectamente.
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Estimados lectores, una vez más les regaló una de mis novelas, que había escrito años atrás, pero mi narrativa era distinta espero que les guste 🙏 y me regalen sus links
Ella misma les puso la trampa y tanto Alvaro como Mirian cayeron
Pobre Javier, todo lo que sufrió, por suerte volvió Daniela
Ojalá Alvaro también pague