La escuela está en pánico, en el pueblo pasan cosas extrañas, los padres ya no dejan salir a sus hijos, algunos murmuran sobre un animal raro, ¿un perro grande, o algo más?, nadie se atreve a decirlo en voz alta.
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El Viejo Alfa
Narrador.
Después de cinco minutos en silencio, con el motor apagado y los cinco aguantando la respiración entre los arbustos, Eitan gira la llave. La camioneta tose, arranca, y sale despacio del escondite sin prender las luces.
—Tranquilos —dice Eitan, con los ojos fijos en el camino de tierra— si vuelve, lo escuchamos antes de verlo.
Van sin luces por casi veinte minutos, saltando en los pozos, con la luna como única guía. Nadie habla, todos miran por las ventanas, esperando que ese faro aparezca otra vez. Pero no aparece. La ruta está vacía, la noche está quieta, y el cazador misterioso, por ahora, los perdió.
La cabaña del lago aparece entre los árboles, chica, de madera podrida, con el techo medio caído y las ventanas tapadas con tablas. El padre de Zack la usaba para pescar cuando él era chico, antes de que todo se fuera al carajo. Hace años que nadie viene, y huele a humedad, a hojas secas, a olvido.
Eitan frena la camioneta detrás de la cabaña, donde no se ve desde el camino. Apaga el motor, y por fin, prenden una linterna.
—Llegamos —dice— si nos siguió hasta acá, es un fantasma.
Cool baja primero, con la escopeta, y revisa el perímetro. Diego patea la puerta, que se abre con un crujido. Adentro, hay polvo, telarañas, una mesa rota y un olor a encierro de años.
Valeria entra y revisa que no haya nada, o que no haya nadie.
—Está vacío —dice— hace años que no entra nadie.
Zack entra último, cierra la puerta detrás de él, y traba todo con una madera. Deja la mochila en el suelo, mira a la manada, y por primera vez en tres días, respira un poco más tranquilo.
—Acá estamos seguros —dice— al menos por esta noche.
Se tiran en el piso, contra las paredes, exhaustos. Tres días escondidos en el taller, una huida en camioneta, un cazador que los sigue sin que sepan quién es. Están como nuevos, pero el cansancio es otro.
Eitan apaga la linterna, y la cabaña queda a oscuras. Solo se escucha el lago afuera, golpeando suave contra la orilla, y el viento entre los árboles.
Por ahora, están a salvo. Por ahora, el cazador los perdió. Por ahora, nadie sabe dónde están.
Cuando todo parece que estaba tranquilo. De repente, un ruido seco, de crujidos de madera rompiéndose, corta el silencio. Viene del fondo, de la pared que da al lago, donde las tablas están más podridas.
Todos se ponen de pie al instante. Cool levanta la escopeta, Diego agarra un cuchillo, Eitan enciende la linterna. La luz apunta al ruido, y entre la oscuridad, aparece una figura.
Es Jonathan, el padre de Zack.
Está igual que hace años, más canoso, más flaco, con la misma campera de cuero que usaba para pescar. Tiene una rama rota en la mano, como si hubiera entrado rompiendo la pared de atrás en vez de la puerta.
Mira directo a Zack, y sin levantar la voz, dice:
—Hijo —dice— sabía que iba a encontrarte aquí.
Zack se queda helado, con la mochila todavía en la mano. Hace años que no ve a su padre, desde que se fue sin decir nada, desde que Angi lloró por semanas y Zack preguntaba por él todas las noches.
—Papá —dice Zack, y la voz le sale rota— ¿Qué haces aquí?
Eitan baja la linterna, confundido. Cool no baja la escopeta. Valeria se pone delante de Zack, por instinto. Diego frunce el ceño.
—¿Es tu padre? —dice Diego.
Jonathan no los mira, solo tiene ojos para Zack. Camina despacio, las tablas del piso crujen bajo sus pies, y se para a dos metros de él.
—Te estuve buscando desde que empezó todo —dice— desde que ese cazador mató al primero. Sabía que ibas a venir aquí, esta cabaña era nuestro lugar.
Zack traga saliva, no sabe si abrazarlo o gritarle. Tres días escondido, lobos muertos, un tipo que deja celulares en la puerta, y ahora aparece su padre de la nada.
—Nos está cazando —dice Zack— a mí, a ellos, a todos. ¿Lo sabías?
Jonathan asiente, lento, y mira a los demás por primera vez. Su mirada se detiene un segundo en Valeria, después vuelve a Zack.
—Lo sé —dice— por eso estoy aquí. Porque si no te encuentro yo primero, te encuentra él.
El silencio cae otra vez en la cabaña, más pesado que antes. Afuera, el lago sigue golpeando contra la orilla. Adentro, cinco lobos y un Alfa viejo que volvió.
Zack aprieta los puños:
—¿De qué lado estás, papá? —dice— porque si vienes con ese cazador, te juro que...
Jonathan levanta la mano, lo corta.
—Estoy de tu lado hijo—dice— siempre estuve. Pero tenemos que irnos, ya. Esta cabaña no es segura, nunca lo fue. Él ya sabe que están aquí.
La cabaña sigue en silencio, solo el ruido del lago afuera y la respiración de todos adentro. Jonathan da un paso más, mira a la manada uno por uno, y su cara se pone dura.
—Ustedes son cachorros —dice— todavía muy fáciles de cazar. No tienen idea de lo que hay allá afuera, de lo que ese cazador puede hacer.
Cool frunce el ceño, aprieta la escopeta.
—¿Cachorros? —dice— tenemos tres días escapando de la muerte, viejo.
Jonathan ni lo mira, clava los ojos en Zack.
—Zack —dice— juegas a ser alfa, pero te faltan años de experiencia. Liderar no es gritar más fuerte, es mantenerlos vivos. Y ahora mismo, los estás llevando al matadero.
Zack aprieta la mandíbula, quiere contestar, pero Jonathan levanta la mano.
—Confíen en mí —dice— vamos para mi casa. Está lejos, está escondida, y él no sabe dónde queda. Ahí pueden respirar, pueden pensar.
Eitan mira a Zack, después a Jonathan.
—¿Y después qué? —dice— ¿Nos quedamos a vivir con usted?
Jonathan niega, se pasa la mano por la barba canosa.
—Ustedes deberían regresar con sus padres —dice— y decir que se perdieron en el campamento. Que se quedaron sin señal, que pasaron tres días perdidos. Es creíble, es limpio, y los saca del radar.
—¿Y Zack? —dice— ¿Qué pasa con él?
Jonathan mira a su hijo, y por primera vez, la voz se le quiebra un poco.
—Zack viene conmigo —dice— el cazador lo quiere a él, no a ustedes. Si se separan, si ustedes vuelven a casa, él pierde el rastro. Es la única forma.
Diego escupe al suelo, cansado de todo.
—Así que nos usó tres días de carnada —dice— y ahora nos manda a casa con mamá y papá.
Zack no dice nada, mira a su padre, mira a la manada, rotos por dentro. Tres días huyendo, lobos muertos, y ahora aparece Jonathan con respuestas que no pidieron.
La cabaña cruje con el viento, y afuera, el lago sigue golpeando. La decisión pesa en el aire, y todos esperan que Zack hable.