Daniela lo tiene todo: belleza, carisma y un futuro brillante como la mejor estudiante de su clase. Pero la perfección es una fachada frágil. Cuando un secreto familiar sale a la luz, el mundo que conocía se desmorona, dejándola atrapada en una red de mentiras y una traición devastadora de la persona que más amaba. Frente a un destino que ya no reconoce, Daniela deberá tomar una decisión radical: aceptar la derrota o transformarse en alguien que nadie esperaba.
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Capítulo I Un paciente nada común
A sus veintidós años, Daniela Santos cree tener el mundo a sus pies. Aunque el patrimonio de su familia le permitiría una vida de lujos, su vocación la mantiene firme en los pasillos de un hospital público, donde el amor por su profesión pesa más que cualquier herencia.
Recién graduada e independiente, Daniela tiene un solo sueño pendiente: casarse con Diego Spencer.
Su relación apenas suma tres meses, pero ella se entregó al romance desde el primer segundo. Aún recuerda cómo Diego solía ignorar su presencia hasta aquel día en que, sin explicación alguna, decidió acercarse. Daniela lo vio como un milagro, sin sospechar que ese cambio repentino sería el inicio de su propia transformación.
—Esta noche saldré con Diego. Creo que estoy lista para el siguiente paso en nuestra relación —confesó Daniela a su mejor amiga, Laura.
—Deberías pensar mejor las cosas. No sé por qué, pero ese hombre no me parece de fiar —comentó Laura con genuina preocupación.
Pero Daniela estaba tan cegada por sus sentimientos que las advertencias de su amiga se perdieron en el aire. La jornada en el hospital fue agotadora. Apenas disfrutaba de un breve descanso cuando una enfermera irrumpió en la sala, buscándola frenéticamente.
—Dra. Santos, tenemos una emergencia que requiere su presencia inmediata.
Daniela salió a toda prisa. Al llegar a Urgencias, se topó con un escenario caótico. Lo que el personal creía que era un accidente común parecía algo mucho más oscuro: las camillas estaban ocupadas por varios hombres vestidos íntegramente de negro, todos en estado crítico.
—¿Es usted la doctora? —Un sujeto de aspecto imponente y mirada gélida se acercó a Daniela, obligándola a retroceder por instinto.
—Así es, señor —respondió ella. Su voz sonó más firme de lo que esperaba—. ¿Qué desea? —preguntó, sosteniéndole la mirada sin titubear.
—Debe venir conmigo. Usted atenderá al jefe —sentenció el hombre, atrapando su muñeca y arrastrándola con fuerza bruta.
Daniela forcejeó desesperada, pero la diferencia de poder era abrumadora. Laura intentó intervenir para ayudar a su amiga, pero uno de los sujetos se interpuso en su camino como un muro inquebrantable, impidiéndole dar un solo paso.
—¡Suélteme! No iré con usted a ningún lado —gritó Daniela.
—No se resista, doctora. Será peor para usted si lo hace.
Tras escuchar las palabras del hombre, la doctora guardó silencio; era lo mejor. Resultaba obvio que esos sujetos no eran hombres comunes, sino individuos sumamente peligrosos. Llegaron hasta una de las habitaciones y Daniela se detuvo en el umbral, observando el despliegue de personas que había dentro.
—Estamos en un hospital, señores. No pueden estar todos aquí.
—Eso no está a discusión. El jefe necesita nuestra protección; por lo tanto, aquí nos quedamos.
Sin más remedio, Daniela se acercó a la cama donde yacía el hombre al que llamaban "jefe". Sus ojos ámbar se fijaron en el rostro perfecto del desconocido, pensando que era una lástima que alguien tan guapo perteneciera a una banda de criminales. Llegó a esa conclusión al notar que las heridas eran de bala: dos proyectiles alojados en el hombro derecho y otro que había entrado y salido por un costado.
Daniela inició el procedimiento con absoluto profesionalismo. Olvidó a los sujetos armados a su alrededor y procedió a extraer el objeto del hombro. Después de curar las heridas, miró al hombre que la había arrastrado hasta allí.
—Está todo listo, ahora solo hay que esperar a que despierte —comunicó de manera tajante—. Mis servicios ya no son requeridos aquí, me retiro.
Pero cuando intentó salir, dos hombres le bloquearon el paso.
—Déjenme pasar —exigió con voz firme.
—No puede salir de esta habitación, doctora. Se quedará aquí hasta que el señor Sterling despierte.
—¡Esto es un secuestro! —exclamó furiosa—. Tengo otros pacientes que atender, no me pueden retener aquí.
—Nadie es más importante que el hombre sobre esa cama. No se ponga difícil, doctora; solo espere a que nuestro jefe despierte y se podrá ir.
Además, sus servicios serán muy bien retribuidos.
Ella se sintió ofendida ante la mención del dinero; no lo necesitaba, siendo una de las herederas de la familia más influyente del país.
—Su dinero de dudosa procedencia no me interesa. Ahora déjenme pasar, tengo cosas que hacer.
El sujeto la volvió a sujetar de la mano, deteniéndola por la fuerza.
—Usted debe entender algo, "doctorcita". En este mundo no hay nadie más importante que el señor Sterling. Si algo le pasa, usted será la única responsable, y créame cuando le digo que el patriarca de la familia nunca se lo perdonará. Así que controle su ímpetu y espere.
La joven se sintió intimidada, pero una voz interrumpió la tensión.
—¿Qué está sucediendo? —La voz ronca del herido resonó en la habitación.
—¡Jefe! Finalmente despierta —el guardaespaldas corrió a su lado—. Doctora, venga ahora mismo.
Daniela se acercó, no por obediencia, sino por ética médica.
—¿Sabe cuál es su nombre? —preguntó ella, visiblemente molesta.
—Es una pregunta que no puedo responderle —susurró el desconocido, mirándola fijamente.
—Ya veo. Seguramente debe ocultarse de sus enemigos —comentó Daniela para sí misma.
—No es por eso. Es solo que, si te digo mi nombre, me enviarán al infierno... y creo que me gusta el cielo —respondió Sterling con un tono coqueto.
Daniela lo miró confundida, pensando que quizá tenía una contusión cerebral que lo hacía decir incoherencias.
—Tendré que pedir que le hagan una tomografía.
—Si con eso consigo que te quedes más tiempo, haz lo que quieras conmigo.
Daniela puso los ojos en blanco ante el descaro del hombre.
—Llevaré la orden a una enfermera. Pronto vendrán por usted y, si lo requiere, tramitaré su traslado a una clínica privada.
Nuevamente intentó salir, pero los guardias se lo impidieron una vez más, llevándola al límite de su frustración.