fantacia urbana y drama psicológico
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Capitulo 11: Gómez
Las siete y diez. El portón de servicio se abrió con un quejido.
Felix ya estaba ahí. Parado. Campera puesta. Sin termo hoy. Las manos libres. Había dormido tres horas en el sillón del living, mirando la puerta de servicio. A pulso también se vigila.
Entró un pibe flaco, de su edad. Veintipocos. Reja de pelo negro, manos grandes, gastadas. Empujaba una desmalezadora vieja y un carrito con herramientas. El hijo de Gómez. No dijo nada. Porque no podía. Solo asintió cuando vio a Felix.
Cabrera apareció atrás, con el bastón. "Este es Martín. Gómez, como el padre. Ya sabe las reglas."
Martín levantó una libreta chica. Escribió rápido. Letra apretada: _Sí. Cortar todo. No mirar ventanas. Me voy cuando terminen._ Arrancó la hoja y se la dio a Felix. Sin mirarlo a los ojos. Mirando el piso, las herramientas, cualquier lado menos la casa.
Felix leyó. Guardó el papel en el bolsillo. "Vení."
Newt miraba desde la ventana del segundo piso. Su cuarto. No bajó. Regla nueva: él no se cruza con nadie hasta que Felix diga. Tenía café en la mano. El de Cabrera. Estaba entero, sólido. Las sombras también miraban, pegadas al vidrio. _Uno nuevo. No habla. Mejor. Pero mira. Todos miran aunque no quieran. ¿Cuánto falta para que vea algo raro? ¿Cuánto falta para que nos llame?_
Abajo, Martín empezó. Prendió la máquina. El ruido llenó el jardín muerto. Pasto de cuatro años, yuyos altos como personas, ramas caídas. Empezó por el fondo, lejos de la casa. Bien.
Felix no se despegó. Dos metros atrás. Siempre. Cuando Martín se agachaba a juntar ramas, Felix veía sus manos. Cuando tomaba agua de una botella que trajo, Felix olía la botella antes. Cuando Martín se secó la frente y miró sin querer hacia una ventana, Felix se puso en el medio.
Cabrera iba y venía de la cocina al jardín. Llevaba agua. No entraba a la casa con Martín cerca. Dejaba el vaso en un banco de piedra, se iba. Martín tomaba. Felix vigilaba.
A las diez el jardín era otro. Pelado. Marrón. Feo. Pero se veía. Se veía el paredón del fondo, se veía el portón trasero, se veía quién venía. Seguro. Eso era lo que importaba.
Martín hizo una pausa. Agarró la libreta. Escribió: _Terminé con lo grueso. Falta juntar. Dos horas más._ Se la mostró a Felix.
Felix miró el cielo. Miró la casa. Miró a la ventana donde sabía que estaba Newt. Asintió.
Martín siguió. Juntaba yuyos, los metía en bolsas negras. No levantaba la cabeza. No buscaba nada. Solo trabajaba. Como si de verdad no le importara nada más que terminar e irse.
A las once y media pasó.
Martín arrastraba una bolsa pesada. Tropezó con una raíz que no vio. Se cayó de rodillas. La bolsa se abrió. Salió tierra, bichos, pasto. Y su libreta.
Felix llegó en dos pasos. Lo ayudó a levantarse con una mano, con la otra ya tenía la libreta. Martín se puso pálido. No por la caída. Por la libreta.
Felix la abrió. No por desconfianza. Por protocolo. Todo se revisaba.
Eran dibujos. Página tras página. De plantas. De árboles. De bichos. Detallados. Obsesivos. Y en las últimas hojas, dibujos de la casa. De afuera. De lejos. Del portón. Del techo. De las ventanas... cerradas. Vacías. Sin gente.
No había dibujos de Newt. No había dibujos de adentro. No había dibujos de sombras.
Felix cerró la libreta. Se la devolvió. Martín la agarró con manos que temblaban un poco. Escribió temblando: _Perdón. Dibujo lo que veo. No entro. Nunca._
Felix lo miró. Veinte segundos. Después señaló las bolsas. "Terminá."
Martín terminó. Juntó todo. Dejó el jardín pelado y las bolsas en la puerta de servicio. Limpió la máquina. No dejó una hoja.
Cabrera apareció con un sobre. Plata. Más de lo que cobraba un jardinero por medio día. "Por el apuro. Y por el silencio."
Martín no contó. Guardó el sobre. Agarró la libreta. Miró a Felix y hizo una seña: una mano cortando el cuello y después negando. _No hablo. Nunca._ Después se señaló los ojos y negó. _No vi nada._
Felix abrió el portón. Martín salió sin mirar atrás. No se llevó nada. No dejó nada. El portón se cerró. Felix le puso el candado. Dos vueltas.
Recién ahí subió.
Newt seguía en la ventana. No había tomado más café. Estaba frío.
"Se fue", dijo Felix. Entró sin tocar. "Es legal. O el mejor actor que vi."
"Dibujaba", dijo Newt. No era pregunta. Las sombras se lo habían dicho. _El mudo dibuja. Lo vimos desde arriba. Tiene talento. Dibujó la casa. No nos dibujó. ¿Por qué? ¿No nos ve?_
"La casa. De afuera. Vacía", dijo Felix. Se apoyó en el marco de la puerta. "No te dibujó. No dibujó adentro. No dibujó... nada raro."
Newt asintió. Despacio. "¿Vuelve?"
"No", dijo Felix. "Le pagamos para que no vuelva."
Silencio. Abajo, Cabrera juntaba las bolsas de yuyos para tirarlas. El jardín estaba pelado. Indefenso. Seguro.
"¿Viste?", dijo Newt. Miró el jardín vacío. "A pulso también se puede tener pasto corto."
Felix casi se rió. No lo hizo. "A pulso también se puede desconfiar de un mudo."
Las sombras se rieron por él. _Uno menos. Vienen más. Siempre vienen más. La lista de Cabrera es larga._
Newt se alejó de la ventana. "Decile a Cabrera que las viandas empiezan mañana. Y que compre cortinas nuevas. De las gruesas. Que no se vea para adentro."
"Entendido", dijo Felix. Se fue a dar el mensaje.
La casa estaba en silencio otra vez. Pero distinto. No era silencio de abandono. Era silencio de vigilancia. Se veía todo. Para adentro y para afuera.
Y en el placard del cuarto de servicio, Cabrera guardaba la libreta de Gómez. Se la había pedido prestada "para ver los dibujos". Martín se la dio sin dudar. Cabrera no se la iba a devolver. No hasta estar seguro.
La guardia no bajaba. Solo cambiaba de turno.