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El Cazador De Princesas

El Cazador De Princesas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Fantasía épica / Héroes
Popularitas:545
Nilai: 5
nombre de autor: victor91

En un mundo donde la realeza no es sinónimo de inocencia, existe alguien dispuesto a romper todas las reglas.

Un misterioso cazador recorre los reinos con una misión peligrosa: encontrar y eliminar princesas. Pero no lo hace por ambición ni riqueza… sino por una verdad oculta que pocos conocen. Detrás de cada corona se esconden secretos, traiciones y poderes que podrían destruirlo todo.

A medida que avanza en su cacería, el cazador comienza a cuestionar su propósito, especialmente cuando se cruza con una princesa diferente a las demás… alguien que podría cambiarlo todo.
Entre conspiraciones, batallas y emociones prohibidas, la línea entre enemigo y aliado se vuelve cada vez más difusa.

¿Qué pasa cuando el cazador deja de ver a su presa como un objetivo… y empieza a verla como algo más?

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Cosas por hacer

Elena curó las heridas de Penélope, y lo mismo hizo con los cortes de vidrio que tenía Preus en el cuerpo. Lázaro, como todas las noches, aseguró la muñeca del cazador al respaldo de la cama. La ventana lucía cubierta con una gran cantidad de papel pegado para evitar el ingreso de insectos y del frío; Preus ya no tendría la hermosa vista de cada amanecer.

—Mañana arreglarás la ventana —exclamó Lázaro mientras cerraba la puerta.

A la mañana siguiente, el cazador abrió los ojos. El sol ya no se filtraba por el vidrio: ya no había vidrio. Por eso, la habitación estaba más oscura. Llevó ambas manos a la cara y se frotó con ellas. En un momento se detuvo y entendió que ya no tenía grilletes, que estaba libre. Golpearon la puerta de la habitación, dos veces, y la abrió. Era Penélope, con su característica sonrisa.

—A desayunar, te esperamos en la sala —dijo, y siguió su camino.

Preus se paralizó. Movió sus ojos perspicaces, como intentando encontrar el truco en la ecuación. Pero no logró dar con nada. Entonces tomó la vestimenta que le habían dado días atrás, se vistió y salió.

El padre estaba en la punta de la mesa, la madre a un lado, la hija mayor enfrente y el bebé dormía en una cuna. Preus observa la escena: el olor a hogar lo embriagaba por completo, una sensación de bienestar lo acariciaba. Se acercó a una silla y se sentó.

Huevos revueltos con vegetales y cereales.

—Ya conseguí el vidrio y las maderas —dijo Lázaro.

Preus tragó apresurado y lo miró.

—Mi caja de herramientas está en el cobertizo del fondo. Podés empezar cuando termines de desayunar.

El cazador gestó una pequeña mueca de sonrisa, como aprobando el mandato, y siguió comiendo.

—Gracias por salvar a Penélope. Fue muy valiente lo que hiciste —exclamó Elena.

—El destino quería que estuvieras en ese lugar —acotó Lázaro.

—¿Tu destino o el mío? —preguntó Preus.

—El de mi hija.

Penélope le sonrió. Sus dientes brillantes eran reconfortantes; valía la pena arriesgar la vida solo por ver su sonrisa.

Preus pasó el día entero arreglando la ventana: sacando medidas, martillando maderas, limpiando la suciedad, descansando un poco. A veces la muchacha le llevaba alguna bebida fresca y se quedaba mirando cómo trabajaba.

Al caer la noche, cuando el sol ya no se ofrecía a iluminar el camino, Preus se acostó en su cama, estiró la muñeca para que la aseguraran al respaldo, pero nadie apareció para hacerlo. Solo Penélope, deseándole buenas noches. Solo ella sonriendo.

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—Muchacho.

Preus se retorció, despertando.

—¡Muchacho! —repitió Lázaro junto a la cama.

El cazador abrió los ojos, los refregó con las manos y rápidamente se sentó.

— ¿Qué sabes de pesca? —preguntó el hombre.

—Lo básico.

—Y ¿Qué sería “lo básico”?

—Llamo la atención de los peces y los capturo cuando se acercan.

Lázaro levantó la mirada. Imaginó su estrategia: lo veía sentado en una roca en medio del océano, meditando, esperando la oportunidad de que un pez se acercara. Definitivamente esperaba más de un cazador interdimensional. Entonces contestó:

—Está bien, con eso es suficiente. Necesito que ayudes a una amiga.

