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Lentamente, volviendo a la vida
Pasaron los días y, poco a poco, la vida fue regresando a mi cuerpo. No fue un proceso fácil ni rápido. Cada movimiento dolía, cada esfuerzo por respirar hondo me dejaba sin aliento, y sentía mi cuerpo pesado como si estuviera hecho de plomo. Sin embargo, la fiebre alta había desaparecido por completo, y la herida en mi costado empezaba a cerrarse, dejando una marca roja y sensible que sería testigo eterno de lo que había sucedido.
Al principio, solo podía mover los dedos de las manos y girar la cabeza con muchísimo cuidado. Cualquier otro movimiento era imposible y doloroso. Kaelen no se movió de mi lado ni un solo instante. Se había convertido en mi sombra, en mi guardián silencioso.
—No intentes levantarte todavía —me decía con voz suave pero firme, mientras acomodaba las almohadas detrás de mi espalda para que pudiera sentarme un poco más cómoda—. La herida es muy profunda y los puntos están frescos. La carne está sanando por dentro y por fuera. Tienes que tener paciencia, Elena. Date tiempo.
—Es tan frustrante... —murmuraba yo, mirando mis manos que aún se veían pálidas y débiles—. Sentirme así, tan indefensa, como si no valiera para nada...
Él se sentaba al borde de la cama y me miraba fijamente con esos ojos grises que ahora tenían un brillo de preocupación constante y profunda ternura.
—No eres inútil, ni mucho menos —respondía con seriedad—. Acabas de ganar una batalla contra la muerte misma. Sobreviviste a una pérdida de sangre terrible y a una fiebre que casi te consume. Eso requiere más valor y fuerza que pelear contra mil espadas en un campo de batalla. Descansa ahora, recupera tus energías, que yo me encargo de todo lo demás. Nadie entrará aquí, nada te faltará.
Y cumplía su palabra al pie de la letra. Él mismo, el gran Duque, el hombre temido por todo el reino, se encargaba de todo lo que tenía que ver conmigo. Me ayudaba a beber agua gota a gota, me daba la comida cucharada a cucharada cuando mis manos todavía temblaban demasiado para sostener la taza, y pasaba las tardes enteras leyéndome en voz alta libros de historia o poemas, o simplemente quedándose en silencio, con su mano grande y cálida sobre la mía, sintiendo mi pulso para asegurarse de que seguía ahí.
Al tercer día después de haber pasado lo peor, logré hablar con más claridad y tragar mejor las medicinas amargas que el médico recetaba.
Al quinto día, ya podía sentarme en la cama sin sentir que el mundo giraba ni que me iba a desmayar, y comía mis propios platos de caldo y pan, aunque despacio y con cuidado.
A la semana y media, sentía que las fuerzas me volvían poco a poco. Mi piel recuperaba su color natural, las ojeras desaparecían, y el dolor agudo y punzante se transformaba en una molestia sorda y constante que me recordaba tener cuidado al moverme.
—Mira, Kaelen —le dije una mañana, intentando incorporarme un poco más y apoyándome en mis codos—. ¿Ves? Ya casi estoy como nueva. Puedo moverme mejor.
Kaelen se acercó rápido y me sostuvo del brazo con firmeza para ayudarme, pero no me soltó tan rápido. Sus ojos recorrieron mi rostro con atención, buscando cualquier señal de cansancio o dolor.
—Vas mejorando, es cierto —asintió lentamente, y una pequeña y tímida sonrisa se formó en sus labios, iluminando su rostro serio—. Cada día que pasa te veo más viva, más fuerte, más llena de luz. Eso... eso me da una paz que no había sentido en años.
—Gracias por cuidarme así —le dije mirándolo a los ojos, con el corazón lleno de emoción—. Sé que no eres un hombre de muchas palabras, ni de demostraciones exageradas, pero tus acciones lo dicen todo. No sé qué habría sido de mí sin ti, Kaelen. Realmente creo que me salvaste la vida dos veces.
Él apretó mi mano con suavidad, llevándosela un momento al pecho.
—Te lo dije una vez y lo repito siempre: tú eres mi esposa. Eres parte de mi propia alma y de mi sangre ahora. Cuidarte no es solo una obligación noble, es lo único que sé hacer bien, lo único que tiene sentido para mí en estos momentos.
Me sentía débil todavía, sí. Todavía tenía que guardar reposo absoluto y no podía correr, ni saltar, ni hacer esfuerzos grandes, pero la oscuridad del abismo y el miedo a morir habían quedado atrás definitivamente. Estaba viva. Estaba sanando. Y cada día que pasaba, me sentía más preparada, más fuerte y más decidida a enfrentar cualquier cosa que el destino o los enemigos nos trajeran en el futuro.
Porque sabía con certeza absoluta que, pasara lo que pasara, él siempre estaría ahí, protegiéndome y amándome.