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Dónde Caen Las Estrellas

Dónde Caen Las Estrellas

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Secuestro y encarcelamiento / Romance / Aventura
Popularitas:219
Nilai: 5
nombre de autor: Beatriz zafra

Rose Walker jamás imaginó que un viaje cambiaría su vida para siempre. Reconocida como una joven guionista en ascenso en California, su sueño finalmente se estaba haciendo realidad cuando fue invitada a Singapur para participar en el rodaje de la película que había escrito durante años. Todo parecía perfecto: el éxito, el reconocimiento y la oportunidad que siempre había esperado. Pero el destino tenía otros planes.

Durante el vuelo, una violenta tormenta provoca un accidente aéreo que termina con el avión estrellándose en una isla desconocida perdida en medio del océano. Rose despierta sola entre restos del avión, rodeada únicamente por selva, montañas y un silencio aterrador. Sin experiencia sobreviviendo lejos de la civilización, deberá aprender a luchar contra el hambre, el miedo y la desesperación mientras intenta mantenerse con vida.

Sin embargo, la isla no está desierta.

Mientras explora el lugar buscando agua y comida, Rose descubre algo imposible: una antigua civilización e

NovelToon tiene autorización de Beatriz zafra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

No sé cuánto tiempo permanecí sentada en aquella playa después de escuchar el ruido en la selva.

Quizá minutos.

Quizá horas.

El miedo había comenzado a instalarse dentro de mí como una sombra silenciosa, creciendo poco a poco en cada rincón de mi cabeza. Intenté convencerme de que solo había sido un animal. Una rama cayendo. El viento.

Pero en el fondo sabía que no era eso.

Había sentido algo.

La sensación de que alguien me observaba.

Y no desapareció.

El resto del día caminé por la playa buscando cualquier cosa útil entre los restos del avión. Encontré una botella medio llena de agua, una manta húmeda y una maleta rota que el mar había arrastrado hasta la orilla. Dentro solo había ropa empapada y unos auriculares inutilizables.

Ni rastro de un teléfono funcionando.

Ni señales de rescate.

Cada vez que miraba el océano sentía un vacío horrible en el pecho. El cielo parecía demasiado grande, demasiado indiferente.

Quería pensar con claridad, pero el cansancio y el miedo me estaban consumiendo lentamente.

Intenté mantenerme ocupada.

Con unas piedras grandes empecé a escribir una palabra enorme sobre la arena húmeda:

AYUDA

Luego la rodeé con más rocas para que pudiera verse desde el cielo.

Trabajé durante horas bajo el sol.

Mis manos terminaron llenas de arena y pequeños cortes, pero seguí moviendo piedras una tras otra como si aquello pudiera mantenerme cuerda. Como si hacer algo evitara que me derrumbara.

A veces me detenía para mirar la selva.

Siempre la selva.

Oscura.

Silenciosa.

Inmóvil.

Y aun así tenía la extraña sensación de que respiraba.

Como si detrás de los árboles hubiese ojos siguiéndome.

Varias veces creí escuchar movimientos entre las hojas, pero cuando giraba la cabeza no había nada. Solo palmeras agitándose lentamente con el viento cálido de la tarde.

“Te estás volviendo paranoica, Rose”, pensé.

Y quizá era verdad.

Había sobrevivido a un accidente aéreo. Estaba sola en una isla perdida en medio del océano. Cualquiera se sentiría así.

Intenté repetírmelo suficientes veces hasta casi creérmelo.

Cuando el sol empezó a esconderse, el cielo se tiñó de tonos anaranjados y violetas. Fue entonces cuando vi la cueva.

Estaba cerca de la costa, parcialmente escondida entre unas rocas oscuras. No era muy profunda, pero al menos podía protegerme del viento durante la noche.

Miré una última vez la selva antes de acercarme.

El presentimiento seguía ahí.

Pesado.

Incómodo.

Como una mano apoyada sobre mi espalda.

Aun así preferí ignorarlo.

No tenía otra opción.

Recogí varias hojas grandes de palmera y algunas ramas secas. Arrastrarlas por la arena me tomó más tiempo del que esperaba porque mi cuerpo todavía me dolía por el accidente. Cada movimiento hacía que el costado me ardiera.

Cuando terminé, improvisé una especie de cama dentro de la cueva.

Era horrible.

Incómoda.

Pero mejor que dormir directamente sobre la piedra fría.

La noche cayó rápido.

Demasiado rápido.

En cuestión de minutos la isla quedó envuelta en oscuridad.

Encendí una pequeña fogata frente a la entrada usando ramas secas y restos de tela que encontré en el avión. Las llamas comenzaron a moverse lentamente, iluminando las paredes de roca con sombras temblorosas.

El calor era débil, pero suficiente para no congelarme.

Me senté abrazando mis piernas mientras observaba el fuego.

El sonido del mar se mezclaba con ruidos lejanos de insectos y animales desconocidos. La selva sonaba diferente por la noche.

Más viva.

Más peligrosa.

Intenté dormir.

De verdad lo intenté.

Pero cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar los gritos del avión.

Volvía a sentir el impacto.

El metal rompiéndose.

Las llamas.

Abrí los ojos de golpe y respiré agitadamente.

“No pienses en eso.”

Miré hacia afuera de la cueva.

La playa estaba completamente vacía.

La única luz provenía de mi fogata y de una luna enorme reflejándose sobre el océano.

Entonces escuché algo.

Muy lejos.

Fruncí el ceño.

Parecía… una voz.

Me quedé completamente quieta.

El sonido desapareció.

Tragué saliva lentamente.

—Solo es tu imaginación… —murmuré.

Pero segundos después volvió a escucharse.

Más claro esta vez.

Varias voces.

Distantes.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

Me puse de pie inmediatamente y salí de la cueva. La arena fría se hundió bajo mis pies mientras intentaba escuchar mejor.

Silencio.

El viento sopló entre las palmeras.

Y entonces otra vez.

Voces.

No podía distinguir qué decían, pero definitivamente eran personas.

Personas.

El alivio me golpeó tan rápido que casi me mareé.

—¡Hola! —grité desesperadamente hacia la oscuridad— ¡Estoy aquí!

Nadie respondió.

Las voces seguían oyéndose a lo lejos, mezcladas con algo más… como golpes suaves o madera crujiendo.

Mi respiración se aceleró.

Miré hacia la dirección del sonido.

Y fue entonces cuando lo vi.

Luces.

Pequeñas luces moviéndose entre la oscuridad de la isla.

Mis ojos se abrieron lentamente.

No eran estrellas.

Ni fuego natural.

Eran antorchas.

Había alguien allí dentro.

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