Elara, una veterinaria de élite en Seattle, lo pierde todo tras una negligencia médica provocada por el estrés de un matrimonio abusivo. Buscando anonimato, se muda a Valle Sombrío para dirigir un refugio de animales al borde de la quiebra. Su llegada choca frontalmente con Jason, un hombre huraño y misterioso que vive en una cabaña aislada tras un accidente en el cuerpo de rescate que le dejó una cojera permanente y un alma cerrada bajo llave.
La rivalidad estalla cuando Elara intenta modernizar el refugio, mientras Jason cree que la naturaleza debe seguir su curso. Sin embargo, la aparición de animales heridos con marcas de redes ilegales los obliga a unir fuerzas. Entre el frío de la montaña y la calidez del refugio, Elara y Jason descubrirán que las cicatrices más profundas no son las que se ven, sino las que sanan cuando alguien decide quedarse.
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capitulo 24
El aire en el refugio pesaba más que la nieve que comenzaba a acumularse contra los cristales. La luz de las lámparas de aceite proyectaba sombras alargadas y vacilantes, convirtiendo las paredes de madera en una jaula de claroscuros. Elara estaba de pie frente al ventanal, con los hombros hundidos y la mirada perdida en la oscuridad del bosque, donde sabía que Miller y Marcus acechaban como lobos esperando el momento de la debilidad.
—Me voy a ir, Jason. Mañana, antes de que amanezca —dijo Elara sin girarse. Su voz era un hilo fino, desgastado por la falta de sueño y el terror—. Si me entrego a Marcus, Bennett detendrá la presión sobre el refugio. Los camiones pasarán, Sombra será un daño colateral y tú... tú podrás volver a tu cabaña. Podrás estar a salvo.
Jason, que estaba afilando su cuchillo cerca de la chimenea, se detuvo en seco. El sonido del metal contra la piedra cesó, dejando un silencio más violento que cualquier grito. Se puso en pie con un movimiento brusco, ignorando el quejido de su pierna lesionada.
—¿De qué demonios estás hablando? —la voz de Jason era un trueno contenido—. ¿Crees que esto es un maldito negocio de intercambio?
—¡Es lo lógico! —gritó ella, girándose de golpe. Tenía las mejillas encendidas y los ojos empañados—. Marcus me quiere a mí. Solo a mí. Si me quedo, Miller te matará para llegar a la oficina. Bennett te hará desaparecer en el bosque como lo intentó en el glaciar. No puedo cargar con tu muerte, Jason. Ya cargo con demasiados fantasmas. ¡No voy a dejar que seas el siguiente!
Ella intentó pasar por su lado para recoger su mochila, pero Jason la interceptó. La tomó por los hombros con una fuerza que no buscaba lastimarla, sino detener el torbellino de pánico que la estaba consumiendo.
—¡Suéltame! —forcejeó ella, golpeando su pecho—. ¡Déjame salvarte, al menos una vez!
—¡Mírame! —rugió él, obligándola a fijar sus ojos en los suyos—. ¡Mírame a la cara, Elara!
La verdad bajo la piel
Elara se detuvo, jadeando, con el pecho subiendo y bajando de forma errática. Jason no la soltó. Sus manos, grandes y marcadas por años de rescates y frío, temblaban ligeramente.
—¿Crees que peleo por los animales? ¿Crees que arriesgo mi vida por una ruta de tráfico o por vengarme de Bennett? —Jason la acercó más, hasta que sus frentes se tocaron—. Antes de que tú llegaras, yo era un cadáver que aún respiraba. Estaba enterrado en esa cabaña, esperando que el invierno fuera lo suficientemente largo para no tener que despertar.
Él bajó la voz, que ahora era un susurro roto que vibraba contra los labios de Elara.
—Tú no me salvaste la pierna, Elara. Me devolviste el derecho a sentir que el mundo no es solo un lugar donde la gente se rompe. Me diste una razón para afilar este cuchillo que no fuera para terminar conmigo mismo. Si te vas, si dejas que ese monstruo te lleve, me estarás matando de una forma que Bennett nunca pudo. No peleo por el refugio. Peleo por la única vida que me importa: la que tengo frente a mí.
Elara sintió que el muro de hielo que había construido para protegerse se desmoronaba. Sus manos, que antes golpeaban el pecho de Jason, subieron lentamente hasta su cuello, aferrándose a él como si fuera el único anclaje en un mundo que se hundía.
—Tengo tanto miedo —confesó ella, y esta vez las lágrimas rodaron libres, calientes contra el frío de la habitación.
—Yo también —admitió él, envolviéndola en un abrazo feroz—. Pero el miedo es lo que nos mantiene vivos. Y no vas a volver a Seattle. Ni hoy, ni nunca.
El conflicto se disolvió en una necesidad física y emocional que ninguno de los dos podía seguir negando. Se movieron hacia la habitación de arriba, donde el calor de la estufa apenas lograba combatir el frío de la montaña.
Allí, entre sábanas de franela y el aroma a leña, la urgencia de la guerra dio paso a una intimidad lenta y profunda. No hubo prisas. Cada caricia era una forma de borrar las cicatrices del pasado: los dedos de Elara recorriendo la piel endurecida de la espalda de Jason, reconociendo las marcas del glaciar; las manos de él acunando el rostro de ella con una ternura que Marcus nunca fue capaz de imaginar.
Jason besó sus manos —esas manos de cirujana que habían sido humilladas y que ahora recobraban su fuerza— como si fueran objetos sagrados. El contacto físico fue un lenguaje de resistencia. En la penumbra, sus cuerpos se convirtieron en un solo refugio, un espacio donde las amenazas de Bennett y las sombras de Marcus no podían entrar.
Fue una noche de confesiones mudas. En el silencio de la habitación, Elara dejó de ser la "propiedad de Lobelia" para ser simplemente Elara, una mujer que encontraba su voz en los brazos de un hombre que no quería poseerla, sino caminar a su lado. Jason, por su parte, dejó de ser el fantasma de la montaña para ser el guardián de una esperanza nueva.
Hacia la madrugada, mientras el primer tinte azulado del alba empezaba a tocar las cumbres, permanecieron abrazados, escuchando el viento que arreciaba afuera. La tormenta —la física y la criminal— estaba a punto de estallar.
—El viernes es mañana —susurró Elara, apoyada en el pecho de Jason, escuchando el latido sólido de su corazón.
—Lo sé —respondió él, besándole la coronilla—. Pero hoy hemos ganado algo que ellos no tienen. Tenemos algo por lo que vale la pena morir, y eso nos hace peligrosos.
Jason se incorporó ligeramente y la miró a los ojos. Ya no había rastro de la paranoia en Elara; había una calma gélida, la calma de quien sabe que la batalla es inevitable.
—Cuando bajemos a ese Nivel 4, no quiero que pienses en Marcus. Quiero que pienses en Sombra. Quiero que pienses en la cabaña. Y sobre todo, quiero que pienses en que voy a estar justo detrás de ti.
Ellos dos levantándose para prepararse. Elara se vistió con movimientos precisos, ajustándose las botas y el equipo médico. Jason revisó su rifle una última vez. Eran dos guerreros preparándose para el asedio, pero con el corazón lleno de una calidez que ninguna nieve de Valle Sombrío podría congelar jamás. La noche de intimidad había sido su verdadera armadura; ahora, solo quedaba enfrentar al hielo.