Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."
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Capítulo 22: Hilos de una Nueva Vida
Las fotografías llegaron al terminal de Maximilian Al-Mansur en un momento en que el CEO intentaba sepultar sus pensamientos en un informe de exportación de crudo. Al abrir el archivo, el aire pareció abandonar sus pulmones. Allí estaba ella, tres meses después. Las imágenes eran una puñalada de realidad: Amara se veía más delgada, con los pómulos marcados, pero su belleza seguía siendo devastadora, una mezcla de fragilidad y fuerza que Maximilian no podía dejar de mirar. Pero lo que más le dolió, lo que hizo que su mano temblara sobre el escritorio de obsidiana, fue verla en esa casa de empeños, entregando sus joyas por unas cuantas monedas de cobre. El Faraón de Neo-Luxor, el hombre que controlaba la riqueza de la región, veía a su esposa viviendo como una mendiga mientras llevaba a su hijo en el vientre.
Sin embargo, el reporte fotográfico no terminaba en la casa de empeños. El espía la había seguido hasta una pequeña tienda de suministros textiles en el Distrito de los Artesanos. Era un local humilde, lejos de las boutiques de seda italiana que Maximilian solía frecuentar para ella. En las fotos, se veía a Amara entrando con las pocas monedas que le quedaban en la mano. La imagen era nítida: ella no buscaba vestidos de lujo para ella, sino que estaba frente a unos rollos de tela de algodón suave, de colores pasteles y blancos puros.
Maximilian observó la secuencia con una angustia creciente. Amara, con la ayuda de Marta, seleccionaba cuidadosamente hilos de seda blanca y agujas finas. Sus dedos largos y elegantes acariciaban la tela con una ternura que Maximilian reconoció de inmediato; era la misma ternura con la que ella solía tocar su rostro antes de que el sobre negro lo destruyera todo. La reina no estaba comprando ropa de bebé ya confeccionada; estaba comprando los materiales para coser con sus propias manos las cobijas y las pijamas del niño que esperaba.
—Está cosiendo para él… —susurró Maximilian para sí mismo, sintiendo un nudo en la garganta que su orgullo intentó disolver sin éxito.
La imagen final de la serie era la más poderosa: Amara saliendo de la tienda, cargando una pequeña bolsa de tela con sus suministros, protegiéndose del viento con una mano mientras la otra descansaba, de forma instintiva y protectora, sobre su vientre. El embarazo era innegable ahora. El hijo de la tormenta, el heredero que él había repudiado, crecía en medio de la carencia mientras su madre hilaba sus sueños con hilos humildes.
Julián entró en el despacho justo en ese momento, viendo las fotos proyectadas en la pantalla gigante. Se quedó en silencio un largo rato, observando la dignidad de Amara en la miseria.
—Mírala, Maximilian —dijo Julián, su voz llena de una tristeza profunda—. Está comprando tela para coserle ropa a tu hijo porque no tiene dinero para comprarle una cuna de oro. Ella prefiere romperse las manos cosiendo que pedirte un solo gramo de tu fortuna. ¿Sigues creyendo que una mujer que se sacrifica así es capaz de la traición que imaginas? Esa mujer no está buscando el lujo; está buscando la manera de ser madre en el mundo que tú le dejaste.
Maximilian no respondió. Apagó la pantalla con un gesto violento, pero la imagen de Amara acariciando la tela de algodón se quedó grabada en sus pupilas. El veneno de su rabia seguía allí, pero ahora se mezclaba con una culpa corrosiva. En la Torre Ra, rodeado de lingotes de oro y poder absoluto, el hombre más rico de Neo-Luxor se sentía, por primera vez, infinitamente más pobre que la mujer que cosía pijamas en una habitación oscura de los barrios bajos.