En el Reino Ígneo, el fuego lo es todo: poder, honor y destino. Pero Magma, la princesa heredera, nació sin una sola chispa en sus venas. Rechazada por su propio reino y atrapada bajo el peso de una corona que no cree merecer, crecerá escuchando la leyenda de la Hija del Viento… una princesa que cambió el mundo con su libertad. Cuando una tragedia destruye su vida, Magma deberá convertirse en la reina que todos necesitan, aunque el fuego dentro de ella amenace con consumirlo todo. Porque algunas leyendas no nacen para gobernar. Nacen para arder.
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Capítulo 1: La princesa que no ardía
En el Reino Ígneo, el fuego era más que un poder.
Era identidad.
Las montañas respiraban humo desde sus profundidades, los ríos brillaban como venas de lava bajo la ciudad y hasta el aire parecía cálido incluso durante la noche. Las personas nacían rodeadas de brasas, crecían aprendiendo a controlar llamas y morían siendo despedidas por hogueras sagradas que iluminaban el cielo rojo del reino.
El fuego vivía dentro de todos.
Todos… excepto de Magma.
—Concéntrate otra vez.
La voz de su madre resonó suave pero firme dentro del salón de entrenamiento.
Magma tragó saliva.
Tenía nueve años y las manos cubiertas de pequeñas quemaduras viejas provocadas por intentos fallidos. Frente a ella, sobre un pedestal de piedra negra, descansaba una pequeña vela apagada.
Era algo simple.
Ridículamente simple.
Los niños normales podían encenderla a los cinco años.
Ella llevaba cuatro años intentándolo.
Magma cerró los ojos con fuerza.
Respiró profundamente, intentando ignorar a los consejeros observando desde el fondo del salón.
Intentando ignorar los susurros.
La heredera vacía.
La princesa sin llama.
Una vergüenza para el Reino Ígneo.
Extendió las manos hacia la vela.
Esperó.
Nada.
Ni una chispa.
El silencio fue inmediato.
Pesado.
Humillante.
Magma abrió lentamente los ojos y vio la vela exactamente igual que antes.
Apagada.
Otra vez.
Bajó las manos rápidamente antes de que alguien pudiera verlas temblar.
—Lo siento…
Los consejeros desviaron la mirada incómodos. Algunos ni siquiera intentaron ocultar su decepción.
Pero su madre caminó hasta ella y se arrodilló frente a la niña sin una sola expresión de enojo.
La reina Lynera siempre olía a ceniza dulce y humo cálido. Su cabello rojo oscuro caía como llamas sobre sus hombros y sus ojos dorados brillaban incluso en silencio.
Ella tomó suavemente las manos de Magma entre las suyas.
—Mírame.
Magma obedeció.
—¿Sabes qué ocurre con una llama cuando el viento intenta apagarla?
La niña negó lentamente.
Lynera sonrió apenas.
—Lucha por seguir viva.
Magma sintió un nudo en la garganta.
—¿Y si nunca aparece?
La reina apartó un mechón oscuro del rostro de su hija.
—Entonces esperaremos hasta que lo haga.
Pero Magma sí veía la preocupación escondida detrás de sus ojos.
Todos la veían.
Porque el reino necesitaba una heredera fuerte.
Y ella no lo era.
⸻
Aquella noche, Magma escapó nuevamente hacia las terrazas superiores del castillo.
Siempre hacía eso cuando se sentía demasiado pequeña.
Desde allí podía ver todo Ignis.
La capital ardía hermosamente bajo la oscuridad. Antorchas iluminaban las calles, enormes hornos teñían el cielo de naranja y columnas de humo subían lentamente desde las montañas volcánicas alrededor de la ciudad.
El Reino Ígneo nunca dormía.
Siempre había fuego encendido en alguna parte.
Magma abrazó sus piernas mientras observaba las brasas flotando en el aire nocturno.
—Sabía que te encontraría aquí.
Ella levantó la mirada inmediatamente.
Su padre avanzó hacia ella con una manta gruesa sobre los hombros y una pequeña sonrisa cansada.
El rey Kaelor.
El hombre más poderoso del reino.
Y aun así, el único que jamás la miraba con decepción.
Se sentó junto a ella frente al paisaje ardiente.
—Tu madre está preocupada.
—Lo siento…
—Deja de disculparte por existir.
Magma bajó la mirada.
El rey suspiró suavemente.
—Ven aquí.
La acercó hacia él cubriéndola con la manta.
El silencio entre ambos nunca era incómodo.
A veces simplemente observaban juntos las montañas ardientes durante horas.
Hasta que Kaelor habló.
—¿Quieres escuchar una historia?
Magma levantó apenas la cabeza.
—¿La de la hija del viento?
Él sonrió.
—Otra vez.
—Me gusta esa historia.
Y era verdad.
Desde pequeña había escuchado cientos de versiones sobre la legendaria princesa del viento. Algunas personas la describían como una heroína.
Otras como un monstruo.
Pero todas coincidían en algo:
Había cambiado el mundo.
Kaelor observó las cenizas brillando en el cielo antes de comenzar.
—Hace muchos años existió una princesa llamada Alina. Vivía encerrada en un castillo enorme rodeada de personas que decidían cómo debía vestir, hablar y respirar.
Magma escuchaba atentamente.
—Pero ella odiaba sentirse atrapada.
—Sí.
—Y escapó.
—Sí.
—¿Tenía miedo?
El rey guardó silencio unos segundos.
—Todo el tiempo.
Eso sorprendió a Magma.
En las historias, Alina siempre parecía valiente.
Invencible.
Kaelor miró las brasas flotando sobre la ciudad.
—Las personas más valientes suelen ser las más asustadas.
Magma apoyó lentamente la cabeza sobre el hombro de su padre.
—Yo no soy valiente.
Él soltó una pequeña risa.
—Claro que lo eres.
—No puedo usar fuego.
—Eso no define quién eres.
Pero en el Reino Ígneo sí lo hacía.
Todo giraba alrededor del fuego.
Los festivales.
Las coronas.
Las familias.
La fuerza.
El honor.
Sin fuego… ella no era nada.
Kaelor pareció notar sus pensamientos.
—¿Sabes por qué la historia de Alina sigue viva?
Magma negó lentamente.
—Porque aunque el mundo intentó decirle quién debía ser… ella eligió por sí misma.
El viento caliente recorrió suavemente las terrazas.
Magma observó sus manos otra vez.
Vacías.
—¿Y si yo nunca logro hacerlo?
Kaelor sostuvo su mirada con firmeza.
—Entonces encontraremos otra manera de hacer arder el mundo.
Por primera vez aquella noche…
Magma sonrió un poco.
Y en algún lugar muy lejano, más allá de las montañas volcánicas y los cielos rojos del Reino Ígneo…
una pequeña corriente de viento atravesó silenciosamente el balcón.
Como si alguien hubiera escuchado aquella conversación.
“Pasaron los años.
Y el fuego nunca llegó.”