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Preus caminó hasta un bote viejo; recordaba haberlo visto antes. De un costado de este, con la ropa sucia y la piel arrugada, salió la anciana que repartía peces aquella mañana: la señora Thoms. Ella se quedó quieta, lo observó, miró sus piernas fuertes y sus enormes pies. Luego dirigió la mirada a sus ojos, observó cada partícula de materia que los componía, cada detalle que los hacía distintos.

— ¿Entonces te envía Lázaro? —preguntó.

—Así es. Hoy voy a ser su ayudante.

La señora Thoms sonríe sin perder la seriedad del rostro, con algo de sarcasmo.

—¿Para qué necesito a un cazador en mi bote?

Preus abrió los ojos enormes. Quedó paralizado al ver que la anciana conocía a los cazadores. Se acercó a ella, se agachó a su nivel —le llevaba algunos centímetros— y preguntó:

— ¿Cómo sabe usted de los cazadores?

Ella se giró y comenzó a soltar las amarras del bote. Intentó despegarse del muelle para zarpar, Jaló las cuerdas. Preus se quedó parado en el mismo lugar; Sentía cierta tristeza que recorría el aire. Entonces la mujer se detuvo. Sus ojos observaron la cuerda, su mentón se hundió en el pecho. Una lágrima se estrelló en sus manos que aún sostenían las cuerdas, y luego otra que la rozó y cayó sobre la madera. De pronto, sus ojos fueron un río embravecido que escupía agua salada.

—Un cazador posó su katana en el cuello de mi hija. Estaba dispuesto a matarla sin piedad, pero luego vio las marcas que tenía en su cuerpo, los golpes que le daba su padre a diario, el maltrato al que estaba destinada —la señora se giró hacia Preus y continuó—. Ella deslizó su cuello por el filo; buscó acabar con tanto sufrimiento... —La anciana se tranquilizó, volvió hacia las cuerdas y concluyó—: Lázaro no pudo matarla.

Preus se sorprendió. Aquella anciana que recolectaba peces y los entregaba a los habitantes, supo ser la reina del mundo donde ahora moría en soledad.

—Bueno, ¿vas a ayudarme o te vas a quedar ahí parado sin nada que hacer? —reclamó ella.

Preus salió de ese trance en el que intentaba armar una historia que había quedado en el pasado. Subió al bote y ayudó a la anciana a zarpar.

El sol recorrió el cielo entero en una tarde impecable. Las olas mecían el bote, lo hacían bailar en el azul infinito. La señora lanzaba redes y Preus las recogía; obtendrían peces y los guardaban en neveras para mantener su frescura. Por momentos, la señora Thoms se posaba en la proa del navío, se quedaba un largo tiempo observando el firmamento; a veces reía, y otras dejaba escapar algunas lágrimas. Intentaba encontrar algún tipo de redención. No se sentía a gusto con la vida que había llevado: era evidente que estaba arrepentida de algo.

Preus la observaba siendo libre, abrir los brazos y dejar que el viento sacudiera su pelo, o quizás esperar que el tiempo se llevara su alma. En ambos casos, intentaba escapar de esos pensamientos, de esas imágenes que devoraban su mente. A veces decía un nombre: Camille. Preus no quiso preguntar, pero era obvio que así se llamaba la princesa, su hija.

Camille.

La tarde desaparecía con cada estrella que se asomaba. El sol, anaranjado, parecía extinguirse y se sumergía en la línea que dividía la tierra del cielo.

—Es hora de volver, muchacho. Hoy quizás no sea el día indicado...

—¿El día indicado? —preguntó el cazador.

Ella alzó el rostro y miró hacia las nubes.

—Parece que aún no me esperan en el cielo —exclamó.

Atracaron el barco. La señora Thoms pisó el muelle y aseguró las cuerdas, mientras Preus acomodaba las conservadoras una al lado de la otra.

— ¿Qué va a hacer con tanto pescado? ¿Lo vende?

Ella terminó el amarre, lo miró y contestó:

—Alimentar a mi pueblo.

Preus dejó de mover las cajas, se irguió y la miró fijamente.

— ¿Qué es eso que tiene que pagar con tanto esfuerzo y sufrimiento? ¿Quién fue en su otra vida?

La anciana le sonríe.

—No estoy loca, muchacho —respondió mientras giraba hacia las estrellas—. Es todo aquello que pude hacer y no hice lo que me mata a diario...

Preus se tomó su tiempo para parpadear. Aglutinó la información que durante ese día la señora Thoms le había contado: los problemas que tuvo que afrontar y aquellos a los que no hizo frente... cómo defender a su hija.

El cazador saludó amablemente, se ofreció a volver otro día y se alejó rumbo a casa, o lo más cercano que tenía a eso.

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