Dinastía de Reinas: Aralisse.
Narra la historia de una princesa obligada a heredar una corona rodeada de traiciones. Tras la misteriosa muerte de sus padres, Aralisse queda sola dentro de una corte donde todos parecen querer manipularla o verla caer.
Alejada por obligación de su reino, deberá aprender a gobernar mientras intenta descubrir qué ocurrió realmente la noche en que los reyes murieron. Entre conspiraciones, secretos y enemigos ocultos, conoce a Rydan, el príncipe de Orvenah, el reino rival.
Lo que comienza como una tregua forzada pronto se convierte en algo mucho más peligroso. Porque detrás de la frialdad de Rydan y de la guerra entre ambos reinos, Aralisse descubre que el hombre que más debería temer… es también el único dispuesto a ensuciarse las manos por ella.
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El Sirena
El sol de Zaryah ya se alzaba alto, aunque todavía era temprano. Los rayos dorados se filtraban por las ventanas del ala coral. Aralisse abrió los ojos lentamente y se estiró sobre la cama amplia y suave. Aún sentía el frescor de la mañana y el olor a sal del mar que llegaba desde los jardines cercanos.
—Princesa —dijo Liriah al entrar con paso silencioso, dejando sobre una mesita un desayuno sencillo pero apetitoso—. Buenos días, le traje algo de comer.
Aralisse se incorporó, todavía envuelta en la bata ligera que usaba para dormir.
—Gracias, Liriah —respondió—. Se ve muy rico.
La joven inclinó la cabeza con respeto y, antes de alejarse, añadió:
—Su alteza, sus damas llegaron al castillo durante la madrugada. En cuanto termine de desayunar, puedo llevarla a verlas.
Los ojos de Aralisse se iluminaron de inmediato. La soledad de la noche anterior parecía desvanecerse solo con pensar en reencontrarse con Helaena y Selinah.
—Muy bien, Liriah —dijo tomando la taza de té que le ofrecía—. No tardaré mucho, quiero verlas cuanto antes.
Liriah sonrió apenas y acomodó la bandeja para que la princesa pudiera alcanzar todo con facilidad. Luego salió de la habitación, dejándola sola por un momento.
Aralisse, quien no tenía mucha hambre, dio un último sorbo al té, dejó la taza sobre la bandeja y se levantó con cuidado. Poco después, Liriah regresó para guiarla.
—Vayamos, princesa —dijo—. Están esperándola. Les dieron una habitación junto a la de Lord Lysandre.
El pasillo se extendía ante ellas, iluminado por la luz que entraba desde los grandes ventanales. A lo lejos podían verse los reflejos del mar.
Cuando llegaron al salón donde Helaena y Selinah se encontraban, ambas jóvenes se pusieron de pie de inmediato. Una sonrisa apareció en el rostro de Aralisse.
—¡Por fin llegaron! —exclamó la princesa—. ¡Me alegra tanto verlas!
—Nosotras también, princesa —respondió Helaena con cariño—. Llegamos en la madrugada y apenas pudimos descansar un poco.
—Sí, fue un viaje largo —agregó Selinah—. El clima estuvo complicado y los caminos… bueno, ya saben cómo son las rutas entre Orvenah y Zaryah.
Aralisse se apartó un poco para mirarlas mejor. Sus ojos reflejaban alivio y afecto.
—Me habría gustado que vinieran con nosotros desde el principio… pero todo se salió de control.
—Lord Erak nos contó un poco de lo ocurrido —confesó Selinah.
—No importa —respondió Aralisse restándole importancia—. ¿Por qué no me avisaron que ya habían llegado?
—No quisimos despertarla —dijo Helaena con una pequeña sonrisa—. Sabíamos que estaba dormida.
—Lo importante es que ya están aquí. Partiremos cuanto antes hacia Eluniah, no quiero quedarme ni un día más en este lugar —murmuró Aralisse mientras se acariciaba la muñeca con nerviosismo.
Selinah asintió suavemente.
—Ahora que lo menciona, Lord Erak estaba hablando con Lysandre sobre una embarcación.
Los ojos de Aralisse brillaron enseguida.
—Espero que ya hayan encontrado una —dijo con impaciencia.
Liriah, que había permanecido en silencio a un lado de la habitación, inclinó la cabeza antes de intervenir.
—Princesa, si lo desea, puedo ir a preguntar al señor Erak sobre el barco.
Aralisse asintió.
—Sí, Liriah. Quiero saber cuándo podremos partir hacia Eluniah.
La mucama obedeció de inmediato y salió de la habitación, dejando a las tres jóvenes solas.
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La tarde comenzaba a caer sobre Zaryah. El cielo estaba teñido de tonos coral y dorado, mientras las olas golpeaban constantemente los muelles.
Erak caminaba junto a Aralisse por los senderos que conducían al puerto. El viento traía olor a sal y una brisa fresca que hacía ondear suavemente la capa de la princesa.
—Princesa —dijo Erak con evidente preocupación—, esto es lo único que pude conseguir con tan poca anticipación.
Aralisse observó la embarcación con decepción.
El barco parecía una reliquia abandonada. La madera estaba agrietada y desgastada por el sol y la sal.
—¿Podemos subir?
Erak asintió y la ayudó a subir a bordo. Las tablas torcidas crujían bajo cada paso. La pintura, que alguna vez debió ser vistosa, se desprendía en grandes fragmentos, dejando ver la madera gris y manchada de humedad.
—Si hubiera tenido más tiempo… —murmuró el consejero.
—No se preocupe —respondió Aralisse con una pequeña sonrisa—. No es bonito, pero al menos flota.
Miró alrededor mientras las cuerdas colgaban flojas y deshilachadas. El mástil principal tenía grietas largas que recorrían la madera de arriba abajo.
—Tampoco es muy grande, princesa —continuó Erak—. Estaremos bastante apretados entre la tripulación, los guardias, las damas, Lysandre, usted y yo.
Caminaron hacia el camarote más amplio. El olor a humedad, pescado viejo y madera podrida se mezclaba con el aire marino. Las velas estaban descoloridas y llenas de remiendos improvisados; algunas colgaban desgarradas y golpeaban contra el barco con sonidos metálicos y molestos.
Nada en esa embarcación transmitía seguridad.
—¿Cree que se hunda? —preguntó Aralisse.
—No sé mucho de barcos, alteza —admitió Erak mientras avanzaba detrás de ella—, pero tampoco confío en esta cosa.
De pronto, el sonido de varios caballos resonó sobre el muelle.
Aralisse levantó la vista y vio al rey Thalior acercándose acompañado de guardias y asistentes.
—¿Y bien? —preguntó el rey con voz firme—. No me diga que planea viajar al Imperio en eso.
—Sí, majestad —respondió Aralisse sin dudar—. Partiremos cuanto antes.
El rey arqueó una ceja y soltó una breve risa incrédula.
—No sea ridícula. Ese barco se hundiría antes de abandonar el puerto. Terminaría convertida en comida para peces.
Aralisse soltó un pequeño suspiro resignado y bajó nuevamente al muelle.
—Es lo único que conseguimos. No pienso quedarme más tiempo aquí.
—Sígame.
El rey comenzó a caminar y Aralisse, confundida, simplemente lo siguió.
—¿A dónde vamos? —preguntó.
—Al muelle real.
Poco después, Thalior se detuvo y le hizo una señal para que mirara al frente.
Protegido bajo un enorme cobertizo descansaba un velero imponente. Sus mástiles eran altos y las velas estaban impecables.
—Este es el Sirena —dijo el rey con orgullo—. El barco de la familia real. Es una de mis mejores adquisiciones.
Aralisse observó el navío azul, dorado y coral con evidente asombro.
—Es hermoso… pero no hay necesidad de prestármelo.
—El Sirena es uno de los barcos más rápidos y seguros del continente —continuó Thalior—. Incluso el rey Frendric intentó comprarlo una vez.
Luego la miró fijamente.
—Acéptelo. Considérelo una disculpa por el mal momento que la reina le hizo pasar.
Aralisse permaneció en silencio unos segundos.
—La tripulación ya está lista y los suministros fueron cargados esta mañana —añadió el rey—. Si deja el orgullo de lado y acepta mi ayuda, podrá partir hoy mismo hacia Eluniah.
La princesa lo miró sorprendida, sin saber qué responder.
—¿Y bien? —insistió Thalior.
Finalmente, Aralisse asintió.
—Muchas gracias, majestad. No olvidaré este gesto —hizo una leve reverencia ante el rey sintiendo un poco de alivio.